DE GORDO A GORDO

Dedicado a Hernán Casciari y a todos los que alguna vez tuvimos la suerte de poder hacerle llegar nuestra voz a nuestros inspiradores

Dude mucho en escribirte estas líneas. Lo sentía medio cursi y a mí lo cursi no me va para nada. Hasta la frase “estas líneas” me sonaba cursi pero no sabía ni por dónde empezar. Además de cursi parece un poco farandulero. ¿Por qué escribirle a una persona que no me conoce, que no sabe quien soy, que le chupo un huevo básicamente y que no me va a recordar nunca más en su puta vida?

Pero después pensé, que esto no es una carta más que busca incomodar al famoso para que le diera una respuesta. No soy un fanático enfermo, no soy un loco que viene del futuro, no soy un chino al que no hay que abrirle la puerta, ni mucho menos una máquina que lucha por destruir la humanidad.

No soy de esos que le gusta salir en las cámaras de Crónica cuando hay un crimen a tres cuadras de casa, ni haría un acampe en la puerta de un hotel para ver a Justin Bieber. No soy uno de esos pelotudos que va por la calle con una birome por si se encuentra algún ex Gran Hermano comiendo en un restaurante. Soy un simple gordo vago que le gusta dormir hasta tarde, comer asado y contar historias. Soy un lector sí, pero especialmente soy un chabón que vio en lo que vos haces una inspiración y una posibilidad de ganarse la vida después del mediodía. Es que vos y yo sabemos que nada bueno pasa antes del mediodía, salvo que todavía no te hayas acostado.

No solo tenemos en común el nombre de pila, el placer por los asados o las charlas con amigos. También estoy seguro que compartimos el mismo puesto en la cancha porque la gente como nosotros solo juega cuando lleva la pelota. De chico, para resistir al bullying tuve que elegir entre aprender a defenderme o aprender a reírme de mí mismo. Por eso, después de mi primera y última clase de karate, a mis 7 años descubrí que solo me quedaba una opción y no era volver llorando a buscar a mi mamá por lo que pasaba en el tatami.

Pero el humor tiene un montón de facetas y tenía que descubrir la mía. Por eso mis ganas de escribirte gordo, por una envidia nada sana. Vos lograste lo que muchos de nosotros intentamos hace tiempo, encontrar nuestro talento. Pero algo me dice que con 31 años todavía estoy a tiempo y no me pienso resignar. ¿Cuál fue el secreto? ¿Cuál es la trampa gordo? ¿Cómo hiciste para mentirnos a todos y que nadie se diera cuenta?

Para explicarte por qué mi envidia tendría que volver un poco para atrás en mi historia. La lectura llegó a mi un poco de casualidad y más que nada a través de los cuentos cortos. De chico leía muchos “Elige tu propia aventura” pero más por obligación de la casa que por placer. La lectura como vicio me llegó de grande. ¿Quién puede enamorarse de la lectura cuando en el secundario te hacen recordar de memoria los Cantares del Mio Cid? Encima en mi adolescencia Harry Potter eran solo para nerds que se sentaban adelante. Ni en pedo abandonaba una partida de tute para leer la historia de un mago que va al colegio. Nunca entendí por qué un mago que encontraba todas las respuestas en una varita mágica tenía que hacer la tarea.

La cuestión es que cuando empecé a leer cuentos cortos encontré la solución a dos grandes problemas en el que la literatura me tenía preso. El primero es que llegaba al final rápido y ya podía leer otra cosa. La ansiedad es una mala compañía para los lectores y como todo ansioso, no podía convivir tantos días con la angustia de no saber cómo terminaba la historia. Las buenas novelas me atrapaban en noches enteras de insomnio solo por ansiedad. Algunas veces hasta comía o caminaba leyendo con tal de no estirar la intriga. Siempre tenía que llegar al final del capítulo. El segundo beneficio es todavía más importante y concreto: el cuento tiene el tiempo justo y necesario para acompañar mis visitas al inodoro. Las novelas muchas veces me hacían acalambrar los pies y levantarse del inodoro con los pies dormidos es una tarea dificilísima que no se la deseo ni a mi peor enemigo.

