Para combatir esta era

Reseña al gran libro del filósofo holandés Rob Riemen donde ofrece un lúcido diagnóstico de la Europa actual

Decía Paul Valéry en la década de los años veinte de la pasada centuria: “[…] nos hemos vuelto más insensibles, necesitamos más burdos para complacer nuestro deseo de estímulo. Nos hemos vuelto adictos a los eventos. Si un día no ocurre nada nos sentimos vacíos. […] Vivimos pasivamente. La vida se vuelve cada vez más uniforme. La apariencia, la personalidad, todo debe verse como todo lo demás tiende a descender hacia el nivel más bajo. […] Nunca antes ha habido tanto miedo.” Es la misma línea argumental con la que Ortega y Gasset cerraba su ya clásico La Rebelión de las masas: “Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral.”

El periodo de entreguerras se caracterizó por un incremento generalizado del bienestar, el crecimiento, los avances científicos, y un gobierno político que entraba en su era democrática. Sin embargo, todas estas oportunidades técnicas y humanas fueron rápidamente desechadas por lo que Ortega denominó “hombre-masa”, personas desprovistas de pensamiento propio. Un hombre que no quiere estar restringido a nada, tampoco a normas morales, para quién todo esta permitido y donde el esfuerzo en todos los ámbitos, también el espiritual, es innecesario. El hombre masa es el niño malcriado que detesta al diferente.

Tras el éxito de Nobleza de espíritu, el filósofo holandés Rob Riemen nos vuelve a invitar a poner la mirada donde casi nadie mira con su nuevo ensayo, Para combatir esta era (ambos libro en la editorial Taurus). La tesis de Riemen es relativamente sencilla, aunque no por eso menos trabajosa de implementar: para combatir esta política del resentimiento que se cierne actualmente sobre Occidente, ya venga esta por la derecha o por la izquierda, urge recuperar altura moral y nobleza de espíritu. Apoyado en pensadores con una clara articulación moral como Spinoza o Thomas Mann (también otras más enigmáticas como las referencias a Nietzsche), Riemen construye un potente alegato en defensa del humanismo hoy debilitado por toda clase de ismos.

Reimen pone encima de la mesa el conflicto que supone que hoy, como ayer, un gran progreso económico y político no implica necesariamente un progreso moral. En muchos casos puede significar justo lo contrario. Nietzsche, por ejemplo, observa: “El bienestar desarrolla la sensibilidad, se sufre por las cosas más pequeñas; nuestro cuerpo esta más protegido pero nuestra alma más enferma. Y así puede decirse que, junto con la ganancia de la vida cómoda y la libertad de pensamiento, han aparecido también la envidia rencorosa […].” El Estado benefactor fragiliza; por otro, ejercer la libertad no es empresa fácil. La libertad exige responsabilidad individual, asumir riesgos, y un mayor refinamiento ético y moral. Estos elementos, señala el autor, hacen que nuestra época vuelva a ser terreno fértil para el “hombre-masa” de Ortega, votante tipo del fascismo del norte de Europa o del comunismo convenientemente maquillado de Podemos (una de las reclamas de principales de Reimen es que nos deshagamos del comodín que supone la palabra populismo y empecemos a llamar las cosas por su nombre).

Uno de los aspectos más interesantes del libro, construido a partir de tres ensayos, es la denuncia del igualitarismo moral impuesto bajo el conveniente disfraz de lo democrático. Este igualitarismo viene acompañado de una política de constantes inyecciones de entretenimiento fácil, incluso los programas (supuestamente) de información, no se les valora el rigor, sino simplemente que diviertan, que generen audiencias. Vargas Llosa denunció en su día la civilización del espectáculo, ese paradigma de cultura fácil, suministrada convenientemente al por mayor por grandes medios de masas, libre de esfuerzo. Un igualitarismo mal entendido construido a base de rebajar los estándares de exigencia en todos los ámbitos. Lo anterior, lejos de hacer al hombre más feliz, lo convierten en un ser más desdichado.

No se cuestiona aquí la igualdad de oportunidades ni ante la ley, reflejo, como señala Scheler, de la idea de “igualdad ante Dios”, herencia de las religiones monoteístas europeas. Pero conviene no confundir la hoy igualdad ante la ley con la máxima populista de que todo el mundo tiene derecho a todo. Este derecho a todo acaba actuando como un mísil en la línea de flotación en la ética del trabajo, la responsabilidad individual, el talento, o la exigencia que irremediablemente conlleva la alta cultura y que, a la postre, supone acabar con las bases del propio sistema democrático. Todo tiene que ser entendible, denuncia Riemen, también las artes y la literatura donde se empieza a censurar el uso de palabras complejas.

El pensamiento requiere libertad: lo bello, lo bueno y lo verdadero nunca pueden ser capturados en una única forma y por eso mismo resulta tan peligroso el planteamiento gregario de políticas de corte fascista o neocomunista. La búsqueda de la verdad, el cuidado del alma, el empeño de vivir en la verdad y de construir un mundo más justo no termina nunca y exige de un compromiso individual. Zygmunt Bauman habló de Europa como una aventura inacabada. Riemen señala en su ensayo como Europa es un sueño que no se rinde. Una nota final de optimismo que pasa por reforzar virtudes, atributo, huelga decir, exclusivamente individual.