Un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma escrito en un palimpsesto

Llegué a Rusia en diciembre de 2014 invitado por la corporación Rostec, un conglomerado empresarial del estado ruso que controla una serie de empresas vinculadas al desarrollo tecnológico y militar. Cerca de un millón de personas trabajan en sus fábricas. Las firmas suenan conocidas: Kalashnikov, Lada, Kamaz, Helicópteros de Rusia, entre otras. Rostec es la forma que ideó el gobierno de Putin para paliar la crisis en la que se encontraban las empresas vinculadas al desarrollo de tecnología de punta después de las privatizaciones.

Que Rusia puede hacer eso, que puede asociarse al capital extranjero, que empresas controladas por el Estado pueden funcionar de manera más eficiente que lo que hicieron las privatizaciones es lo que pretende demostrar el recorrido por las fábricas, las oficinas y las plantas de Rostec. Y que Rusia no es un acertijo envuelto en un misterio dentro de en un enigma, como decía Churchill, el telón de fondo de toda la estancia en el país.

De todas las particularidades que tiene — la extensión, el frío — hay una más subterránea pero también más impresionante: el país transitó en un solo siglo tres modos de producción diferentes, en el sentido marxista del término. Arrancó el siglo XX como un feudalismo, lo navegó tocando covers del comunismo y lo cerró entrando desbocado al capitalismo. Es decir que en cualquier momento uno podría cruzarse caminando por la calle a algún individuo — de avanzada edad — que vivió en su propio país bajo tres formas de organización de la actividad económica.

El resto, salvo los más pequeños, vivió al menos una transición de un modelo a otro. Imaginemos el trauma de una transición de un gobierno al siguiente y multipliquémoslo por las millones de variables que se afectan cuando una sociedad pasa del comunismo al capitalismo. El cambio de modelo de acumulación implica una serie de transformaciones sobre la organización social que afectan lo suficiente la vida cotidiana como para que esa marca, sin que se note todo el tiempo, esté presente. Especialmente porque como toda transición dejó una lista de ganadores muy ganadores y perdedores muy perdedores.

Parte del ascenso de Putin se explica por la manera en la que modificó ese saldo, especialmente en la confrontación con los llamados oligarcas, a todas luces los grandes ganadores de la década de 1990 en Rusia. El término oligarca necesita pasar por una escala de abstracción para no ser confundido en su acepción argentina, aunque comparten algunas características. Pero la principal distinción consiste en que, si en nuestro país quién es la oligarquía forma parte de un debate, en Rusia la palabra define a un grupo de personas concretas: Boris Berezovsky, Mijail Jodorkovski, Roman Abramovich (tal vez el más conocido por Occidente) y Mijail Fridman son algunos de los nombres de los personajes que, tras la caída de la Unión Soviética, conformaron una plutocracia hija de las privatizaciones.

Se hicieron con el control del mercado petrolero a partir de prácticas más bien reñidas con las reglas elementales del capitalismo y a través de ese control lograron ocupar lugares claves del estado para seguir retroalimentando el círculo. Con la política de “préstamos por acciones”, diseñada e implementada por Vladimir Potanin, miembro de esa élite de los años noventa, se hicieron con los principales activos de los que se desprendía un estado en quiebra.

Financiaron la reelección de Yeltsin en 1996 pero también construyeron poder electoral propio con cargos electivos en el parlamento. Fueron incluso los promotores de la candidatura de Putin, de quien esperaban la continuación del esquema de poder de Yeltsin, cooptado por esa clase al punto que las crónicas relatan cómo subían al avión presidencial casi sin invitación. Pero fue en un helicóptero, dice la leyenda, que uno de los oligarcas llegó hasta la dacha de Putin para convencerlo de que sea el candidato del partido para suceder a Yeltsin. No sabía el error que cometía.

Putin tenía un objetivo: recuperar el poder del gobierno central que se encontraba en varios polos y ninguno de ellos era el Kremlin de Moscú. Uno de esos polos eran los poderes regionales, a los que Yeltsin había entregado legislación, autonomías y control sobre recursos naturales a cambio de la propia supervivencia. A la par que intentaba la recuperación de esas potestades, y en el marco del incremento de la popularidad tras la guerra de Chechenia, Putin se lanzó a la disputa de poder con los oligarcas. La confrontación terminó con Mijaíl Jodorkovski, el hombre más rico de Rusia por entonces, arrestado por defraudación y lavado de dinero debido a los manejos fiscales que realizó como dueño de Yukos, la petrolera que adquirió durante los años 90. Luego del juicio que lo declaró culpable permaneció en prisión hasta 2013 cuando fue indultado por el propio Putin.

