Miedo

A veces, cuando hablamos de miedo, no sé si estamos hablando de mi miedo o del tuyo.

No es un secreto que me gustas. Tampoco que me pones nerviosa. Me parece sumamente simpático notarme, cada vez con más frecuencia, atrapada a la mitad del recordatorio fugaz de lo que me gusta de ti. Como esta mañana, en la fila del café, que el barista me habló justo cuando pensaba en qué rico hueles. Tú no te diste cuenta, pero él y yo nos reímos mucho.

Pero bueno, volviendo a los nervios — y al miedo — hemos concluido en más de una ocasión que eso de enamorarse da miedo. Me has preguntado — y me he preguntado yo — si no creo que me atemoriza ser vulnerable ante los demás. Me has preguntado ¿por qué no puedo ser la mujer dulce y tierna que estás conociendo con toda la gente? — y te he respondido que eso no es miedo, es indiferencia — pero, a veces, cuando estoy nerviosa, se me olvida verme en tus ojos… o, mejor dicho, verte con mis ojos.

A veces se me olvida que yo soy un libro abierto, que yo he dado un salto para decirte, francamente, “me gustas”. Que yo asumí el riesgo de la vulnerabilidad. Y que apuesto al todo o nada. Gane o pierda, no daré cabida al arrepentimiento. (Total que eso del “me gustas” un día se acaba, y si, para entonces, no se ha convertido en “nos enamoramos” no pasa nada, no hay corazones rotos — ni amistades falsas — ).

Sin embargo, desde hace algún tiempo te he notado cauteloso. Te he pedido que no me trates diferente a los demás, con pinzas, que seas tú. En serio, no me rompo.

Todo este tiempo he creído que quieres evitar que te malinterprete, que estás pintando tu raya para evitar reclamos posteriores. Y mientras haces eso escondes al hombre afable y atento que me gusta.

Pero ahora, sin nervios de por medio, me da la impresión que no es a mí a quien proteges. Creo que eres tú el que tiene miedo. No de compartirte como eres. De enamorarte sin remedio. Y eso, my friend, es muy triste… e inútil. Porque yo no sé si me voy a enamorar o no, pero no le tengo miedo. Pero tú no puedes ni aceptar que te gusto — no, tampoco es un secreto — tienes miedo de desequilibrar la vida que te ha costado tanto arreglar. Tienes miedo de dejarte ir. Tienes miedo de no ser suficiente. Tienes miedo de salir lastimado.

Y te entiendo. No. Te comprendo. Comprendo perfectamente que tu instinto de supervivencia te grita a voces que a mí el capricho se me quita ¿y luego? ¿qué haces tú ya embarcado? Pero precisamente, querido, ése es tu error. Porque cuando uno se da cuenta que va por éste camino es cuando debe apostar todas las canicas — como yo — o cortar por lo sano. La oportunidad se te va.

Y sí, a mí — si sigo sin ver claro — se me va a pasar. Y entonces ¿qué vas a hacer?