La narrativa de Michelle Bachelet

Publicada en El Líbero en noviembre de 2014

¿Qué simboliza Michelle Bachelet en el proceso de transformación cultural que Chile está enfrentando? ¿Qué tiene que ver su historia personal con las actuales demandas ciudadanas? ¿De dónde proviene la enorme cuenta de ahorro de capital político que posee?

En las siguientes líneas intentaré responder a estas interrogantes, con planteamientos que buscan analizar a Bachelet más allá del rol político que actualmente desempeña, e interpretarla como un personaje histórico que se ha construido en base a los anhelos que los chilenos han depositado sobre ella. Muchos análisis que se han generado respecto del efecto Bachelet (esa suerte de “adicción” de la ciudadanía por ella) han reducido su éxito a factores como su género, simpatía y nivel de carisma, dejando de lado otras variables que puedan sustentar las fuentes de su liderazgo. Después de todo, convengamos que nadie gana dos candidaturas presidenciales debido únicamente a una personalidad simpática y extrovertida.

Del mismo modo, pocos se han detenido a analizar su narrativa, la que si bien se nutre de ciertos atributos propios de su personalidad –una sonrisita durante un discurso siempre ayuda–, se fundamenta principalmente en el uso efectivo de su historia como herramienta al servicio de las expectativas de la ciudadanía. Por lo mismo, cabe el preguntarse cuánto del verdadero “genio político” de Bachelet se sustenta en la forma que ella ha tenido de comunicar los valores que se desprenden de su historia personal. En cierto modo, si algo siempre ha tenido claro Bachelet y sus asesores es la enorme rentabilidad que posee su relato; ese del “Chile de todos” que en más de una ocasión ha logrado encarnar.

En esa misma línea, el medio de comunicación español ABC, en una crónica realizada el año 2012, la cataloga como “un personaje de novela”, y continúa: “(su vida) tiene todos los ingredientes para un «best seller». Hija de militar, profundamente democrático, su vida se transforma en una pesadilla tras el golpe de Estado (…) Su padre muere como consecuencia de las torturas del régimen, su madre y ella, por entonces una joven idealista, sufren los suplicios y la brutalidad de la dictadura en carne propia (…) Política, amor, traición y resistencia preceden su regreso a Chile”.

Y es verdad, hay hechos claves que cooperan en esa “novela”; tras asumir la cabeza del Ministerio de Defensa en 2002, se convierte en la primera mujer de Latinoamérica en liderar esta cartera, volviéndose símbolo de la equidad. Ese mismo año es fotografiada montada sobre un tanque de guerra con una actitud lejana de rencores, y entonces se convierte en símbolo de la reconciliación nacional. Luego, el 2006, gana en segunda vuelta a Sebastián Piñera y se transforma en la primera mujer chilena en llegar a la presidencia, y se convierte en símbolo de la “protección social”.

Sin embargo, a todo lo anterior se le suma una dimensión que es un continuum de su narrativa, y que queda en descubierto el 2005 en su “Carta a los chilenos” contenida en su programa de gobierno, donde definía con acierto el tono que tendrían todas sus futuras candidaturas: “Yo no fui creada para el poder y nunca hice nada para obtenerlo. No pertenezco a la elite tradicional. Mi apellido no es de los apellidos fundadores de Chile. Me eduqué en un liceo público y en la Universidad de Chile. Estudié medicina porque me maravillaba la posibilidad de curar a un enfermo, de quitar el dolor, de borrar la angustia y traer de vuelta la alegría al hogar enfermo”.

Ya en ese entonces Bachelet tenía bastante claro que su “contrato” con la gente se alimentaba de recordarles constantemente que ella era “una de los suyos”, y de hecho, sus dos consignas usadas durante la campaña presidencial de ese año así lo declaraban: “estoy contigo… por Chile, por la gente”, en evidente contraste con los de Sebastián Piñera, más orientados a valores como la gestión y el logro: “Con Piñera, se puede… Chile quiere más, Piñera más presidente”.

