Por qué dejé de trabajar en tecnología y por qué regresé — por Jullie Utsch

Era una tarde cálida, y un grupo de adolescentes se sentaba frente a unas bancas abarrotadas de cables, en una sala sin ventilación y un poco oscura. Una chica, de unos diecisiete años, cortaba un cable de red azul. Blanco y verde, verde, blanco y naranja, azul, blanco y azul, naranja, blanco y marrón, marrón, todos los cables pequeños estaban alineados con esmero y en el orden correcto. Era hora de cortarlos. Sus manos sudaban por el calor y la ansiedad, la muchacha se estaba poniendo nerviosa: pronto sería evaluada por su precisión y la calidad del cable.

El profesor del grupo miraba su ansiedad de lejos y se acerca.

— Está díficil eso?

— Sí, lo está, sin querer estropeé los cables mientras los cortaba… — dijo ella, esperando una palabra de aliento o una pista para hacer la tarea.

— Lo dudo. Apuesto a que si lo hicieras con las uñas, lo cortarías correctamente. — soltó una risita, y enseguida se fue.

Era el año 2010, y esa chica era yo.


No era la primera vez que me insultaban en un salón de clases de la prestigiosa institución federal donde estudié Informática. La verdad, ese tipo de situación era común. Era tan común que no nos cuestionábamos el por qué pasaba eso, apenas se resumía en: me gusta o no este profesor. Me atrevería a decir que no me gustaba la mayoría.

En otro ataque, un profesor llegó al salón de clases un 8 de marzo y dijo: ¡hoy voy a hacer una dedicatoria a las mujeres de la clase! Escribió en la pizarra: “Fascinação” [Fascinante] y mencionó la canción interpretada por Elis Regina. Después, con un marcador, reemplazó las letras “s” y “c”, escribió “Faxinação” [Hacer la limpieza en casa].


Tuve un profesor terrible en una determinada disciplina centrada en la automatización. Pero, yo estaba apasionada por el contenido. Estudiaba, experimentaba. Fui la primera de mi clase en terminar con éxito el trabajo de automatización con sensores de un elevador. Mi único problema era que no sabía guardar silencio. Ya en el último año, como lectora ávida de Lola Aronovich, decidí reaccionar. Ningún comentario se quedaría sin respuesta, y obviamente las represalias llegaron. En un trabajo en grupo, donde todo el grupo entregó el mismo trabajo, hecho en conjunto, las notas eran una escalera. El chico del grupo se quedó con la mayor calificación. La otra chica, más tranquila, con un poco menos. Y yo, la inquieta del grupo que le gustaba el tema y había hecho la mayor parte del trabajo, apenas una nota suficiente para no ser reprobada.


No es fuera de lo común que la mayoría de las mujeres del área de computación se retiren de la carrera en el primer año. Estudiar se vuelve un campo de guerra, y en mi época la guerra era solitaria. Hablar sobre machismo en el área de TI todavía no era común, y nosotras, las chicas, no compartíamos impresiones juntas. Yo misma, no tenía ese interés. Sentía que era como ellos. Iba con ellos, reía con ellos, me divertía con ellos y estudiaba con ellos. Mi error fue ese: pensar que por eso, sería tratada como una de ellos. La respuesta es: no, no sería. Mi apariencia física sería analizada, sufriría todo tipo de asedio moral, y cuando me fuese bien, sería completamente invisible o irrelevante. Incluso con los constantes estímulos de los jefes y colegas donde cursaba pasantías (que creían en mí, en mi potencial y mi capacidad como programadora), yo renuncié. Creí, por fin, que aquel espacio no era mío. Imaginé cinco años más de infierno en un curso de Computación. Y a la hora de elegir una carrera, escogí Comunicación Social, para dedicarme a otras de mis pasiones: creación visual y escrita.


