La vida privada de Carlos Marx

Reseña Karl Marx. Ilusión y Grandeza, Gareth Stedman-Jones

El 27 de abril de 1961, en un discurso ante la Asociación de Prensa en Nueva York, el presidente Kennedy ironizaba sobre los efectos colaterales que podían derivar de apretar financieramente demasiado a los corresponsables. En 1851, explicaba el malogrado presidente, el The New York Daily Tribune empleaba como corresponsal en Londres a un oscuro periodista de nombre Karl Marx. Marx, con dos de sus hijos enfermos y viviendo en condiciones pésimas, constantemente escribía cartas a su editor, Horace Greeley, y su director, Charles Dana, quejándose de su bajo salario de 5 dólares por artículo. Una vez fueron rechazadas todas sus peticiones de aumento de sueldo, Marx eventualmente se replanteó su carrera de periodista evaluando otras formas de logar la fama y dinero que anhelaba, eventualmente terminando su relación con el Tribune, y dedicando todo su talento a la ideología que luego daría origen al Leninismo, Stalinismo, la revolución y la Guerra Fría. Con su habitual sentido del humor, Kennedy concluía divertido que tan solo que un capitalista como Greeley hubiese tratado a Marx con algo más de afecto igual la historia hubiera sido muy diferente.

Lo cierto es que sin Marx, que no será el primer marxista, ni el último, ni tampoco, paradójicamente, el más fiel a las ideas que asociamos a su nombre, la historia hubiera sido diferente. Una idea, por cierto, que contradice los postulados del propio Marx quién siempre sostuvo que las ideas no eran importantes.

El propósito de la voluminosa biografía del historiador inglés Gareth Stedman-Jones, Karl Marx. Ilusión y grandeza (Taurus, 2018), es explicar la vida de Marx y su contexto histórico. El intenso debate entorno a las ideas de Marx, muchas veces inconexas y casi siempre contradictorias, ha eclipsado los aspectos más mundanos de su existencia, distorsionada tanto por hagiografías al uso como por los libros escritos por sus detractores. La gran virtud del libro de Stedman-Jones es la de rebajar el misticismo alrededor de Marx, centrándose sobretodo en su vida íntima y el convulso contexto histórico que le toco vivir. Nacido en 1818 –este año se conmemora su 200 aniversario–, la vida de Marx cubre prácticamente todo el siglo XVIII, bisagra entre el Antiguo Régimen y la modernidad, una época marcada por los grandes cambios socio-económicos, y aún marcado por las reverberaciones que dejará el terremoto social y político que supuso la Revolución Francesa, con un Europa dominada de manera creciente por el absolutismo prusiano, y donde acucian candentes cuestiones sociales como la cuestión judía o la formación de las nuevas clases sociales urbanas. Marx participará activamente de este convulso entorno viviendo en Bonn, París, Bruselas, Colonia y Londres, siguiendo muy de cerca los grandes eventos que marcarán su e´poca como las revueltas de 1848, la Comuna de París de 1871, o el movimiento de la Internacional Socialista.

Como señalo Aron, el marxismo puede analizarse como una religión secular, una religión de la que Marx, convertido en mito tras la Revolución de Octubre, es su gran profeta. Suyo es el mérito, según su amigo del alma y socio intelectual Engels, de haber proporcionado al pensamiento socialista gravedad científica. Hasta cierto punto, así fue: gracias a la sistematización marxista se pudo luego llevar a cabo la demostración de que se trataba de teorías profundamente equivocadas desde un punto de vista estrictamente científico. Ahí está la crítica fundamental de Bhöm-Bawerk al tercer libro de El Capital, la primera en desenmascarar las incongruencias de la teoría marxista entorno a la plusvalía y el beneficio.

Marx no fue un filósofo especialmente novedoso, el grueso de sus ideas transitaron por caminos ya trabajados por otros pensadores, muy especialmente Hegel. Marx centró su esfuerzo en recopilar ideas y relacionarlas en un todo, con una habilidad más que notable a la hora de popularizarlas en los círculos de pensamiento y las grandes masas. Un mérito compartido con su protector y financiador Engels. Marx se centro en escribir teoría política para sus contemporáneos, una teoría centrada en explicar lo que se veía entonces y convenientemente ignorando por sistema lo que no se ve, como venía advirtiendo el economista francés, y coetáneo de Marx, Frédéric Bastiat.

