Underwood 1913

Recuerdo aquella máquina de escribir con la que jugaba cuando era pequeña. Era una de esas negras, de las que salían en las películas. Creo que era una “Underwood”, aunque realmente no lo se, porque algunas letras de la cabecera se habían desvanecido con el paso de los años.

Estaba situada en un pequeño escritorio de madera, tan antiguo como ella misma, con algunos rastros de quemaduras de cigarrillos mal apagados, cercos de vasos de whisky y el nombre de mi abuela grabado a golpe de navaja. Completaba la escena una silla, que lucía unas apagadas patas metálicas y tapicería de ante verdoso, muy desgastada por el uso.

Me gustaba sentarme delante de aquel ajado artefacto e imaginar que era una gran escritora, como Virginia Woolf, Jane Austen o Mary Shelley.

Al principio solo aporreaba el teclado, una letra detrás de otra, sin ningún tipo de sentido u orden porque quería escuchar la melodía que surgía de aquel maravilloso instrumento. Poco tiempo después, empecé a crear historias con personajes extraordinarios, como la señorita Amapola, una mujer que convertía a las personas en plantas carnívoras o Alba, la niña que hablaba con los cuervos.

Pasaba horas delante de aquella vieja y consumida máquina, sin tinta ni papel, pulsando cada una de las letras y creando mundos y narraciones y cuentos y relatos.

Un día regresé del colegio y mi compañera de aventuras había desaparecido, llevándose consigo todas mis fantasías. En su lugar, había una brillante máquina “Olivetti”, blanca y reluciente, junto a una montaña de papel.