Era el final de 2015, y después de volver de una temporada de un año en Recife, buscaba empleo para salir de la casa de mi familia. Después de un pequeño tiempo de búsqueda, me encontraba de pasante en una startup de generación de contenido, aún así estaba muy feliz. Mi deseo era salir de casa pronto, y por más que tuviese buenas perspectivas de crecimiento en un plazo corto, no sabía muy bien si aquello era para mí. Comencé a hacer algunos trabajos fáciles freelancers como webdesigner o personalizando Wordpress, pero me sentía muy desactualizada. Al final, pasaron cinco años desde que yo había parado de programar y probablemente unos 83 nuevos frameworks de Javascript habían surgido desde entonces. Me sentía como si hubiese estado presa en una cámara criogénica y despertado cinco años después. Decidí que volvería a estudiar programación, pero no sabía exactamente cómo había sido la desilusión tan grande que tuve. Hasta que Reuben, un amigo de la época de CEFET, compartió un link que haría cambiar mi vida: un dojo de Python impulsado por el grupo Pyladies.


Llegué a asistir a todos los dojos promovidos por ThoughtWorks. Y poco a poco volvía la buena sensación de ver el programa compilando con los resultados deseados, recordando el sentimiento gratificante y sintiéndome en un espacio seguro. Me fui reencontrando conmigo, con la chica de quince años que le gustaba ver el compilador de C correr. Pero aún así, no tenía grandes aspiraciones sino crear pequeños sitios para generar un ingreso extra. No, no tenía pretensiones de ser programadora. Un cierto día fui a un dojo y quien abrió la puerta fue Lucas, ambos nos sorprendimos. Conocí a Lucas en nuestros movimientos sociales años atrás, y él tampoco sabía de mi interés por la programación. Recuerden esta información.


Un tiempo después, dos ventanas aparecen en la pantalla de mi computadora: extrañamente dos amigos, sin conversar entre ellos sobre esto, me mandaron simultáneamente el mismo link: la inscripción del proyecto Outreachy, a cargo de una serie de instituciones para estimular a grupos minoritarios a la tecnología. Eran Reuben y Luiz, antiguos colegas del salón de la clase de informática. Me hizo sonreír. Yo, intentando conseguir una beca de formación de competencia internacional, y encima en tecnología?

Tardó un poco tiempo para tomar en serio a Luiz y Reuben. Luiz se ofreció a estudiar conmigo. Reuben me dio una idea de un proyecto interesante para escoger. Ambos revisaron mis textos, mi inglés y mi código para la inscripción, a pesar de que yo todavía no estaba satisfecha.

Faltando apenas un día para cerrar la inscripción, exhausta por dividir la facultad, el trabajo y los estudios en otra área completamente diferente, decidí renunciar. Me argumenté que no tendría tiempo de mandar algo con calidad. Fue cuando Luiz intervino — me dijo que si yo no me inscribía, pondría el link del repositorio y lo mandaría por mi. Me tomé en serio la amenaza y decidí inscribirme por mi misma.


Cerca de marzo del 2016, me encontraba enviando currículos para algunos lugares. La ventana aparece y es Lucas de nuevo, preguntando cuando le pasaría mis datos. Esta vez, decidí que lo iba a enviar. Habían pasado unos meses desde que él me pidió por primera vez mi currículum para el proceso de selección en ThoughtWorks. Pero, incluso después de haber terminado el Outreachy, haciendo unas prácticas de verano donde estudié lo básico de Python y Javascript en Mozilla, en los que pasé unos días en San Francisco, todavía no me sentía preparada. Pensaba que eso implicaba ser una programadora de verdad (tal vez pensé que ser una programadora novata era ser una programadora de mentira?) Pensé que tenía que estudiar más y entré en unas prácticas donde fui tomando los restos de nitrógeno líquido: aprendí lo básico de Git, tuve una introducción a Orientación a Objetos y trabajé en una aplicación un poco más compleja, con colegas que compartían conocimiento conmigo. Acabé cediendo y envié el currículum para Lucas.


