Conoce nuestras firmas: Juan Claudio de Ramón

Ya sabrás que los firmantes de El Subjetivo son gente intelectualmente irresistible. Por si acaso, con este cuestionario –elaborado por Ignacio Peyró, editor jefe de la sección- te invitamos a conocerlos mejor.


IP: Defínase políticamente. Ya, ya sabemos que es difícil.

JCR: Soy de centro. Sí, el centro existe. De hecho, ahí moramos la mayoría. La idea de que sólo se puede ser de izquierdas o derechas parte de la extravagante premisa de que sólo hay dos tipos de personas.

IP: ¿Qué le falta –y qué le sobra- al periodismo español de hoy?

JCR: Desde mi perspectiva, no de periodista, sino de lector de periódicos, creo que el periodismo español tiene un buen nivel general en economía, cultura, deportes y, crecientemente, ciencia. En esos campos hay excelentes reportajes todos los días.

En la cobertura política el nivel es desigual. Hay una serie de periodistas muy buenos, cultos y comprometidos con una visión serena y ecuánime de las cosas. Pero luego hay una gran clase media de periodistas en los que percibo dos vicios: insustancialidad y sesgo.

La insustancialidad se observa sobre todo en el énfasis puesto en lo más trivial, que son las sagas palaciegas de los partidos: quién no soporta a quién, quién conspira contra quién. La crónica política se convierte en una especie de crónica rosa. Esto se ve muy bien en estos tiempos dónde el mayor interés de muchos periodistas consiste en saber con quién se va a pactar tras las elecciones, y no sobre qué se va a pactar. Rara vez se pregunta sobre políticas en concreto, que es lo que permite saber si un político sabe de lo que habla. Si a esto le sumas la adicción a los sondeos de intención de voto, lo que te queda es un perfecto retrato de la deportivización de la política: cómo va tu equipo en la tabla y qué ambiente hay en el vestuario, con los periodistas limitándose a rellenar quinielas en voz alta.

El otro problema es el del sesgo. Esto tiene que ver, creo, con un mal entendimiento de lo que significa tomar partido. Tomar partido no te exime del deber previo de informarte bien, someter a examen los tópicos y respetar la complejidad de lo real. Es decir, de ser ecuánime. La ecuanimidad es el ojo de la aguja por el que todo proyecto intelectivo debe pasar, y el periodismo, como la historia o la filosofía, es un proyecto intelectivo: antes de contar tiene que entender. Lo que sucede es que el propio ejercicio de la ecuanimidad –que no hay que confundir con la equidistancia– te llevará, tras haber combatido tu propio sesgo, no sólo a algo muy parecido a la objetividad, sino también, en más de una ocasión, a tomar partido.

IP: Un maestro periodístico. O, ya puestos, columnístico. De aquí o de fuera de aquí.

JCR: Como no he sido aprendiz de periodista, no tengo maestros a los que pueda invocar. Entre los columnistas que aprecio, como lector de periódicos, está Arcadi Espada. Leo todo lo que escribe. Nunca sales de un texto suyo sin material para reflexionar. En un registro distinto, me gusta la elegancia y la mesura de lo que escribe un Valentí Puig, por ejemplo. Y no pasa un día sin que eche de menos a Umbral.

Luego tenemos corresponsales fantásticos, como Enric González o Rafael Poch. En el área económica, me parece muy bueno John Müller.

IP: Las columnas: ¿con “yo” o sin “yo”?

JCR: A mí me salen con un poco de “yo”. Creo es eso no es malo siempre que esa intromisión de la intimidad sirva para ejemplificar en tu persona algo que tiene valor universal y típico, que es, al fin y al cabo, lo que interesa.

IP: Las redes: ¿gran tertulia o servidumbre contemporánea?

