Dime, cariño

El autobusero no me respondió los “buenos días”, la recepcionista del gimnasio me hizo la cobra girando la cara cuando saludé al entrar, y el camarero del bar me lanzó un gruñido cuando le pedí, por favor, sacarina para el café en lugar de azúcar. Con mi simpatía pisoteada por gente gris y chunga, volvía a casa tras la jornada intensiva de verano.
Por el camino, las sandías apiladas estratégicamente en la entrada de la frutería del barrio llamaron mi atención. En realidad fue media sandía que se exhibía ya cortada, como si hiciese un topless vegetal presumiendo de su alegre color rojizo. Me fijé en ella y pensé que, si la compraba así, en lugar de una entera, podría cortarla mejor y seguir conservando todos los dedos de mis manos.
Como soy un chico fácil me dejé llevar por la media sandía y entré en la frutería. Y quién me iba a decir que, gracias a esa decisión, mi día iba a cambiar.
Sé que yo era uno más de los 200 “cariños” que pasarían por su frutería ese día. Pero me dio igual. No me importaba ser uno más si lo era con ese mimo. ¡Cómo cambian las cosas unas palabras bonitas, un gesto amable o una simple sonrisa! A mi nueva mejor frutera le hubiese comprado las 20 sandías que tenía allí expuestas.
No nos confundamos, no voy pidiendo amor al pescadero ni achuchones a las cajeras del supermercado. Pero es que ser majo cuesta muy poco, las sonrisas son gratis y siendo amables nos lo ponemos todo mucho más fácil. Guerra a la gente borde.