Publicada en El Dínamo en diciembre de 2014

Tú, que aún eres joven, pero que cada día te despiertas con un profundo malestar. Tú, que antes de dormir hurgueteas tu celular para ver qué está haciendo el resto del mundo, horrorizado por tener que desconectarte y dormir. Tú, que miras más pantallas que rostros, que prefieres enviar mensajes de texto antes que escuchar una voz, que te nutres de tu avatar en Facebook, de tus followers en twitter, de tus redes de contacto en LinkedIn. Tú, que nunca estás solo en una habitación porque estás conectado a toda la sociedad, pero que sin embargo experimentas una profunda y paradójica ausencia de otros y de ti mismo. Tú, que no viviste ninguna guerra mundial, guerra civil o dictadura, y no conoces — por suerte- la horizontalidad de los vencidos, el rapto de alguien que amas, ni el hedor de la putrefacción de la democracia.

Tú, que buscas todas las respuestas en Google pero que no tienes idea de las preguntas que se encuentran en ti: tú eres de los que respetan más las soluciones que los problemas. Tú, que ya no juegas tan a menudo a hacer castillos de arena, que no te lanzas sobre el pasto a dormir, que ya no inventas cosas inútiles y nuevas. Tú, que hace un par de años dejaste de soñar despierto, que olvidaste el encanto de los recreos, la liviandad de un pasatiempo, y en vez de eso los cambiaste por videojuegos tecnológicos. Tú, que miras todos los días a aquel que te observa en el espejo y no sabes quién es, pero no te importa: hay demasiados estímulos fuera de ti como para darte cuenta de la necesidad de estimularte “desde adentro”.

Tú, que no escuchaste realmente el último consejo de tu padre, que le diste un abrazo demasiado breve a tu madre, que te irritaste con ellos porque te interrumpían cuando mirabas una pantalla más. Tú, que hablas con miles de personas al mismo tiempo, pero que te agota interactuar con otros en la vida real, ¡y es que te has convertido en un antisocial hiperconectado! Ya lo había advertido Goethe: en un momento dado de la vida, morimos sin que nos entierren…Y tú, tú estás muerto, sensualmente muerto, pero no piensas en ello, no tienes conciencia de que la muerte no llama a la puerta, está ahí, presente en la mañana cuando te despiertas, pero a ti, a diferencia de Bob Dylan, no te inspira ni la muerte ni la vida, tú sólo fluctúas entre ellas.

Nietzsche ya lo había constatado: Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos, pero él jamás habría imaginado que llegaría una generación como la nuestra, que utilizaría el porqué como una herramienta de marketing personal: tú mercantilizaste tu propósito. Tú, que remplazas tus sueños por ambiciones, que disfrazas tu agenda personal y la llamas “emprendimiento”, que “vendes/consumes, y luego existes”. Tú, que te convenciste que sólo progresan quienes se lo merecen, y valoras más los resultados que las ideas. O tú, que esperas que la autoridad solucione todos tus problemas, y valoras más el paternalismo que el talento y la libertad individual.

Tú, que utilizas el Yoga y la meditación como una herramienta de enajenación personal, y te importan más tus pensamientos que a aquellos que te rodean: tú confundiste el individualismo con el desapego. Tú, que te sientes independiente y auténtico porque viajas a la India, a la Amazona y Sudeste Asiático, en un viaje para “encontrarte a ti mismo”, más solo vuelves y haces exactamente lo mismo que habrías hecho de no viajar: tú permites que nada te cambie. Tú, ciudadano que consume todas las causas, que se encuentra a favor de todo lo que parezca revolución: tú promueves y proteges más tu pancarta que los actos de amor. Tú, que tomas decisiones pensando que son tuyas, pero no son más que herencias de tu familia y pasado, o por el contrario, actúas exactamente en oposición de lo que te dicen, y vives en la ilusión de que eres libre, mas solo eres la negación de lo que otros querían de ti: tú no eres consciente del origen de las voces que te aconsejan en tu cabeza, por eso nunca eliges tú, eres lo que otros quieren que seas, o en su defecto, la negación de esas expectativas, pero ¿quién eres en verdad?

Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas, nos recitó Neruda hace ya un tiempo, y aquí estamos hoy, frente a frente, con un sabor amargo en la boca, molestándonos el uno al otro con esta columna rasca, invalidando todo lo que otro dice y piensa, juzgándonos el uno al otro sin cesar. Tú debes de saber que yo soy tú todos los días, y esto bien podría ser entendido como una carta a mí mismo, como un recordatorio de que soy una idiota que no está solo en su idiotez. Somos una multitud de jóvenes no mayores de los 35 años que estamos convertidos en unos idiotas, que nos compramos el cuentito de la “Generación Y”, como si estuviéramos justificados a priori a sentirnos dueños del mundo y actuar como eternos adolescentes, cuando realmente preferimos gestionar revoluciones sociales antes que liderar nuestra propia evolución existencial.

Los pájaros nacidos en jaula creen que volar es una enfermedad, nos advirtió Alejandro Jodorowsky, y eso es precisamente lo que nuestro entorno nos ha enseñado. Vivimos en una jaula sexy, cómoda y con WiFi, y lo que antes parecía una prisión hoy es más bien un hotel de lujo donde las alas estorban. Pensamos una cosa, deseamos otra, amamos otra y hacemos una totalmente diferente, vivimos profundamente fragmentados, y es debido a esa confusión que tú estás perdido. Y yo, ¿quién soy yo para hablarte de esto con tal soberbia? Nunca ha sido menos importante el escritor detrás de las palabras. Simplemente hoy miré el espejo y te vi, y me dio rabia, y te quise exponer públicamente, quise dejar grabado en algún lugar un recordatorio que eres profundamente incoherente, y que más pronto que tarde deberás parar.

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