Aproximar la obra de Marx obliga a rebajar el tono de ciertos postulados, añadidos con posterioridad, lo que obliga a restaurar, en propias palabras del autor, las ideas originales de Marx que no siempre coinciden con la imagen épica creada tras su muerte para movilizar con fines políticos las masas proletarias del mundo. Algunos de sus últimos postulados fueron convenientemente apartados de El Capital cuando por entonces Lenin, y luego Stalin, habían declarado la guerra al campo ruso. Stedman-Jones también recuerda como gran parte de lo que hoy asociamos a la teoría marxista será formulado por otros pensadores como Plejánov o Riazánov, entre otros, que darán la forma final materialismo, doctrina donde la voluntad humana y las ideas son un aspecto secundario a las fuerzas externas sobre las que se llama a tomar el control, combustible incendiario y defectuoso que dará origen a todo tipo de males políticos durante las décadas siguientes. Para diferenciar el personaje de sus ideas, y quizás también para reforzar la dimensión íntima que quiere dar el autor al libro, Stedman-Jones se refiere al biografiado simplemente como Karl.

El texto, por ejemplo, arroja luz sobre algunas de las tesis menos conocidas de Marx, como su gran interés por la vida rural que mostró en la recta final de su vida, quizás fruto de una madurez tardía. Unas reflexiones que quedaron para siempre eclipsadas por el Manifiesto. El autor deja intuir que en las postrimerías de su vida, Karl ya divergía de la figura de intelectual pétreo que de él dibujaba el grueso de la izquierda europea, guardián de las esencias marxistas prometían liberar la clase proletaria del yugo burgués. En cualquier caso, fuera de plano, quedan las críticas al marxismo, en el fondo y forma, que se sucederán durante todo el siglo XX.

El retrato de Stedman-Jones muestra a un hombre generalmente frustrado al ver que sus teorías no se cumplían. Marx vivió obsesionado con la revolución proletaria que llevaría al colapso a lo que luego los marxistas acuñaron como economía capitalista y que nunca se dio como él teorizaba. Estas frustraciones fueron parejas a una vida privada complicada y llena de vicisitudes. Marx verá morir a dos de sus hijos a muy temprana edad por las malas condiciones de salud a los que sometió a su familia en su primera etapa en Londres. Más adelante, verá morir a su mujer Jenny y a otra de sus hijas, ambas de cáncer, cuando él, fumador empedernido, ya sufría de una grave bronquitis entre otros problemas de salud. Muchas biografías habían mostrado a un Marx de carácter prusiano, inflexible y duro en el hogar. Stedman-Jones no carga tanto las tintas y describe una vida privada de Marx imperfecta pero humana. El libro nos muestra una persona equivocada en sus planteamientos, que dio forma a unas ideas contrarias contra la moral y la antropología del hombre, pero no un psicópata como si lo fueron Lenin o Stalin.

Pasado el periodo de penurias, al que hacia referencia Kennedy, la familia Marx vivió sin problemas y con holgura, en comparación a la media de entonces, gracias a las dádivas de Engels, que también escribirá muchos de sus artículos y opúsculos, y la herencia de su rica mujer. Tanto ella, como Engels, venían de adineradas familias burguesas. Engels, por ejemplo, tenía una asignación de cien libras al año más un bonus adicional de 200 para “gastos y diversión.” Un socialismo de champagne que haría escuela desde el primer día. Marx no piso una fabrica en su vida.

Darwin tuvo éxito explicando en resolver el problema en el origen de las especies animales y vegetales; Marx fue quién dio con la explicación más efectiva y marquetiniana de dar respuesta al problema de cómo surgen diversos tipos de organización social dentro de la especie dominante: nosotros.

Like what you read? Give Luis Torras a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.