Los pelaos de antes.

Los pelaos de ahora no tienen idea de como crecimos. Nosotros en la dictadura de porra, nos mojábamos dentro de los diablos rojos con sudor o con agua de lluvia. Nunca tuvimos una bendita parada con techo, teníamos que ir de pie todo el tiempo, porque antes los “manes” les cedíamos el asiento a las “giales”. Nunca supimos que era el aire acondicionado, ni en casa, ni en buses, ni en la escuela. No teníamos celulares, ni computadoras, ni consolas de juegos. Cuando teníamos que hacer una tarea, no teníamos Google y debíamos ver donde conseguíamos la información, para después pedir una maquina de escribir a los afortunados que la tuviesen. Caminar a la tienda para comprar 10 centavos de hojas blancas y rogar no cometer ningún error, para que nos alcanzaran. No teníamos busitos colegiales, ni empleadas que nos sostenían el paraguas cuando salíamos o llegábamos con lluvia. En nuestras neveras no había esa colección de medicinas para cualquier tosecita, ni quemadura, o picada de mosquito. Para nosotros los únicos jarabes eran los de aceite de ricino, y de hígado de bacalao. No crecimos con McDonald’s, ni Sushi’s, ni Friday’s. Los cumpleaños consistían en una piñata, un hot dog, y soda de colores. Cuando nos caíamos no llorábamos por el dolor, sino por la puteada que nos daban por dañar la ropa dominguera. Pero ensuciarla, eso, no era un delito tan grave. Nunca tuvimos que pedir zapatillas de marcas. No las habían. Ni sweaters con etiquetas. Nuestras madres nos llevaban a la Central y si algo estaba en baratillo y nos quedaba, listo! Nuestros padres nos mandaban a hacer diligencias y formar filas, lavar el carro, bañar los perros, lijar el viejo remolque, y ayudarles con las herramientas. Si se le perdían las llaves tenias que buscarlas por toda la casa. Si algún mayor se quedaba sin gasolina, nosotros éramos los que teníamos que mulear a la gasolinera mas cercana y rogar para que nos prestaran un mísero galón. Dios nos librara de hablar o interrumpir una conversación de adultos. Con solo una mirada nuestro padres nos decían: Esperen que salgamos de aquí pa’ que vean, chiquillos del carrizo! Por cualquier cosa nos daban un soplamocos y si después resultaba que éramos inocentes nos decían que era por las que habíamos hecho antes. Si peleábamos en la calle o en la escuela era cosa de nosotros… Nunca involucrábamos a nuestros padres o maestros. Y si uno de estos nos regañaba se nos caía la cara de vergüenza, y hay que se enteraran en la casa. No digo que éramos santos. Muy por el contrario, éramos traviesos. Nos fugábamos al rio, les tirábamos piedras a todo lo que se moviera, rompíamos vidrios, les robábamos las ostias al cura, etc. Pero teníamos límites. Sabíamos respetar. Sabíamos cuando la regábamos y nunca le hacíamos daño a nadie. Y así, crecimos . La vida nos hizo fuertes, tal vez demasiado porque ahora no queremos que nuestros hijos la tengan tan dura. Yo no me quejo. Aunque me dieron palo parejo, nunca dire que no lo merecí.