Jodorkovski se convirtió en el símbolo de la nueva época. Tras su detención, Putin reunió a la Unión de los Industriales y Empresarios de Rusia para manifestar las nuevas reglas: no se revisarían los derechos de propiedad ni las reformas económicas, pero el poder político volvía a manos del gobierno federal de Rusia. Los encargados de quitar la influencia de los oligarcas del estado fueron los denominados “siloviki”, un término que tiene varias acepciones pero que en este caso refiere a personajes influyentes del mundo de los servicios de seguridad y militares, ex KGB, ejército o servicio secreto (FSB) que llegaron al poder de la mano de Putin.


Además de modificar la composición de las élites económicas y políticas, la caída de la Unión Soviética puso en crisis el sistema de valores que regía la vida de los rusos. En Ekaterimburgo, la ciudad más al Este que visitamos, se encuentra un lugar histórico para la memoria rusa: la Casa Ipátiev. En ella estuvieron detenidos y fueron luego fusilados los últimos representantes de la dinastía Romanov derrocados por la revolución bolchevique.

La casa fue derrumbada en 1977 por el entonces secretario regional del Partido, Boris Yeltsin. La puesta en crisis del sistema de valores soviético produjo la revalorización del vínculo con la religión, especialmente en aquellos lugares como Ekaterimburgo, que combinaron un pasado efectivamente religioso con el poco apego a los valores que vino a proponer la década post soviética. En el 2000, el gobierno de Putin construyó en el lugar la Catedral de la Sangre Derramada, una sede de la iglesia ortodoxa rusa a la que todos los años peregrinan miles de rusos para conmemorar la fecha. No es la unica muestra: una de las mezquitas más grandes de Europa queda en Kazán y fue reinaugurada tras un largo proceso de remodelación en julio de 2005.

A esa iglesia y a otros lugares turísticos llegamos de noche, porque casi siempre está de noche, después de recorrer alguna planta industrial. La fábrica de camiones Kamaz, por ejemplo, que queda en la ciudad de Naberezhnie Chelní y parece más un pueblo que una fábrica. Incluso si lo fuera efectivamente superaría a muchos en población: cuarenta mil empleados. La exhaustiva recorrida intenta mostrar que Kamaz está involucrado en todo el proceso, desde el desarrollo y la producción hasta la venta y post venta.

Ver una fábrica, trabajadores, fordismo, jefes y empleados, en cualquier otro contexto pasa como natural. En Rusia no porque finalmente el país no es ni un misterio, ni un acertijo ni un enigma. Rusia es un palimpsesto, un papiro sobre el que escribieron muchas veces y que deja ver escritos anteriores. No porque otros países no construyan su historia sobre la que ya está, sino porque esos escritos, acá, parecen hechos con más intensidad y en menos tiempo. Como si hubieran apretado el marcador más fuerte cada vez que fueron a escribir.

La Plaza Roja tiene esas marcas: está rodeada por el Museo Estatal de Historia Rusa, la icónica Catedral de San Basilio, el Mausoleo de Lenin y el Kremlin. Un antiguo mercado popular dio paso a un shopping que mantiene la vieja estructura aunque — dice el humor popular — ahora hay un poco más de variedad de productos. Junto al mercado hay un bar o un restaurant en el que nos recibe Vasili Brobko, 27 años y responsable de comunicación de la corporación Rostec. Un rato después, ya dentro del Kremlin, entrevistaríamos al ministro de Industria y Comercio de la Federación Rusa, de 39 años. Algunas de las fábricas que visitamos pertenecían también a una nueva generación de dirigentes.

En Moscú esa mañana hace menos frío que en el resto de las ciudades o al menos un frío más parecido al occidental. “Pero Moscú no es Rusia”, escuchamos un par de veces en los recorridos por esas otras ciudades confirmando que la grieta entre las capitales y el resto del territorio es bastante transversal al mundo. La Plaza Roja está ese día ocupada en parte por una pista de hielo desmontable y adornos navideños que miran de frente al mausoleo de Lenin, lo suficiente como para que cualquiera haga la reflexión obvia, la paradoja evidente o, con suerte, el chiste fácil.

