Las virtudes cotidianas

El pensador legalista Chino Mo-Ti se preguntaba hace más dos milenios: “Donde los estándares difieren habrá conflicto: ¿Cómo unificar los valores del mundo?” Una pregunta quizás irresoluble que se formulaba más recientemente Henry Kissinger a propósito del auge de China: “Podrán sociedades de orígenes culturales tan distintos hacer compatibles sus definiciones de valores verdaderamente mundiales?” Esta es también es una de cuestiones que se plantea el político e intelectual canadiense Michael Ignatieff en su último ensayo Las virtudes cotidianas. Orden moral en un mundo dividido (Taurus, 2018).

Se trata de un provocador e interesante ensayo que pone la mirada en los conflictos que surgen entre lo que comúnmente llamamos valores universales y lo que el autor define como virtudes cotidianas, los distintos sistemas morales que determinan las dinámicas sociales a nivel local. Demasiadas veces damos por sentado que existe un orden ético global, igual que sucede con la Coca Cola o las zapatillas Nike. Sin embargo, la manera en la que juzgamos un caso de corrupción, por ejemplo, o un conflicto racial cambia radicalmente según la latitud y el orden moral de las gentes del lugar.

Las virtudes cotidianas a las que se refiere Ignatieff, engloba la moral de la gente corriente. Se trata de cuestiones mundanas como el hecho de ser amable con el vecino, mostrar compasión con el desfavorecido, ser tolerante con el diferente, saber perdonar, o ser amigable. Una cuestión mundana pero que se sitúa en un plano de análisis al que se presta escasa atención pese a ser clave a la hora de determinar la vida en sociedad. Ignatieff utiliza con toda la intención la palabra “sistema” para recoger la idea de que es este compendio de normas morales y su funcionamiento específico local, lo que permite a una sociedad operar como un conjunto. Este orden moral, de carácter tácito, implícito, es el mar de fondo que determina el éxito o fracaso de las sociedades humanas.

Parte importante de los conflictos internacionales que observamos en el mundo de hoy, señala el autor, surgen de la dicotomía entre un mundo crecientemente integrado en lo material y económico, pero fragmentado en lo político y moral. A menudo presuponemos que declaraciones universales como los Derechos Humanos son resultado de una elevación de estas virtudes cotidianas, algo que esta libre de conflicto. Sin embargo, el trabajo de campo llevado a cabo por Ignatieff revela una realidad distinta, en donde a menudo estas supuestas verdades universales entran en conflicto cuando aterrizan en la realidad de cada comunidad. Surge de nuevo este conflicto que ya nos anticipaba Mo-Ti hace siglos; un fin de la historia que nunca llega.

Las investigaciones de Ignatieff indagan en cuestiones clave: ¿cuáles son los requisitos que permiten la existencia de una sociedad libre y abierta? ¿Qué hace posible la existencia de una democracia liberal? El autor señala como muchas veces la existencia de una democracia formal, sustanciada en un Estado de Derecho, es requisito necesario pero no suficiente. Es importante contar con una base moral, con unas virtudes cotidianas muy específicas que permitan generar este orden democrático y mantenerlo en el tiempo. Un análisis con gran carga de profundidad y con una línea argumental que transcurre en paralelo en muchos aspectos con las tesis de la economista de Chicago Deirdre McCloskey expresadas en su clásico Las virtudes burguesas, donde se defiende que la causa última del progreso económico y social lo encontramos en las ideas y la moral.

Otra gran cuestión especialmente vigente que también aborda el libro es como un discurso político nocivo, populista, puede impactar de manera negativa en estos valores morales cuando este incluye en su retórica sentimientos y emociones que buscan sembrar el rencor y el odio. Por último, esta la gran cuestión de cómo conjugar de manera armoniosa lo universal con lo local cuando se dan conflictos entre ambos.

Todas ellas son cuestiones que el autor aborda con gran finura, se notan las lecciones políticas aprendidas en primera persona por parte del autor, el trabajo de campo realizado y reconocer, como su admirado Isaíah Berlin –de la que Ignatieff tiene escrita una biografía fundamental (también en Taurus)–, la existencia de ese fuste torcido de la humanidad. Ignatieff nos ofrece una mirada esencialmente política, cargada de inteligencia práctica que recuerda como el grueso de los retos políticos a los que nos enfrentamos pasan ineluctable por soluciones descentralizadas, las únicas que se adaptan a la naturaleza dispersa del conocimiento y son capaces de adaptarse a la rugosidad de la condición humana.