CUANDO LA NADA SE TRANSFORMA EN TODO

Por Cherno. Dedicado a Rene, a los hinchas de Racing y a los hinchas del fútbol en general

La palabra NADA es una palabra extraña. En general parece un concepto insulso, pobre, justamente de esos términos que no dicen NADA. Pero verdaderamente a veces la NADA misma lo es TODO. Hay momentos hermosos de la vida que están hechos para no hacer NADA. Sino como explicamos por qué nos rascamos los huevos antes de dormir, hacemos zapping sin siquiera frenar a ver que hay en cada canal o contamos los azulejos del baño mientras cagamos. Incluso llegar al estado en el que NADA lo es TODO.

A veces pienso que la NADA misma es muy de los hombres y es algo que los tipos disfrutamos un montón aunque las mujeres no lo comprendan. Traten de pensar cuantos momentos en la vida uno está haciendo cosas y le gustaría estar haciendo NADA. Cuantas horas perdimos frente al sillón, decimos que vemos la tele y no sabemos ni lo que estamos mirando. En realidad no estamos buscando ver nada en especial. A veces ni siquiera queremos ver la tele, sin embargo hacemos zaping porque eso para nosotros es HACER NADA.

Ahí es donde viene la pregunta que para ellas es trascendental, cúlmine. ¿Qué estas haciendo? ¿Qué estás pensando? ¿Qué queres hacer? La respuesta siempre es muy simple. Recurrimos a esa mágica palabrita de cuatro letras y una sola vocal repetida dos veces. Dos sílabas cortas que por supuesto no dicen NADA. Esas preguntas podrían tener miles de respuestas, incluso las hemos dado por temor a que nuestra respuesta real no sea comprendida. No estamos dispuestos a discutir justamente porque la discusión arruinaria nuestra NADA.

Por eso esa NADA es tan confusa y genera tanta intriga. ¿Cómo nada? Es así, es la posta, estamos haciendo NADA. Hay momentos mágicos en el que en el medio de la NADA donde NADA podía pasar, algo rompe el silencio y se transforma en un TODO. Pero para eso había que experimentar esa NADA. Había que pasar por ese silencio, por ese zapping o por esa rascada de huevos, para que efectivamente podamos pasar de la NADA al TODO en una milésima de segundo.

Algo parecido me pasó el 28 de noviembre del 2015. En un micro saliendo de Caracas, abandonando la ciudad, donde el único plan que se podía pensar era dormir o seguir durmiendo, NADA importante. Campo de un lado, campo del otro, al frente la ruta y nosotros sin hablar con nadie, simplemente haciendo NADA. Pero en el medio de nuestra NADA viajera, dos asientos más adelante, estaba mi amigo Tomás al que en ese viaje se le jugaba TODO. Todo pasaba a la hora del viaje pero a miles de kilómetros de distancia.

El clásico de Avellaneda definían la clasificación a la Copa Libertadores 2016. El que ganaba entraba a la Copa más importante del continente y el otro se iba a tener que conformar con el consuelo de la Sudamericana. Era el partido de ida de tremenda final y mientras el bondi viajaba en silencio, donde la mayoría dormía, este amigo sufría a través de su teléfono celular. La señal de internet era mala y la información llegaba como podía, pero Tomás no podía sacar los ojos del celular. Mientras el micro dormía, él seguramente imaginaba un Cilindro lleno cantando y gritando, pero si alguien le preguntaba que estaba haciendo, seguramente hubiese respondido lo mismo que cualquiera: NADA.

En los primeros minutos no pasaba NADA de verdad y él parecía compartir el mismo silencio con el bondi pero no era tan así. El silencio del bondi era el silencio de los que duermen, leen, miran la ruta o simplemente no piensan en NADA. El silencio de él era de una concentración que le permita estar viajando al interior de Venezuela sin descuidar que su corazón estaba en Avellaneda, sentir lo que siente el hincha en la cancha, esa ansiedad con mezcla de nerviosismo, con mezcla de confianza ciega y con mezcla de amor profundo.

No puedo ponerme en la cabeza de Tomás pero seguro estaba imaginando que Racing atacaba y apretaba, que Bou ya se había errado un par, que el Rojo se metía cada vez más atrás. Seguramente imaginaba que en cualquier momento iba a venir eso que tanto esperaba, pero ¿Y si todo era solo parte de su inconsciente? ¿Si en realidad el que hubiese estado cerca era el equipo de Pellegrino? El teléfono de mierda que no actualizaba y aumentaba la desesperación. ¿Si Saja era otra vez la figura de Racing mientras que Milito y Bou no tocaban una bocha? Yo no estaba en su lugar pero seguro en esos momentos llegaba el miedo, la resignación, la angustia. Todos los sentimientos juntos, a la vez, disputando una batalla en el que el único que gana era la incertidumbre.