Vasili porta uniforme empresarial de smartphone y traje que combina con un discurso de modernidad, tecnología y apertura al mundo. Su juventud y la de otros también puede prestarse a paralelismos fáciles aunque la pregunta al respecto, dice Vasili, tiene una explicación. “Es muy importante que entiendan esto: Rusia sufrió en el siglo XX tres catástrofes sociales”, arranca una argumentación de la que va un spoiler: una de esas catástrofes es el estalinismo, la otra los años noventa y la tercera nunca será explicada.

“Los años noventa en nuestra nación significaron una brecha entre dos generaciones — continúa Vasili — porque la generación que ahora tiene entre 40 y 50 se tuvo que ir de Rusia, o dejó de estudiar o perdió su empleo. Fue la violencia, el incremento de la criminalidad, las drogas: fue una generación diezmada”, dice increíblemente, la Plaza Roja y por suerte un audio de testigo.

Entonces dice Vasili que su generación tiene la responsabilidad de acelerar algunos procesos de renovación: “estamos en un proceso continuo de atracción de gente joven a posiciones dirigenciales, en todos los niveles, desde directores de colegios hasta fábricas, ustedes lo pudieron ver: chicos jóvenes, profesionales. Durante los próximos años la ambición de los jóvenes va a activar las potencialidades de Rusia”. Sostiene Vasili, orgulloso.

El estalinismo no es un tabú, se lo nombra, se habla de él y hasta circulan chistes muy buenos. Es, de hecho, esa otra catástrofe que se mencionó. Y se hace especial énfasis en que fue uno de los momentos de la Unión Soviética y no su totalidad. Incluso de la URSS se habla menos, se la explicita menos, aunque esté presente en la cantidad infinita de simbología que se vende. Y está menos presente en los discursos, en las charlas, en la conversación cotidiana por aquello que dijo Borges sobre el escritor y el “color local”, que funciona como argumento aún cuando es falso lo de los camellos:

Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma, y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes; eran para él parte de la realidad, no tenía por qué distinguirlos; en cambio, un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos, caravanas de camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos.

Un turista va a Rusia buscando a la Unión Soviética y se encuentra con que no todo es una referencia a eso. Se encuentra con que no se habla tanto de ese momento y la clave está ahí: en cuánto. Para un turista, para quien no vivió en Rusia, la URSS es una excepcionalidad, un acertijo envuelto en un misterio dentro de en un enigma. Pero para quienes están ahí la URSS fue durante muchos años una constante.

La última entrevista antes de tener unos ratos libres para pasear por Moscú es al ministro de Industria y Comercio, Denis Manturov. El tema obligado es la crisis, el precio del barril y la devaluación de la moneda. El ministro responde que es la oportunidad para Rusia de comenzar la sustitución en serio, le agradece irónicamente a sus colegas europeos por las sanciones porque — dice — van a obligar a Rusia a hacer la verdadera sustitución que es desarrollar bienes de capital en el país, dejar de ser algo más que un gigante exportador de gas y petróleo.

Y aunque lo políticamente correcto es decir que la verdadera voz de un país está en un anciano que alimenta palomas en una plaza, esta vez pasa otra cosa. Pasa que la palabra que define a Rusia está en la voz de un ministro, envuelto en un ministerio dentro de una pregunta sobre el precio del barril de petróleo.

“Adaptación — responde Manturov — . Mire: cuando yo estudiaba el barril de petróleo estaba en 40 dólares. Lo vi llegar a 10 y lo vi llegar hace no tanto tiempo a 100 dólares, que quizás no era un precio verdadero. Y ahora el precio cayó y será otro. ¿Y qué hemos hecho en todos los casos? Adaptarnos”.

Y efectivamente lo hicieron. Se adaptaron a modelos de producción distintos en poco tiempo. A condiciones naturales extremas. A épocas de paz y tiempos, muchos tiempos, de guerra. A ciudades sitiadas, a perder territorios, a anexarlos. Y llevan todas las marcas de la adaptación como un triunfo darwiniano.

Es de noche, acaso siempre lo fue, y el regreso al hotel es nostálgico. Es, junto al recorrido que hagamos hasta el aeropuerto, lo último que vamos a ver de Rusia. Estamos casi a fin de año y una de las encargadas del viaje cuenta que durante la semana de año nuevo la televisión rusa pasa maratones de películas, como nuestra semana de Ben Hur y Mi pobre angelito. Lo relata como el momento donde las familias — a veces dispersas por el país durante todo el año — se reencuentran frente al televisor, a esperar la hora de la cena de fin de año. Como en cualquier otro país que no es un acertijo no está envuelto en un misterio ni está dentro de un enigma.