Diario de un emigrante (VI)

Vista de Valparaíso desde la ventana del Ejército de Salvación. Imagen de Felipe Bordalí.

“Tú no conocí nada de Chile”, me dijo la otra noche Bruno, mientras apurábamos la vida en la terraza y nos poníamos filosóficos. “Tú conocí Providencia, Las Condes y La Dehesa. Acá vive el 1% más rico del país. Santiago es así, ya sabes, de plaza de Italia pa’ un lao es una cosa, y pa’l otro, otra. En Conce no pasa”. Bruno es de Concepción, Conce para los locales (pronúnciese Conse), una de las ciudades más grandes de Chile, 500 kilómetros al Sur de Santiago, en la VIII región. “Allá para ir al colegio pasaba todos los días por delante de un poblado callampa. En Santiago podí vivir toda la vida sin saber que eso existe”. Los poblados callampa son las favelas chilenas: asentamientos irregulares (me da risa el eufemismo) donde viven los más pobres de los pobres.

Valparaíso es una ciudad de colores que está triste, con las casas colgadas a las faldas de los cerros, asomadas al Pacífico como una adolescente llorando por su amor. Como en ese poema de Miguel d’Ors (don Miguel escribe muchas veces “Valparaíso” como un locus amoenus de su particular mundo simbólico) que se llama Canción para una chica que lloraba sola en Taramay el 25 de julio de 1979. Sus cerros no son colinas como, pongamos por caso, las siete colinas de Roma. No, señor, son montañas hechas y derechas, sólo que asfaltadas. A pesar de tantos colores, Valparaíso es una ciudad triste. “Es como Lisboa, melancólica”, me dijo una vez una amiga. Nunca he estado en Lisboa.

Muchos barrios de Valparaíso han renunciado a vivir, y exhiben casas abandonadas o medio derruidas por los temblores, el tiempo y la dejadez de los hombres. Mientras un grupo de estudiantes indolentes visitaba la iglesia de la Matriz, el sábado a las cuatro de la tarde, a apenas veinte metros, unos cuantos mendigos se acercaban a tomar té en el comedor social de la parroquia. Y unas calles más allá, en el barrio del puerto y en el cerro de Santo Domingo, vi a los más pobres de los pobres, a la escoria humana, a los que la sociedad ha arrojado lejos de sí. Ancianos postrados en sus camas que no pueden salir de casa en una ciudad que es una sucesión de escaleras; alcohólicos que han perdido toda su vida por culpa de la bebida; viejos abandonados por sus familias; ciegos, locos, lisiados, drogadictos, pobres, pobres, ¡pobres hasta decir basta!

El periodismo es el mejor oficio del mundo, porque puedes entrar en otras vidas, en las vidas de los que sufren, y tratar de comprenderlos. Me apasiona este trabajo. El sábado pasé el día acompañando a la señora Sofía a visitar a muchos de los que viven en la periferia de la humanidad. Con todo lo que vi y escuché escribí un reportaje. Ya os mandaré el enlace si me lo publican. Me acompañó un fotógrafo, Felipe, para que veáis el mundo a través de su objetivo. (Dicen que una imagen vale más que mil palabras). La foto de portada de este post es suya. Felipe tiene un proyecto de retratos; cuenta historias a través de la fotografía. Podéis buscarle en Instagram como Retratos del Alma (deretratosdel.alma). No dejéis de seguirle, vale la pena. Ahora dice que quiere retratarme a mí y contar mi historia. No sé si tengo historia, pero ya le advertí de que soy cero fotogénico, aunque dice que puede arreglarme. Ya veremos…

