McCloskey: “Las ideas son el motor de cambio de la historia, algunas veces para bien, otras para mal.”

Ni el clima, ni la geografía, ni un mejor marco institucional, ni el acceso privilegiado a meterías primas o la presión demográfica son elementos que expliquen el gran proceso de enriquecimiento experimentado por Occidente primero, el resto del mundo después, a partir de la Revolución Industrial. La clave esta en las ideas, y en unas ideas muy concretas, las del liberalismo clásico que establece que todos somos iguales ante la ley y todos somos sujetos de dignidad. Esta es la provocadora y atractiva tesis de la brillante economista liberal de la Universidad de Chicago Deirdre N. McCloskey (nacida Donald, Ann Arbour, 1942), autora de una veintena de libros sobre mercados, liberalismo, e historia, y donde destaca la tribología Las virtudes burguesas. Se trata de un completo estudio entorno a la pregunta central sobre el origen de la riqueza de las naciones donde McCloskey defiende cómo fueron las ideas, no las instituciones u otros factores, el verdadero motor de progreso.

¿Qué cambia alrededor de 1700 que explica el gran crecimiento económico del mundo desde entonces?

En Inglaterra y Escocia tiene lugar un cambio generalizado en la actitud de la política y la sociedad en general hacia la idea del comercio y la actividad empresarial, algo que hasta entonces siempre se había visto con gran recelo. Se trata de un cambio revolucionario que provoca, especialmente a partir de 1800, una gran eclosión del número de innovaciones en la economía. Clave de bóveda en este gran proceso de cambio es la emergencia y triunfo del liberalismo, la idea de que todas las personas hemos sido creadas iguales y que todos somos sujetos de dignidad.

Históricamente, el grueso de explicaciones con respecto a los orígenes de la Revolución Industrial se habían centrado en factores como la presión demográfica, los imperios o las instituciones, ¿por qué se ha infravalorado tanto el papel de las ideas?

Prácticamente durante el último siglo hemos aceptado, quizás muchas veces sin saberlo, las flaquezas propias del esquema de análisis marxista. El marxismo establece, básicamente, que las ideas son el resultado de la correlación de las fuerzas de producción. Desde esta óptica, todo se reduce a una dialéctica materialista donde las ideas no importan. Una premisa en la que el propio Karl Marx creyó firmemente. Esta infravaloración sistemática es resultado de algunas herencias del marxismo todavía, y pese a todo, muy presentes. Evidentemente se trata de una proposición falsa: las ideas importante, y mucho, son el motor de cambio de la historia, algunas veces para bien, otras para mal.

Parte de esta herencia marxista, es la propia palabra capitalismo.

La palabra capitalismo evoca la idea de que nuestro sistema económico se basa en la mera acumulación de capital. Sin embargo, esta acumulación es una consecuencia, no una causa que son, de nuevo, las ideas. La innovación es el verdadero motor del sistema de libre mercado, no la acumulación. A mí me gusta hablar de innovismo más que de capitalismo. Estas innovaciones fueron concebidas necesariamente por personas libres. De ahí la importancia central del liberalismo en todo el proceso. Es la idea de libertad y dignidad para todos que permite que cada vez un mayor número de personas puedan decidir sobre su vida, su propiedad, su dinero, su pensamiento, o su libertad de expresión lo que da lugar a una eclosión económica sin precedentes.

Una de las ideas claves en sus tesis es cuando afirma que la propiedad privada o un marco jurídico eficiente no son condiciones suficientes para el progreso.

La existencia de un régimen de propiedad privada y un sistema de leyes eficaz, no es suficiente en el sentido de que es imprescindible contar con una ideología favorable a la innovación para que lo anterior se ponga la servicio de crear riqueza. A lo largo de la historia encontramos muchos episodios donde ha existido un marco institucional notable pero no un verdadero progreso económico y humano. Pensemos en el Imperio Romano, que siempre conto con un robusto sistema jurídico pero donde la idea de beneficio y resto de actividades empresariales siempre se vieron con suspicacia. Una percepción que caracterizará gran parte de la época Medieval. Esta actitud hacia la innovación y el comercio limita enormemente la capacidad de prosperar.

Uno de los protagonistas de la trilogía Las virtudes burguesas, el antagonista, es la “clerecía”: ¿en qué consiste la clerecía y por qué se opone por sistema a la idea de comercio y beneficio?