Yo no estuve en su cabeza en ese momento pero imaginaba sus enanos gritando. Los más optimistas cantaban las mismas canciones que la Guardia Imperial estaría cantando en Buenos Aires, los más pesimistas puteaban a la señal de internet y seguramente algunos se preguntaban quien carajo lo mandó a viajar a Venezuela en esa fecha.

Mientras los enanos empezaban esa guerra mental, yo era parte del silencio y de la NADA que dormía en el micro, y aunque el partido no me importaba nada, cada tanto relojeaba y preguntaba. No es que quisiera saber, solo se debía a cierta empatía en lo que los hinchas de todos los equipos somos todos iguales. Cuando digo los hinchas no digo simpatizantes, no pienso en aquellos que dicen que son de un equipo pero no saben ni como forma el equipo ni contra quien juegan.

Cuando digo hinchas hablo de aquellos que sabemos cuándo fue la última vez que ganamos de visitante un día de lluvia. Cuando hablo de hinchas me refiero a los que sabemos exactamente que estábamos haciendo el día que se retiró nuestro ídolo. Cuando hablo de hinchas pienso en aquellos que cuando estamos lejos, somos capaces de mirar un celular durante 90 minutos sin pestañar para conocer el dato preciso y urgente de lo que está pasando con nuestros colores tan lejos nuestro. Estoy seguro que eso le pasaba a Tomás porque es lo que me hubiese pasado a mí si el que jugaba era Boca, porque estoy seguro que así sentimos y vivimos el fútbol los hinchas de fútbol.

La cuestión es que ya bien entrados en la NADA de la periferia caraqueña, donde lo único que se escuchaba era el aire acondicionado del bondi, entrando en el Estado Carabobo el chofer (transportista en venezolano) paró a cargar nafta (gasolina le dicen ellos). La estación de servicio tenía 2 surtidores, campo de un lado, campo del otro, y solo se podía divisar la ruta por la que veníamos y un señor vendiendo cachapa.

La cachapa es una comida típica venezolana que todos te dicen que tenés que probar y que después de probar empezas a pensar que todos son unos boludos bárbaros que compran cualquier buzón de “comida típica”. Era una especie de panqueque salado, hecho con harina de maíz que se puede rellenar con muchas cosas saladas. En el caso de este cachapero (no tengo idea si se dice así pero se entiende que es el seño que vendía las cachapas) tenía para rellenar queso y mantequilla (que es manteca pero los venezolanos al igual que otros caribeños tienen ese asento medio estúpido, como de película doblada o de dibujito animado viejo y también y le dicen mantequilla).

En fin, la cachapa no era nada del otro mundo pero se dejaba comer. Igual la cachapa no es el punto. El punto es que la situación ameritaba a que los que casualmente estuviéramos despiertos aprovecháramos la parada para ir al baño, fumar un pucho o comer una cachapita. Aunque no lo crean yo era uno de los que estaba despierto. Nunca suelo estar despierto más de 10 minutos en ningún viaje largo, salvo que yo sea el que va manejando. Pero esa vuelta algo me intrigaba de lo que pasaba por la cabeza de Tomás y por eso estaba despierto.

Mentira, en realidad el partido me chupaba un huevo y me desperté justo cuando frenamos con la ilusión de haber llegado pero cuando me enteré que recién íbamos una hora de viaje estuve en la disyuntiva de volver a dormir o bajar por una cachapa y un pucho. Sin mucho convencimiento bajé medio dormido con un par, me estire, me prendí un pucho y me acerque a la fila que ya se había formado detrás del cachapero.

El que estaba totalmente despabilado era Tomás que seguía sin pestañar aunque el celular solo informaba un cero a cero sin grandes novedades. Una vez abajo la NADA era mucho más inmensa que en el colectivo. El silencio era mucho más profundo y parecía llegar mucho más lejos. Mientras tanto Racing e Independiente seguían cero a cero.