¿Sabéis qué? Esto es una mierda. La pobreza es una mierda, y el capitalismo es una mierda, y el comunismo todavía más. Acabo de borrar cuatro párrafos rajando del mundo, del sistema, del periodismo y de la vida porque no le interesan a nadie y porque no venís a este diario a leer mis diarreas mentales sobre los problemas del mundo, sino a conocer un país del que probablemente sólo sepáis la bandera. Y esto es una mierda porque el sábado estuve con gente que casi no puede vivir, pero la noche anterior estuve en una macrofiesta llena de gente que canta y baila y bebe y paga siete lucas por entrar, que son como diez euros. Y es una mierda porque lo pasé genial, y me encantó y volvería a ir, pero muy pocas veces he puesto diez euros en el cepillo de la Misa del domingo, o he invitado a comer a un vagabundo. Sé que es bueno que las fiestas existan, y que la gente lo pase bien, pero me duele que no todos puedan. Pere Ribera siempre me decía que él no quiere que no haya ricos, que lo que quiere es que no haya pobres. Me parece un buen programa político. Pero bueno, ya lo sabéis, que Chile también es esto.

La fiesta del viernes fue bacán. Ya os dije que el día 18 se celebran las Fiestas Patrias y que ese día montan fondas por todo el país. Pues me equivocaba. Por lo visto las fiestas patrias se celebran todo el mes de septiembre, y este findesemana montaban en el parque del Bicentenario la primea fonda. La fonda consiste en una vasta extensión de césped en la que afloran puestos de comida, banderas chilenas, baños portátiles, corros de jóvenes y familias, perros callejeros, escenarios, carpas donde venden bebida y etcétera. Cantaba Gepe, que es un sujeto pero, por lo visto, debe ser famoso aquí. Se me quedó pegada una canción suya como un chicle en el zapato y me costó horrores deshacerme de ella. Tengo un té calentito, fruta, pan y café pa’ tomar desayunito. Tremendo.

Además descubrí el terremoto, que es un peligro. Lleva pipeño, que es un vino joven chileno (¿sabíais que el vino chileno es famoso? Habiendo Rioja nunca me lo había planteado, pero se ve que exportan muchísimo), granadina, helado de piña (marca Fruna) y sirope de algo. Es una hueá tremenda porque está muy dulce pero te puede matar por la espalda y sin avisar. Menos mal que se me cayó el segundo vaso, porque luego me llevaron a un cumpleaños y había chelas y piscola y yo no sé qué más. Pero fui prudente y volví a casa a una hora cristiana para poder trabajar al día siguiente.

Otro asunto curioso de las fiestas patrias es que hasta el año pasado había una ley que obligaba a colgar en todas las casas del país la bandera de Chile durante los días 18 y 19 de septiembre. Y se lo tomaban en serio: los carabineros pasaban a revisar que la gente colgase sus banderas y, además, que las colgase bien. ¡Nada de poner la estrella hacia el otro lado! Pero lo que más molestaba de esa ley (agárrense los machos) no era la obligación de colgar la enseña nacional por las fiestas, sino la prohibición de exhibirla el resto del año. Era una forma de hacer valorar el símbolo patrio. Estaréis de acuerdo en que algo así es completamente impensable en España. Pero aquí, desde que empieza septiembre, se empiezan a ver banderas en todas partes: en los edificios oficiales, en las casas, en las iglesias, en los colegios, en la Universidad, en las tiendas y hasta en un coche, asomando con un palito por la ventana del conductor, he visto una esta mañana.

Dicen que 21 días expuesto a un vicio convierte a una persona en adicta. Bueno, puede que me haya pasado algo así con Chile. Ya llevo aquí más de un mes y hay cosas que me preocupan. Por ejemplo, que el otro día me despedí de Vali dándole sólo un beso, y ella me miró extrañadísima y me dijo: “¡Teo! ¡Que son dos!”. Pero eso no fue lo peor. Alguien me saludó en un momento en el que estaba despistado: “¡Hola!”. Y mi respuesta fue: “¿Qué pasa, cómo ehtái?”. Fue terrible. Y aún peor el mensaje que mandé por un grupo de WhatsApp: “Cabros, ¿saben dónde puedo comprar un cargador portátil para mi celular?”. Empiezo a preocuparme por mi salud. Necesito jamón, palabrotas, paella y café de verdad. Si no, no sé en qué puedo convertirme.ç

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