JCR: Mi opinión ha variado en el tiempo y creo que seguirá haciéndolo. Al principio de la moda de Facebook y Twitter afecté desdén por las redes sociales, que me parecía algo adolescente. Luego me han proporcionado el trato con personas muy interesantes y a los que considero ya amigos. Hay ruido y furia, por supuesto, pero eso ya es la vida, como decía Shakespeare. Por lo demás, hay que procurar que no colonicen tu vida. La tentación de echar horas en el bar es máxima pero el trabajo serio siempre se hace en soledad.

IP: ¿Qué temas echa en falta en nuestra conversación pública, y cuáles tienen un exceso de presencia?

JCR: Los temas están. Y si te molestas en consultar varias fuentes, te puedes formar una opinión honrada. El problema es formal: en España los políticos usan una retórica inquisitorial que hace mucho daño a la convivencia. Como no tienen un pensamiento articulado sobre casi nada, caen en una sobreactuación que es agotadora, potencia el sectarismo e impide llegar a acuerdos.

Creo que las encuestas de intención de voto tienen una excesiva presencia en nuestra conversación pública. No podemos hacer de la política una carrera de caballos. Es una muestra más de la adopción de la moral deportiva y su lenguaje por parte de la prensa generalista, algo que viene denunciando Arcadi Espada. Se podría hacer el experimento de prohibirlas un año y ver qué tal se les daba a los políticos aprobar o defender medidas únicamente en virtud de sus méritos, sin estar obsesionados con el humor de los votantes (humor, por otro lado, generalmente inducido por la sobreactuación arriba señalada).

IP: ¿Seguir el propio interés o inspiración, o escribir pensando en los lectores?

JCR: No se me presenta ese dilema, creo, porque me suele interesar lo que interesa a casi todo el mundo.

IP: ¿Sobre qué temas le suele interesar más escribir?

JCR: Estoy empezando en esto, pero ya veo que me suelo decantar por temas que podríamos encasillar en la antropología filosófica o la filosofía política. Eso es una manera pedante de decir que me interesa el individuo y la sociedad. (¡O sea, todo!). Ocurre también que escribo mucho sobre España, pero eso no lo hago por interés sino porque me preocupa.

IP: Leer: ¿actividad cada vez más elitista?

No lo sé. Buena pregunta. Parece que algunos géneros, como la novela, gozan de buena salud, y otros, como la poesía, están siempre contando a sus últimos mohicanos. Yo leo mucha historia y ensayo y no me considero miembro de un fortín elitista. Las redes sociales, de las que hablábamos arriba, me han enseñado que hay muchos lectores con los que conversar. Lo que sí tengo claro es que no siempre leo por placer. El placer suele estar ahí, pero prima el deber contraído con uno mismo de entender de qué va la vida y el mundo en el que se vive. Es la primera vez que lo formulo así, pero creo que las campañas de promoción basadas en el «placer de la lectura» hacen algo de daño, porque leer es sobre todo una obligación de la persona adulta. Seguramente es más placentero estar de cañas, pero te aguantas y te educas en soledad, que eso es leer.

10. ¿Qué le gustaría aportar a los lectores de este medio?

Al cumplir quince años un amigo de mi padre me regaló una pluma con un tarjetón que decía: “A JC, para que escriba cosas inteligentes y fraternas”. Más que una dedicatoria, era un ideal. Luego supe que Quintiliano, el pedagogo y retórico romano, decía que los oradores no sólo deben hablar bien sino también ser útiles a su ciudad. Para explicarlo citaba una definición de Catón: orator est vir bonus dicendi peritus. Un hombre honrado que sabe hablar. Al escribir en medios somos como esos oradores. Hay que tratar de ser elocuente al mismo tiempo que bueno y fraterno, lo que no está reñido con la crítica incisiva. No se debe lisonjear al lector, pero sí intentar ser buenamente constructivo. Esto es un problema, porque en España tenemos la tradición del sarcasmo y a veces parece que escribir bien es escribir a base de pullas deslumbrantes. Rocíelo con ácido y cualquier texto parecerá bueno. Como cualquier español, estoy dotado para la mala leche, pero procuro evitarla. No puedo garantizar que lo que escribo siempre vaya a ser constructivo y acertado, pero ese es el ideal que me marco.