La clerecía es ese grupo numeroso dentro de intelectuales, artistas, periodistas, y resto de la clase educada, contraría a la idea de libertad de comercio, y que recela por sistema de las innovaciones. Sobre el porque de esta oposición, existen varias teorías. Una es que se trata de personas que valoran más la retórica, las palabras, que la ética, los hechos, lo que empuja a tener una idea negativa del beneficio. También existe una dinámica perversa entre padres-hijos, ya desde mediados del siglo XVIII cuando una parte muy significativa de la clerecía eran hijos de burgueses y empresarios, no sus trabajadores, que en vez de seguir construyendo en positivo sobre lo legado por sus padres lo atacan frontalmente. Siendo franca, los motivos los desconozco.

Lenin, por ejemplo, hijo de una familia acomodada, hablaba abiertamente de los “tontos útiles”, en referencia a los intelectuales Occidentales que dieron cobertura moral a la Revolución Bolchevique y que luego defendieron que el comunismo, la negación del beneficio, era algo bueno.

Uno de los grandes temas de la clerecía actualmente es el la igualdad material, ¿otra consecuencia de las herencias marxistas?

El gran problema con igualdad material como objetivo es que es imposible de obtener. Hay personas que son más inteligentes que otras, o más ambiciosas, o que valoran más su tiempo libre y no están dispuestas a pasar tantas horas en una oficina, por mencionar solo algunas de las circunstancias más evidentes. ¿Qué hacemos? ¿Golpeamos en la cabeza de la gente inteligente para que todos seamos igual de estúpidos? No tiene sentido. Además la búsqueda de la igualdad material entra en conflicto con los principios fundamentales de una sociedad libre. En cambio, sí sabemos reducir la pobreza, que además constituye un bien moral, no así esta pretendida igualdad material. Basta con recordar los dramáticos resultados obtenidos al intentar en el pasado dicha empresa.

El otro gran protagonista de la historia es la gente corriente, verdadero motor de cambio “bottom-up” en el ámbito de las ideas y valores. En este sentido, ¿podemos afirmar que también parte importante del declive relativo de Occidente es culpa nuestra?

Este es un punto central. Hasta cierto punto se trata de un fenómeno inevitable: a medida de que nos volvemos más ricos, podemos permitirnos un seguro cada vez más sofisticado. Arriesgamos menos, creamos menos, y disfrutamos más de lo ya generado. La naturaleza humana tiende más a la comodidad, seguridad que no hacía la libertad. Lo observamos cada día en la política: la gente demanda de los políticos mayor seguridad, no mayor libertad.

Dentro de esta visión de la historia, ¿hay alguna contribución en el campo de las ideas especialmente importante por parte de los primeros Escolásticos españoles?

Sin ser una experta en la materia, los escolásticos españoles fueron los primeros en empezar a teorizar la economía como un sistema de suma positiva. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, no alcanza a entender las implicaciones del intercambio libre: su análisis no va más allá del tu me das esto a cambio de que yo te de esto otro. Sin embargo, en el seno de la Escuela de Salamanca se teoriza sobre la ganancia extra en el proceso de intercambio que hace que la suma de uno y uno sea más que dos. Un cambio fundamental.

Una figura que sale revindicada en sus libros es la de Benjamín Franklin, ejemplo de liderazgo moral y persona que sabe asumir riesgos en todos los ámbitos.

Una de las fortalezas de Estados Unidos, algo menos en Europa, fue la de contar en su día con grandes líderes morales. Franklin nunca fue una persona de mentalidad funcionaria sino un emprendedor en todos los sentidos, también en el intelectual. Una persona generosa y abierta que nunca patento ninguna de sus muchas invenciones. Hoy contamos con otros perfiles de liderazgo como Steve Jobs, figura venerada en Estados Unidos.

Esta sana admiración en Estados Unidos a los grandes empresarios contrasta, por desgracia, con la actitud que a veces tenemos en España en donde todavía recelamos mucho del beneficio ajeno. ¿Es este nuestro mayor hándicap a la hora de converger con otros países anglosajones y del norte de Europa?

Es un problema enorme ver en los beneficios y la creación de riqueza como algo negativo. Es una mentalidad pésima, y pesimista. Una visión que se corresponde con una visión de la economía como un juego de suma cero y con esta premisa toda teoría y política económica que desarrollemos estará profundamente equivocada por qué simplemente no es verdad. El beneficio es únicamente una señal que lanza una poderosa información al mercado sobre lo que las personas valoran más o menos en cada momento. Como los precios, se trata de un potente mecanismo de coordinación del mercado. En este tipo de mentalidad se observan los beneficios como una especie de impuesto que impone el innovador al resto de personas. Una idea profundamente equivocada y dañina que limita el bienestar y crecimiento todavía de muchos países.