Diario de un emigrante (II)

Pisaba y pisaba fuerte, como por un instinto. Pero no había freno, claro. Era el asiento del copiloto, no el del conductor. “Ay, ay, ay. Lo mata”, pensaba yo. Ella seguía hablando despreocupada. No sé si ella hablaba más despacio que el resto de los chilenos, o es que ya se me acostumbró el oído. ¡Diez centímetros! Lo juro que por diez centímetros no atropellamos al ciclista ese. El tráfico de Santiago en hora punta… Pero le estaba agradecido. ¡Era mucho mejor bajar en coche que en metro a esa hora! No he visto un espectáculo tan grotesco como el metro de Santiago en hora punta. “¿Cachai Taburete?”, preguntaba ella. “No son harto famosos en España, po. ¿Verdad?”. No, no lo son, en realidad. No más allá de la cosa morbosa del hijo de Bárcenas y el incidente con los Chikos del Maíz y todo aquello. Me acercó hasta Providencia, el barrio en el que vivimos los dos. La gente aquí es buena y tienen gestos como ese. Ya ves, nos acabábamos de conocer, apenas habíamos tenido una clase juntos y me hizo el favorazo de acercarme de la Universidad a casa. (Aquí le llaman la u, a la Universidad).

Todavía no me acostumbro a que sea invierno. Pero es bonito, después de todo el calor del verano, que de repente el 1 de agosto estemos en pleno invierno. Anochece pronto, es verdad. Pero los árboles fríos y deshojados son grata compañía. Me ponen de muy buen humor a primera hora de la mañana. “Ya verás, Teo”, me dicen o me digo al verlos al otro lado de la ventana después de la ducha. “Hoy va a ser un gran día”. Y de hecho, sí. Todos los días aprendo cosas nuevas y me descubro andando por los adoquines con una sonrisa estúpida como de explorador o de niño. Será la embriaguez de lo nuevo. Ya me acostumbraré. Y por la tarde, a las seis o eso, cuando empieza a ponerse oscuro, los mismos árboles parece que te invitan a correr a casa y a leer un buen libro y a taparte bien y a pensar en el amor.

He descubierto otras cosas curiosas de Chile. Como que las tarjetas de crédito se dicen acá de débito, y a las de débito las llaman tarjetas de crédito. Estoy seguro de que lo hacen para reírse de mí. No es lo único que tienen al revés. Las clavijas de encender la luz, por ejemplo. ¡Todas están en horizontal! Primero pensé que era sólo en la residencia, pero no, también en la Universidad. He aprendido decenas de palabras nuevas, como piola, choro o curar(se). A los pitis les llaman bochos, y a los porros, pitis. El otro día me comí una ensalada de cebolla y algas cuyo nombre ya no recuerdo. Y un hígado de vaca.

Lo de la vaca me ha recordado al profesor de economía. Es un hombre bajito y regordete, no especialmente guapo, periodista económico en uno de los principales periódicos del país. Se plantó en clase diciendo que “la economía es sexy”. Me cayó bien. Francamente un buen docente. Aunque en su clase me pasó algo curioso: me sentí comunista. Estudio algo de historia económica de Chile, y prácticamente empieza con Pinochet. El profesor alabó grandemente sus políticas económicas “y sólo las económicas”, recalcó. Ahí me di cuenta de verdad de que España es socialista. Y me acordé del taxista del aeropuerto. “¡Acá todo se paga, po!”. El capitalismo acérrimo de este país, es cierto, arroja unos números francamente positivos. Aquí no saben lo que es el paro, por ejemplo. La cantidad de gente que vive por debajo del umbral de la pobreza se ha reducido en casi un 40% desde que Pinochet llegó al poder. Pero en cambio, es un país con unas desigualdades atroces. “De Plaza de Italia para Oriente, la gente con más plata. Para el otro lado, la gente con menos plata”, me habían explicado antes. La diferencia entre los ricos y los pobres se nota aquí muy fuerte. La sola idea de un subsidio de desempleo les sorprende. “Bueno, es una buena motivación para buscar trabajo”, me decía alguien sobre por qué no se paga el paro.

