El día que no me afeité, vino a mi casa quien no pensé.

Allá en mis años mozos cuando comencé a rasurarme, el rastrillo y yo nunca nos llevamos bien. Tener problemas con los profesores por no afeitarme era el lío diario. Y, durante mucho tiempo acostumbré hacerlo cada tres o cuatro días, con las ocasionales temporadas de dos a tres meses de dejarme la barba. Los años en los que el trabajo requería afeitarme diario hicieron que la tarea fuera bastante odiosa, ya que ninguno de los métodos existentes eran satisfactorios. Las afeitadoras eléctricas nunca me funcionaron, tenía que limpiarlas dos o tres veces durante un afeitado o me arriesgaba a que comenzaran a depilar arrancando los vellos en lugar de cortarlos. Por otro lado, los rastrillos ( Desde los Atra hasta los Mach III, pasando por los Sensor y los ocasionales Prestobarbas y Bic ) lograban un mejor resultado pero por poco tiempo ya que el cartucho no dura mucho y el costo sube.

Y justamente ahora, encuentro la disponibilidad en Internet de un desaparecido sistema de afeitado, las navajas de doble filo. Al principio, lo que me llamó la atención fue la posibilidad de ahorrar dinero. Haciendo cuentas, el precio por afeitada es mucho menor. Y además, es un sistema que genera menos desperdicio, lo que desechas es reciclable en casi su totalidad. En los nuevos rastrillos el cabezal plástico debe separarse de las navajas metálicas y esto lleva a que no muchos centros no lo reciclen. Aparte los plásticos tienen una cantidad finita de veces que pueden reciclarse.

En una siguiente publicación, contaré como fue que comencé con esto.