Treinta mujeres
Treinta mujeres sentadas sosteniendo un espejo de mano, bordeando el ojo con un pincel, cubriendo de tinta negra las pestañas, cuidadosamente, el otro, sin poder cerrar los párpados, aunque arda, estirar la piel, repetir el trazo. Autómatas, la vista en el espejo pero no en el espejo, en el párpado que se vuelve ajeno, en el otro frente al espejo que imita la mirada. Remarcar, rellenar, enmascarar. El vagón repta como una enorme bestia agonizante, se estremece, aúlla. Treinta mujeres impasibles frente al espejo, sesenta pares de ojos. Cubiertos de diminutas venas tibias, lubricados en la tensión de una lágrima que no resbala. Llorar solamente para enjuagar el rímel. Ojos repetidos en los espejos frente a los espejos como el estribillo de una canción de pesadilla. Órganos vivos en medio del rostro. Obscenamente puestos en su sitio. Para seguir impávidos, repasando las superficies, los espejos que se vuelven pantallas, que se vuelven espejos. De la muerte. Sin ojos, desollada, arrojada a una zanja como un desecho. Calcinada. Sin poder cerrar los párpados, aunque arda. Tantos ojos para mirar la muerte, avanzamos despacio de una estación a otra, sosteniendo un espejo como única espada en el solipsismo absoluto de la vida.