Cuando les prohibimos cambiar el mundo

Comentario inicial del 22 de julio en La Mañana del Verano

Cuando la joven Malala iba de camino a la escuela en el 2012 un grupo de talibanes la disparó a bocajarro. La sinrazón por la que lo hicieron fue precisamente esa: que iba a la escuela. Bueno… y que era mujer. A los fundamentalistas del odio les molesta enormemente que las jóvenes se formen y se informen, porque cuanto más saben de la vida y sus derechos, menos dispuestas están a soportar la tiranía de unos dogmas que ahogan a cualquiera.

Al cumplir los 16 años, Malala compareció ante las Naciones Unidas. Allí, rodeada de políticos y gobernantes, dijo que “Un niño, un profesor, un lápiz y un libro pueden cambiar el mundo”. Todos los que estaban presentes la aplaudieron pero al poco tiempo olvidaron la convicción que arengó las palabras de la joven para volver a las tareas cotidianas del llamado primer mundo. Y las tropelías continuaron produciéndose a través de atentados, disparos, secuestros, violaciones y palizas. Por ser niñas. Por ir a la escuela. Pero ya saben, “bastante tenemos con lo nuestro”.

En el Asia Meridional y Occidental, el 80% de las niñas tienen escasas probabilidades de empezar a ir a la escuela, frente al 16% de los niños. ¿Dónde queda esa convicción y esas políticas mundiales destinadas a que ninguna confesión, ningún grupo radical, ninguna persona, pueda impedir que una niña, por el simple hecho de serlo, vaya a la escuela?

Es verdad que los datos afectan a ambos sexos. Una tropelía siempre, sin lugar a dudas. Pero tampoco hay dudas en que ellas, las niñas, soportan más el despropósito. Y no, no es cuestión de que menos niños vayan a la escuela en favor de las niñas. Es cuestión de que todos se encuentren en las condiciones óptimas que les permitan sentarse en una silla, aprender a leer y a escribir, a expresarse. Que puedan pintar, crear y saltar. Que desarrollen todas sus capacidades para que, en cuanto estén preparados, nos zarandeen las conciencias y, al igual que la joven Malala, que la semana pasada cumplió la mayoría de edad, nos digan aquello de que ‘Un niño, un profesor, un lápiz y un libro bastan para cambiar las cosas’.

Y entonces nosotros nos daremos cuenta de que durante mucho tiempo les hemos negado su oportunidad de cambiar el mundo. Ojalá que no sea demasiado tarde.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.