A principios del 2006, ya como presidenta de Chile, Bachelet buscaba mostrarse como la gran engendradora de las reformas sociales de nuestro país. Sin embargo, durante el último periodo de su mandato su relato adquirió un tono mucho más maternalista, atento y cuidadoso del sentir de la ciudadanía, algo que distaba categóricamente del estilo al cual nos tenía acostumbrado Ricardo Lagos, bastante más resolutivo y autoritario.

¿Por qué Bachelet realiza este giro? Fue en respuesta a la necesidad de satisfacer las expectativas de un país azotado por la peor crisis económica internacional de las últimas seis décadas: la crisis subprime del 2008. Y, en efecto, su contención emocional y protección económica fueron bien valoradas por la ciudadanía. Con todo, cabe señalar que su goce de alta aprobación pública se dio en el último periodo de su mandato, y fue debido a su acertada gestión de la crisis financiera; hasta antes de eso había sostenido altos niveles de desaprobación por el mal manejo de la “revolución pingüina” y el Transantiago.

En ese sentido, hasta acá se han identificado dos momentos cruciales donde la narrativa de Michelle Bachelet y sus atributos se conjugaron de manera perfecta para dar respuesta a las expectativas coyunturales de cada época. Sin embargo, ¿cómo se puede explicar el alto nivel de apoyo que generó en las últimas elecciones presidenciales? Si el año 2006 se debió a que encarnó el anhelo de la reconciliación nacional, y el 2008 a que simbolizó a la “madre protectora” del pueblo chileno que atravesaba una crisis severa, entonces, ¿qué convenció ahora a la ciudadanía de darle, una vez más, un voto de confianza? Para entender esto es necesario comprender, como se hizo en los otros casos, cuál es la relación que existe entre Michelle Bachelet y la etapa que vive actualmente Chile.

El Chile actual está en pleno proceso de cambio. Llevamos un par de años creciendo económicamente y, por consiguiente, los ciudadanos se encuentran muchos más educados, desconfiados y organizados que antes. De ahí que Sebastián Piñera sembrara en su mandato la promesa de la “igualdad de oportunidades”, y nos terminara convenciendo de la consigna que “sí se puede”. Y en efecto, las expectativas de los chilenos también aumentaron, después de todo, tras ver cómo creció la “torta” ahora legítimamente se esperaba repartirla.

Sin embargo, cuando tocó la tarea de “repartir la torta” la ciudadanía no confió ni en Alianza ni en la Concertación, y depositó su confianza en Bachelet. ¿Por qué?, porque fue ella quien, una vez más, comprendió a la perfección el “líder” que nuestra sociedad anhelaba: el ciudadano común y corriente, clase media, deseoso de más igualdad, que era incrédulo de la vieja y mala política -por eso también la artificiosa construcción del acuerdo electoral de la Nueva Mayoría-. Y, en efecto, si Bachelet salió electa en la pasada elección presidencial fue porque encarnó por tercera vez la esperanza de un grupo mayoritario de chilenos, rozando de a momentos un peligroso populismo.

Ante esto, cabe reflexionar qué ha ocurrido con las otras alternativas políticas y sus respectivas narrativas en los últimos años, y por qué el relato de la centroderecha chilena no ha logrado ser lo suficientemente atractivo como para competir con el progresista. En ese sentido, ya pueden hacerse una idea de qué fue lo que funcionó con Bachelet, pero en ningún caso esa es la respuesta. Más aún, cuando escuchamos a políticos de oposición debatir desde veredas estrictamente económicas y técnicas, o bien desde la supremacía moral de una elite conservadora, no ha de sorprendernos que sean percibidos como fuera de sintonía.

Del mismo modo, algunos sectores de la Alianza han adoptado como principal estrategia el apostar a capitalizar el error del actual gobierno, es decir, convertir la derrota del progresismo en su campaña. Sin embargo, cabe cuestionarse: ¿Es ese el relato que se quiere contar a la ciudadanía? ¿Es esa la narrativa que va a movilizar a los chilenos a acercase o alejarse de una u otra ideología? Porque quizás, sin darse cuenta, están reduciendo vuestra narrativa a una auditoría política, a gobiernos y personajes de centroizquierda, cuando deberían estar dando una alternativa ideológica, filosófica y política mejor pensada y más atractiva.

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