Gracias a una profesora de Literatura cuando estudiaba periodismo deportivo llegué a disfrutar mucho de Soriano, Arlt, Galeano, Cortazar, pero ninguno era como el Negro Fontanarrosa. Me di cuenta que lo que me gustaba era sentir identificación con aquellos personajes de los cuentos. No quería historias de magos con cara de nerd o de marcianos en una guerra entre planetas ni bichos raros buscando anillos fantásticos. Yo quería historias de amor en la escuela, historias de amigos en un bar o de desconocidos en una cancha de fútbol.

De la profesora no recuerdo ni su nombre y tampoco estaba buena (la recuerdo bastante vieja como para ser atractiva fisicamente), pero me acuerdo que cada miércoles a las 7.45 am tenía que venir a enseñar literatura a un grupo de 30 energúmeno que nuestra única preocupación en la vida era si había orsai en el gol de Boca, si el penal contra Estudiantes era inventado o si los tres expulsados en el partido de Villa Dálmine iba a traer consecuencias.

Ninguno de nosotros quería levantarse temprano y mucho menos para una clase de literatura. Quizá ese esfuerzo inhumano que le tocó a esta profesora movió algo en mí que también hacía un esfuerzo inhumano por llegar a su clase matinal. No podría explicarlo racionalmente pero ese año la lectura para mí se volvió un vicio y fue por culpa de ella. Y del Negro obvio.

Ese semestre descubrí que los cuentos podían ser como un partido de fútbol. Estaban los que prometían en la previa y terminaban siendo un bodrio y estaban esos que preferirías no ver pero que terminaban con goles para todos los gustos. Por eso los partidos hay que jugarlos y los libros hay que leerlos. Ese semestre descubrí que más allá de la pelota, afuera de las canchas había también algunos tipos que la tenían atada, que tiraban una pared, una rabona o que también tenían estilo para una patada bien dada. Había muchos buenos, pero así como en las canchas estaba Maradona, yo había descubierto en aquellos cuentos al Negro Fontanarrosa. Memorias de un wing derecho era para mí como el gol del siglo a los ingleses y El mundo ha vivido equivocado era La Mano de D10S.

Por eso lloré mucho su despedida. El 19 de julio del 2007 fue para mí como aquel 10 de noviembre del 2001. Las gambetas del Negro estaban en un papel, en un libro, en un cuento y así como un día Maradona se despidió del templo pidiéndonos que ese amor no se termine nunca, yo pensé que con la muerte del Negro se terminarían los cuentos cortos y se llevarían mi amor por la lectura.

Pero algunos años después, en medio de un vacío que todavía buscábamos llenar, la magia que necesitábamos empezó a llegar desde Barcelona. Las gambetas no eran catalanas, eran nuestras, pero por algún motivo difícil de explicar venía desde allá para acá como alguna vez habían vuelto aquellos lingotes de oro y plata o como si mañana empezáramos a importar dulce de leche español. Así llegaba lo nuestro y como siempre estaban los idiotas que intentaban comparar esas gambetas nuevas con las viejas, como si compitieran entre ellas, como si disfrutar de las nuevas gambetas significaba no haber terminado el duelo de las gambetas que ya no estaban.

Cual viuda que se vuelve a casar nos enamoramos del Messias. Algunos no lo entendían, nos decían que nos estábamos olvidando del pasado, de lo que vivimos con nuestro primer amor. Pero no era necesario competir ni comparar. El amor no se iba a terminar nunca, pero merecíamos ser felices de nuevo y merecíamos una nueva final como la que llegó 24 años después. ¿Cómo no disfrutarlo? ¿Qué lo impedía? Messi no empañaba las finales del 86 y del 90, solo nos regalaba una nueva final y aunque faltó el broche de oro, no dejamos de disfrutar estar otra vez en lo más alto.

