Todtenbaum

Amaba tanto aquel lugar y empecé a odiarlo. Lo odié con la misma fuerza con que lo había amado… Así comenzaría el relato de mi vida si lo escribiera.

Chantal Maillard

Si he de empezar por algún lado tendría que ser por las flores de los duraznos en primavera. Diminutos párpados rosados chorreando miel para el frenesí de los insectos. El aroma insoportablemente dulce, casi putrefacto de su néctar junto con el zumbido eléctrico, como de refrigerador viejo, de las abejas, son quizá mis memorias sensoriales más antiguas.

Durante el verano, las ramas de los dos árboles de durazno que había en el patio de la casa se doblaban hasta tocar el piso, exhaustas de cargar los enormes frutos encendidos y suaves como mejillas. Tratando de aligerarles la carga, mamá salía armada de dos cubetas siempre insuficientes y escogía los mejores para regalar a los vecinos. Después, hervía los más pequeños o aquellos que empezaban a descomponerse para hacer conservas y mermeladas que guardaba en frascos enormes para todo el año. Por más que se esforzaba, el desperdicio era inevitable, cada año terminaba tirando al menos una caja de duraznos moreteados o llenos de gusanitos pardos que a mí me gustaba observar por horas.

No puedo pensar en la casa de mi infancia, en sus corredores verdes con barandales de madera — sus paredes siempre a punto de la resanación, siempre el próximo domingo que no llega nunca — , sin pensar también en los duraznos.

Eran árboles para contemplarse de lejos, por la ventana, como si se tratara de una postal. Su sombra no ofrecía reposo, no era posible treparlos o colgarles un columpio. Durante la primavera estaban cubiertos de flores y por lo tanto de abejas con una particular afición por la carne de los niños. En el verano, la piel velluda de sus frutos provocaba una comezón insoportable que derivaba en purpúreos ronchones en brazos y piernas. Durante el otoño se llenaban de hojas podridas y almibaradas y en el invierno, invariablemente, los sepultaba la nieve.

Uno a cada lado del patio, los duraznos monopolizaban el pequeño jardín. No permitían ni siquiera mirar las nubes. Sus ramas convertían el cielo en un caleidoscopio, revelando tan solo fragmentos de extrañas geometrías a través del follaje.

En el aire, sus copas danzaban al mismo ritmo sin tocarse, apenas coqueteando. Pero ocultas bajo la tierra, sus raíces se entrelazaban en estrechos rituales amorosos. Utilizaban el viento para hacer aletear sus hojas y mandarse mensajes susurrantes. Por las noches, mantenían larguísimas conversaciones que no me dejaban dormir.

Nuestras vidas eran tiranizadas por sus exigencias, un año los invadió la plaga y hubo que rociarlos con un pesticida tan potente que nos impidió salir al jardín en semanas. Toda la cosecha se contaminó y no hubo más remedio que tirar a la basura cerca de doce kilos de duraznos envenenados. Otro año, hizo tanto calor que comenzaron a secarse, los rescatamos convirtiendo el patio en un pantano de lodo y abono. Durante las heladas había que salir a media noche a cubrirlos con plástico para que no se perdieran. Regarlos, deshierbar, separar los frutos, pelarlos para la conserva, cuando todo lo que yo quería era ver televisión. Odiaba los duraznos y los maldecía. Pero eran míos y mi vida estuvo por muchos años irremediablemente ligada a la suya, al grado de que las muescas con las que mamá medía mi crecimiento cada año eran heridas en su tronco.

Los arrancaron de aquella casa como a mí, cuando una familia se rompe todos su miembros son desterrados. Los pienso ahora como si los soñara en las esquinas de un patio que resultó ser infinitamente más pequeño al de mi memoria.

Dice Marina Tsvetáieva, en uno de sus últimos poemas, que su patria no es una lengua ni un Estado, sino los serbales, aquellos árboles enanos que en Rusia se usan para elaborar el vodka. Mientras la leo, recuerdo el aroma perdido de mis duraznos desde este quinto piso sin jardín donde vino a nacer mi hijo.

No tengo, en este departamento diminuto, un par de duraznos como los míos que sean las columnas de Hércules de su mundo. Nicolás crece y no ama ningún árbol. Ni aprende a escuchar sus murmullos. Conoce muchos árboles distintos pero ninguno es suyo. ¿Dónde miden los nómadas el crecimiento de sus hijos?

Escribe Saintine en su Mitología del Rhin, que para los celtas cada ser humano desde su nacimiento debía ser consagrado a un vegetal, tener un árbol personal que lo protegiera en vida pero también lo acompañara durante la muerte. Estos árboles eran llamados Todtenbaum y cuando las personas morían eran incineradas junto con ellos. Otras veces, la ceremonia mortuoria consistía en utilizar el Todtenbaum para construír una rústica embarcación a manera de ataúd. Esos barcos/sarcófago eran lanzados en el Rhin donde iniciaban la eterna travesía de la muerte. Para Saintine, los primeros navegantes fueron cadáveres y los primeros navíos árboles protectores.

Yo no puedo regalarle un Todtenbaum a Nicolás, por eso le escribo mis duraznos que ya tampoco podrán acompañarme a la muerte. Escribo y él juega en medio de la sala. Mientras lo observo intento adivinar a partir de qué objeto habrá de construirse el relato de su errancia. Sus ojos van sembrando cuevas y mares debajo del sillón, ahora carreteras por encima del librero y naves espaciales y aviones submarinos y sí, también bosques de árboles infinitos.

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