En el medio del caos de carros, motos, taxis, manos, contra manos y gente, permanecía envuelta con la gracia y tranquilidad con la cual un cachorro atraviesa una calle ileso. India no es para principiantes, pero estando aquí ya era veterana, pensé, mientras trataba de llegar al otro lado para tomar la van. Trabajando cerca de dos meses en ThoughtWorks, fui enviada com más de 80 y pocas personas del mundo entero para pasar un mes y medio estudiando desarrollo de software y justicia social en Pune. Fue una de las experiencias más ricas y transformadoras de mi vida, pero no puedo decir que fue fácil. A cada nueva ronda de conceptos, un mundo nuevo de conocimiento entraba en mí y yo intentaba absorber todo, equilibrando una montaña de platos conceptuales para que todo no cayese en el caos. Hoy, 7 meses después en casa, todavía me encuentro equilibrando platos. Junto a la falta de experiencia y de conocimientos se une la necesidad de probarse dos veces por tener un curso de Periodismo en el currículum y por si acaso tener el género femenino.


Acabé aprendiendo algunas cosas. Preguntar “¿qué rayos es eso???” es uno de mis mejores aliados para volverme una programadora mejor. No tengo vergüenza ni intención alguna de ocultar lo que yo no sé.

Terminé aprendiendo también que la mejor arma contra el machismo sigue siendo la discusión afirmativa y directa, y si el otro está dispuesto a aprender, yo estaría dispuesta a enseñar.

Aprendí que, entre las mujeres, estoy en una de las posiciones más privilegiadas que existen. Experimente ser una mujer en TI siendo negra y/o LGBT y vea sus problemas multiplicarse muchas, muchas veces.


Si pudiese hacer un grande TLDR de este texto, sería el siguiente:

Que yo salía del área porque estaba más ocupada en sobrevivir que en estudiar. Que yo nunca me sentí parte de ello, ni que mi presencia allí fuese importante hasta entonces.

Que yo volví a trabajar en tecnología porque alguien tuvo la confianza en mí antes que yo creyese en mí misma. Por lo tanto, mi gratitud afectuosa a mis queridos amigos: Luiz, Reuben, Lucas (que me ayudaron durante todo el proceso, e insistieron mucho en lo que yo era capaz), sin ustedes tal vez yo aún estuviese por ahí. Pero con certeza habría sido más difícil. Lucas Hanke, que vino después, y reforzó todo esto, recordando aquello que me detiene. Y a las chicas que se esfuerzan en aprender todos los días, probando que ser un hombre en TI puede ser algo tóxico, nocivo, indiferente o puede simplemente cambiar todo. Incentiven a mujeres. Prioricen a mujeres.

Pero lo que es más importante… quería terminar con un agradecimiento que va para Lorena, que fue la primera mujer desarrolladora con quién yo compartí el lugar de trabajo en la vida, pero también las aflicciones, los miedos, las angustias; voy por Fran, primera desarrolladora con quien comparto un proyecto y también sus dificultades de cada día; a Turah, que superó tantas barreras conmigo y puso la mayor fe en mí; después vinieron tantas otras mujeres increíbles, y ese número a cada día aumenta. Eso hace parte de un esfuerzo colectivo, que parte especialmente de las mujeres de ThoughtWorks, que desde el reclutamiento hasta el desarrollo se esfuerzan para que allí sea uno de los mejores lugares para ser una mujer tecnóloga. Tú no puedes querer ser lo que no puedes ver, y yo tengo la suerte de ver quien yo quiero ser todos los días. Gracias por todo.

Un pequeño adjunto para agregar la foto de cuan increíble fue el día de hoy… ¡Mujeres Thoughtworkers pararon y fueron para las calles!

¡Avanzamos Juntas!

Blog originalmente publicado en: http://bit.ly/2p4WXsb

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