Pero otra vez me fui por las ramas, yo quería hablar de esas gambetas literarias y argentas que casualmente también me llegaron desde Barcelona. Gambetas que nacieron acá, en medio de esta pampa húmeda pero que por cuestiones de la vida también las aprendimos a apreciar desde allá. Sabemos que no son europeas, que son nuestras, que los españoles por más gilipollas que sean no son tan boludos, saben comprar de la buena y nos roban siempre a los mejores, incluso antes que nosotros seamos capaces de descubrirlos.

El Negro ya no estaba y aunque siempre tendríamos sus libros viejos, sus cuentos clásicos necesitábamos un nuevo 10, un nuevo armador de historias, un nuevo enganche. Quizá los blogs, la web, el twitter empezaban a ser las nuevas canchas, los nuevos terrenos para esas gambetas. El siglo XXI había empezado con todo y yo necesitaba jugar una nueva final..

Y en eso llegó a mis manos “El Pibe que arruinaba las fotos”. Si, llegué re tarde. Ni me había enterado del éxito de Orsai, ni sabía que la obra de teatro más taquillera de la calle Corrientes no era de Gasalla sino de un gordo vago que había abandonado Mercedes para encontrar su éxito en Barcelona. Llegué tarde, pero llegué. Gordo, tus cuentos me devolvieron el entusiasmo, me mantuvieron el vicio vivo.

Encima después de varios libros y posteos tuyos, mi amigo Lucho me anotó para irte a ver al Planetario de La Plata. No sabía muy bien con qué me iba a encontrar. No sabía si iba a ver una obra de teatro, un recital o qué carajo iba a hacer yo en un planetario cuando no tengo la más puta idea de estrellas ni planetas ni nada de esas cosas. De repente me encontré con un escritorio, un velador, una computadora y un gordo que se sentó enfrente de un montón de gente desconocida que en total silencio escuchó relatar una hora y media de historias. Nadie pestañeó, nadie se levantó para ir al baño. Solo se escuchaban algunas risas y obvio que tampoco faltó el pelotudo que te cagó algún final porque viste que siempre están esos forros que creen que le tienen que mostrar al mundo lo capos que son que ya conocen la historia. También están los plateistas que van a la cancha a putear a los propios o los que van al cine para contarla en voz alta mientras la están viendo, pero tengo confianza que en el futuro de Wuong van a saber cómo sacarse de encima toda esa lacra.

En fin, me di cuenta que el mundo está lleno de talentos y que cada talento tiene su público. Están los que son los mejores para trasladar una pelota de cuero eludiendo rivales, están los que pueden sacar sonidos increíbles de una caja de madera con 6 cuerdas y están también los que pueden entretener leyendo en voz alta las historias que han escrito. Me di cuenta que así como están los que disfrutan de una buena obra de teatro o de un buen museo de pinturas de Van Gogh, ahí estábamos los que además de sentir el placer de leer, disfrutábamos de escuchar aquellas historias en vivo y en directo.

Pero principalmente me di cuenta que escribir y relatar era un talento que estaba a mi alcance y que yo podía desarrollar. Nunca fui bueno para los deportes, actuar ni se me cruzó por la cabeza porque es imposible que yo pueda simular ser otro por un rato y te juro gordo que intenté con la música pero el teclado y la guitarra me abandonaron a mí a tiempo.

Hasta esa noche sentía que la vida era muy injusta. No sabía si era D10S, Alá, Buda o quien carajo era el hijo de puta que había repartido talentos y que no me había dado ninguno. No tengo facha, no tengo plata, no puedo jugar a la pelota, no puedo cantar, no puedo actuar. No sé ni cómo hice para llegar hasta acá siendo sexualmente activo. Siempre me preguntaba por qué algunos tanto y algunos tan pero tan poco.

Pero esa noche todo cambió. Se me abrió una esperanza y no estoy dispuesto a desaprovecharla. Sé que no voy a llegar a ser el Maradona o el Messi, yo me conformo con llegar a primera en un club de la B Nacional. Yo sé que no voy a ser Fontanarrosa ni Casciari pero necesitaba escribirte gordo. Necesitaba contarte que por esa noche estoy dispuesto a pelearla.

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