No recuerdo bien que minuto iba. Yo estaba disfrutando de aquella inmensidad de pensar en NADA, fumaba y no pensaba en NADA. Por momentos me olvidaba por completo de la gente del micro, de Venezuela, del partido, de Tomás y de su celular. Mi prioridad en ese momento era probar la tan mencionada cachapa y contemplar la inmensidad de la ruta mientras me fumaba un Marlboro que había traido de Argentina. Automáticamente en la fila me puse a pensar en el cachapero que ya había hecho el día y ya podía decirle a su mujer que un grupo de argentinos habían probado su “manjar” casero.

Cuando nos acercamos, el vendedor intentó entablar una conversación pero el silencio era mucho más fuerte. Tomás estaba al lado mio. El miraba el celular y yo la cachapa. Todo era silencio hasta que en un segundo todo el silencio se fue a la mierda, la cara del cachapero se desdibujó y mi momento de introspección también.

Tomás gritaba, saltaba y hasta temblaba mientras no sacaba la vista del teléfono. Varios compañeros y compañeras del micro miraban incrédulos la imagen tratando de buscar una explicación racional y el cachapero (el más sorprendido de todos) sabía que tenía una historia mucho más interesante que contar en su casa que ya no sería la rutina de vender cachapas. “Gorda, no sabes lo que me pasó. Conocí lo que sienten los argentinos por el fútbol y por sus colores. Están realmente enfermos, el chamo se puso a saltar solo en medio del camino como si hubiése visto un jonron”, (quizá no tan literal, pero algo así tiene que haber dicho seguro porque el momento fue mágico).

No habíamos terminado la cachapa y aquel movimiento parkinsoniano que Tomás había hecho 2 minutos antes, se volvió a repetir. Era el segundo gol. El cuerpo le temblaba y hasta tenía ganas de llorar. Salvo el cachapero que estaba mudo, todos lo miraban con un poco de preocupación e indignación. El silencio ya estaba quebrado para siempre con dos goles seguidos de La Academia. Ese lugar ya no era el silencio, la NADA y el cachapero. Esa estación de servicio en las afueras de Caracas ya no tendrá NUNCA ese SILENCIO DE NADA y ese cachapero acostumbrado a la NADA, tendrá ahora y para siempre una historia para contar.

Finalmente Racing ganó ese día y cortando clavos también ganó la clasificación. Sufrió en la vuelta como de costumbre, pero pudo aguantar el resultado y jugar la Copa Libertadores aunque la ilusión se terminó pronto. Para mí el resultado fue lo de menos, no me cambió en lo más mínimo. Pero el momento fue inolvidable. No fue inolvidable el grito de Tomás, no fue inolvidable su aleteo, ni sus lágrimas. No me sorprendió que gritara como un condenado ni que su eco haya retumbado tanto. No me llamó la atención que la tecnología le haya permitido al pibe vivir unos minutos en las afueras de Caracas como si estuviese en el Cilindro de Avellaneda. Ni siquiera esperaba otra reacción por parte de mi amigo, la misma que tendríamos cualquiera de nosotros, cualquier futbolero argentino estando lejos de su tierra en un momento tan importante.

Lo que no pude borrar de mi cabeza fue la cara del vendedor de cachapas cuando la locura brotó por el cuerpo de Tomás. Fue la constatación exacta de que esas tres mágicas letras gritadas sin control y alargando un poco la vocal son suficientes para que hasta la NADA más absoluta, se convierta en un TODO hermoso. Me arriesgo a decir que el hincha es el único ser vivo que puede transformar esa inmensa NADA en un TODO completo rompiendo el silencio para SIEMPRE. Por eso, la NADA es esa cosa incomprensiblemente hermosa, es una sensación tan linda que se complementa perfecto con rascarse los huevos, hacer zapping o contar los azulejos del baño mientras cagamos.

Sin embargo, no hay NADA más incomprensiblemente hermosa, imcomparable e inolvidable que ese microsegundo en el que la NADA se va al carajo, la pelota toca la red, el relator de radio toma aire, la tele mete un zoom, el último jugador que tocó la pelota abre los ojos bien grande, el arquero los cierra porque no quiere ver, el tipo que está en la tribuna da tres pasitos para adelante con el puño en alto y el teléfono de Tomás se actualiza solo cambiando el resultado para siempre. Quizá solamente comparable al ruidito que hace la coca cuando se abre o al primer chorrito de pis cuando te venias aguantando, pero esto es un poquito mejor. Eso es transformar la NADA en TODO, eso significa sentir y disfrutar un GOL!

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