La caja negra de la educación

Publicada en Revista City en julio de 2013.

Los niños que hoy están entrando al sistema educacional, en promedio, estarán jubilados cerca del año 2070. Nadie en el planeta, por más conocimientos que posea, puede prever cómo será el mundo en esa fecha, qué problemas existirán, o qué grandes inventos se habrán creado, y sin embargo, se supone que los estamos “educando” para que puedan vivir en esa época. Lo que sí podemos saber hoy, y con bastante certeza, es que las grandes soluciones que se deben tomar en el futuro serán tomadas y ejecutadas por estos niños.

Muchas políticas públicas educacionales, como también parte de las demandas de los movimientos estudiantiles, se han apalancado en una visión un tanto mecanicista de la educación -los apodados “problemas estructurales”-, pero se han olvidado de la parte más ecosistémica del asunto: todo aquello que ocurre dentro del aula y en la comunidad que la rodea. Por lo mismo, no es extraño que en el debate nacional que existe respecto de la calidad de la educación nada se diga respecto del rol de las personas que están directamente relacionados al aprendizaje de los estudiantes. En efecto, es precisamente esa enorme falta autocrítica al rol de la familia y de los educadores lo que hace que profesores, apoderados y autoridades se vuelvan incompetentes una vez que se cierra la puerta del aula. Y esto es bastante fácil de graficar, es cosa de pensar cómo se comportaría Picasso o Einstein en una de nuestras aulas a sus 10 años… ¿qué tan capaces seríamos de identificar y potenciar ese talento? ¿Cómo se maneja una clase donde hay distintos talentos y niveles de curiosidad?

No obstante, el problema tiene otras capas más. Si nos fijamos en lo que actualmente miden pruebas como el SIMCE y la PSU podemos tener una imagen bastante clara de lo que se espera de un joven de 18 años en Chile. Las evaluaciones más importantes de nuestro país únicamente miden el nivel de probabilidad de entrar a la universidad. En efecto, aspectos tales como el nivel de creatividad, la innovación y el emprendimiento; todas competencias escasas y necesarias para resolver graves problemas sociales no están siendo promovidas ni medidas por nadie. Muy por el contrario, en torno a pobres dimensiones tales como la memorización y la capacidad de seguir bien instrucciones se han etiquetan a alumnos de “buenos” y “malos”, promoviendo la existencia de dos grandes castas en todos y cada uno de los establecimientos educacionales de Chile.

Pero esta forma de operar no es un problema particularmente chileno. A lo largo de todo el mundo los sistemas educacionales han sido concebidos y estructurados bajo la lógica de la Ilustración e implementados bajo el paradigma de la Revolución Industrial. Y la forma de educar sigue la misma lógica que una línea de ensamblaje; los separamos por edad, los juntamos en grupos “homogéneos”, les introducimos disciplinas que fueron muy importantes en el siglo XVII y luego los sometemos a un constante “control de calidad”. Tras 12 años de inversión pública y privada, los liberamos a un mundo que nada tiene que ver con las habilidades que adquirieron en el colegio, pero nos consolamos con el hecho de que egresan relativamente liberados de la puerilidad humana, pese a que sean inútiles en casi todo lo demás.

Bajo el paradigma de la educación actual existe una paradoja donde “más educación”, en algún punto, comienza a generar “menos aprendizaje”. Y eso sucede debido a que todavía nadie se ha detenido a observar qué ocurre realmente dentro del aula. Cuando se cierra la puerta de la sala de clases: ahí está la caja negra de la educación. Mientras no se piensen las políticas públicas desde ese lugar, la educación seguirá funcionando como una máquina de producción en serie, y por muy “gratuita” y de “calidad” que esta sea, seguirá arrojando el mismo resultado.

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