Cada vez hay menos hombres como los de antes. (Artículo)
Afortunadamente cada vez hay menos hombres como los de antes.
Y damos gracias.
Pero aunque estemos avanzando, y desafortunadamente parece ser, según nos dicen los dinosaurios de nuestra época a los jóvenes, vamos perdiendo la cortesía, la elegancia y la caballerosidad que caracterizaba a nuestros ancestros, hay mucho camino por recorrer. Como hombres aun tenemos mucho por entender. En nuestras calles, en nuestros trabajos, en las instituciones, en los medios y el poder, todavía se palpa la violencia directa, e indirecta, del patriarcado. Podemos intentar negarlo o no pero ese complejo de superioridad, esa actitud paternalista que, a través de la cólera o la condescendencia, busca la sumisión de las mujeres y las minorías continua muy presente entre nosotros.
Aunque todavía estamos muy lejos de un ideal equitativo, podemos, y deberíamos, celebrar que muchos hombres, no solo yo, y especialmente los jóvenes, nos entra la risa cuando leemos a Arturo Pérez-Reverte, aclamado por una prosa plana, en artículos como este (Mujeres como las de antes) o este (No era una señora)(Ambos publicados en el País Semanal), con una actitud vulgarmente aristocrática, hablar sobre elegancia, valores y respeto. Da risa, es como si tras la clausura de un Zoo algunos de sus guardas evocaran con nostalgia la belleza de la cautividad.

Sus palabras, escritas con desdén, su obsesión por juzgar a las personas por su apariencia, descalificándolas en público sin ni una pizca de humildad, ni de profundidad, da un poquitín de pena. ¿Acaso con sesenta y cuatro tacos de almanaque a la espalda su argumento más recurrente es lo anticuado que está? Desafortunadamente, para todos, no todos los vinos mejoran con la edad y usted parece que ha pasado de galán a viejo verde y no se ha dado ni cuenta.
Como escribía Celia Cuevas en el blog (Locas del Coño) donde coloca el foco sobre esos dos infames artículos, esnobs de principio a fin, sorprende que un personaje como Pérez-Reverte, cultivado, viajado, miembro de la Real Academia Española, escritor de novelas de éxito y reconocido intelectual y, en definitiva, miembro de la elite cultural de España, esté tan anticuado. Que represente con tanto vigor un tiempo tan viejo, turbio e injusto como el siglo XIX, o el siglo XX tanto da, es un síntoma del anacronismo que impera en la élite cultural española.
Quizás la culpa es de las marcas y las instituciones a las que representa; la Editorial Alfaguara que ha publicado la mayoría de sus libros, fundada por Camilo José Cela, qué lucho en el bando fascista durante la Guerra Civil y, más tarde, fue censor en el Cuerpo de Policial de Investigación y Vigilancia (y ya se pueden imaginar lo que aquello implicaba durante la Dictadura), o la Real Academia de la Lengua Española, de la qué es miembro, qué hasta 2014, cuando José Manuel Blecua proclamó que la mujer había dejado de ser el género débil, aun definía “femenino” como “débil, endeble”. Quizás han sido ellas las que han corrompido aquel intrépido corresponsal de guerra. Aquel paladín de la información.
O quizás no.
Quizás la soberbia de Arturo Pérez-Reverte siempre estuvo allí, quizás fue de guerra en guerra con mirada colonial, quizás siempre fue un nostálgico de tiempos pasados, quizás siempre fue un pedante, empeñado en embellecer sus ideas de gañán con citas de Shakespeare o Henry James, un hombre anclado en el siglo XIX, donde el respeto hacia la mujer dependía del “suave contoneo condicionado por la sabia combinación de tacones, falda que obliga a moverse de un modo determinado, caderas en las que nunca se ponía el sol y garbo propio de hembras de gloriosa casta.” Ya que “En aquel tiempo, las mujeres se movían como en el cine y como señoras porque iban al cine y porque, además, eran señoras.”
Gracias por tu aclaración Arturo, afortunadamente cada vez menos mujeres se juzgan a si mismas por su envoltorio, y gracias por recordarnos que aun hay que luchar contra varones como los de antes; soberbios, misóginos y déspotas . Gracias por recordar-nos a todos los hombres que la sombra del patriarcado todavía nos acompaña.
“El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda” — Umberto Eco.
Y tú, Arturo, destilas arrogancia.