Tengo un proyecto nuevo, además del reportaje de Valparaíso: cruzar la carretera Austral. “No vive casi nadie allí, y es bonito”, me explicó un chico harto simpático. “Puedes cruzarla en bus, arrendar un auto, hacer autostop y hasta ir en bicicleta, si quieres. Verdaderamente vale la pena”. Tomo nota. La carretera Austral va por las regiones del Sur. Pero no las del Sur-Sur, que están más pobladas, sino las del Sur a secas. También tendré que ir a la Patagonia y a San Pedro de Atacama, aunque creo que el bolsillo me obliga a abandonar la idea de viajar a la isla de Pascua, que resulta que está mucho más lejos de lo que yo pensaba, allá en mitad del Pacífico.

He hecho algunos amigos. Bueno, creo. Al menos he conocido a gente que me ha caído muy bien y han sido simpáticos conmigo. Creo que eso es hacer amigos, ¿no? ¡Poco a poco! Mañana llega Vali. Esto promete.

El otro día fui al centro. Bueno, fui a sacarme el DNI de aquí (el RUT, se llama), pero me lo tomé como un burgués y llegué a la oficina de la Policía a las diez de la mañana, cuando la cola ya daba, literalmente, la vuelta a la manzana. Así que decidí que ya vendré otro día a las seis y esperaré hasta que abran a las siete, y puede que me ahorre dos o tres horas de cola. El resto de la mañana lo ocupé en el centro. Visité la Plaza de Armas, la Catedral Metropolitana, la Casa de la Moneda y todas esas cosas. Era un día espléndido. Tomé el peor café y el más caro de mi vida. (El tema del café en Chile merece un post en exclusiva, pero mis conclusiones por ahora es que solamente se puede tomar el capuchino o acudir a un Starbucks). Me la jugaron como a un guiri miserable, pero no me volverá a ocurrir. Anduve por varias librerías viendo lo que se lee por aquí y comprando material para las clases. Me divirtió encontrar en el centro de Santiago libros de Llano y de Martín Algarra, porque los dos son profesores en Navarra. (También es un tema lo bien considerada que está la Universidad de Navarra en estas latitudes. La gente te mira con respeto si dices que vienes de allá).

En una librería que se llama Providencia 2035 encontré un libro de Kapuscinski que me leeré cuando acabe con Capote y con Luca de Tena: Cristo con un fusil al hombro, sobre las revoluciones en Latinoamérica. A veces me siento tentado de hacer como Kapuscinski e inventar de vez en cuando un personaje, un diálogo, unas declaraciones de poca monta. Nada fundamental, nada gordo. Solamente un poquitín de ficción entre tanta realidad. Me tienta mucho la idea, porque siempre he sospechado que la línea entre la realidad y la ficción es muy delgada. La verdad es que todavía no lo he hecho. O sí. ¿Quién sabe? Así es más divertido.

Hay gente aquí que limpia los zapatos de otra gente. Se sientan por las calles del centro esperando a sus clientes, que se sitúan en unas sillas más altas donde apoyan sus ilustres pies, que salen más lustrosos cuando termina el trabajo. Me pareció una estampa inhóspita. No necesariamente mala, pero un poco anacrónica, como la silla gestatoria o esos carritos cuyo nombre desconozco en los que los chinos llevan a los blancos a cuestas en los tebeos de Tintín, y que hasta donde tengo entendido existen todavía. Otros oficios peripatéticos que ambulan por el centro de Santiago son vendedores de zumos que exprimen allí mismo sus frutas, vendedores de gofres, vendedores de abalorios, vendedores de kleenex.

Solo llevo una semana aquí. Cuando todas estas cosas me parezcan tan normales que no crea que merece la pena escribirlas, entonces empezaré a entender un poquito este país.

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