Lo que nadie le preguntó a Churchill

Era el once de noviembre de 1947, el mundo aún no estaba en color y Churchill dijo que “de hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”. Puede que tenga razón, y puede que no.

La democracia es uno de esos valores (otra gran palabra de la contemporaneidad) que Occidente pone en perpetua contradicción consigo mismo al tiempo que crea un tabú que impide toda observación sobre la democracia que no sea una alabanza tan gaseosa, indeterminada y erudita que nadie pueda comprender su significado real.

Solo que esas observaciones tan gaseosas son francamente flatulentas y apestan a cadáver. Un cadáver que se expone como cuerpo viviente y místico, como una eucaristía profana que sirve de cimiento ideológico al primer mundo, tapizado con sus Estados de bienestar, que prometen el oro y el moro y no dejan espacio para que el hombre responda a las preguntas que necesita responder.

Esta nueva hostia adorada por el incienso del Nuevo Occidente no es un cuerpo vivo, sino una momia seca: un trozo de mojama. Es políticamente incorrecto decir que la democracia es un trozo de mojama, pero sin embargo es profundamente democrático.

En estos párrafos pretendo plantear una pregunta a la democracia y al pragmatismo, y señalar la estrecha relación entre ambos.

En su artículo “El resurgir del pragmatismo” (1993), R. Bernstein plantea una lectura de continuidad en la filosofía pragmatista estadounidense, salvando la brecha que habitualmente se hace entre estos y los analíticos. Hay dos aspectos en este planteamiento que, a mi modo de ver, son especialmente interesantes.

En primer lugar, me parece muy destacable el hecho de que Bernstein no trata de ocultar los conflictos que hay entre los pragmatistas, tanto los clásicos como los contemporáneos. En este sentido, señala las diferencias entre Peirce y James o Rorty y Putnam, y añade que “debemos tener cuidado en no subestimar la heterogeneidad, diversidad y profundos conflictos internos que han caracterizado siempre a los pragmatistas”. Lo cual, por otra parte, es completamente coherente, dado que uno de los pilares fundacionales del pragmatismo es la “falibilidad de toda pesquisa”

En segundo lugar, es muy iluminadora la relación que se entrevé en el artículo de Bernstein entre pragmatismo y democracia, no sólo porque los pragmatistas han sido fervientes defensores de la democracia, sino por las coincidencias teóricas en las bases de uno y otra.

Copio la cita que hace Bernstein de Rorty cuando critica a los post-modernistas radicales porque “han abandonado la idea de política democrática; de movilizar el escándalo moral del débil; de inspirar un vocabulario moral común a los bien educados y a los mal educados, de aquellos que son pagados por analizar símbolos y aquellos que son pagados por echar hormigón o servir hamburguesas”. Estas preocupaciones, a juicio de Bernstein, también están en West y en muchos otros pragmatistas, y de hecho no es de extrañar.

El pragmatismo rechaza la necesidad de unos fundamentos necesarios para la filosofía y proclama la falibilidad de toda pesquisa; no es otra cosa más que “una conversación que no cesa, en la que hay ‘voces’ muy diferentes e incluso disonantes”. La democracia, paralelamente, es (o pretende ser) un sistema de gobierno dialógico, en el que unas voces y otras se interpelan y corrigen en la búsqueda conjunta del bien común. En democracia, lo que no funciona es corregido por otros, los gobiernos cambian de color, lo que se descubre como bueno permanece y lo nocivo es sustituido, y el árbitro inapelable es la voz del pueblo en las urnas.

Sin embargo, es políticamente incorrecto hablar mal de la democracia, aunque sea del todo democrático hacerlo. Este es, quizá, el fundamento sobre el que se sustenta nuestro sistema. Se puede hablar de todo, salvo de cambiar el sistema. Del mismo modo, el pragmatismo tal como Bernstein lo presenta proclama que no es necesario un fundamento seguro para la filosofía, convirtiendo esta afirmación en el fundamento seguro sobre el que se sostiene. Sería, por así decir, sumamente pragmático afirmar que sí hay un fundamento seguro para la filosofía, pero decirlo contradice lo que el pragmatismo sostiene.

La pregunta (para la que no tengo respuesta) que hay que plantear a pragmatistas y demócratas es si verdaderamente creen que es posible un pragmatismo sin Metafísica o una democracia sin autocrítica. Lo que nadie le preguntó nunca a Winston Churchill es si se consideraba un demócrata a pesar de cerrar la puerta del diálogo a sistemas no democráticos o estrictamente antidemocráticos. )

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