Traigo “el sentimiento atravesado”. En uno de esos infortunios de la vida el sábado que llegué a casa salio mi perrito corriendo y fue atropellado por el Uber que me llevó. Fue horrible, le pasó por encima con ambas llantas, delantera y trasera. Y se siguió de largo como si hubiera sido una bolsa, o una caja o cualquier otro objeto inanimado en la calle.
Salí corriendo con mi perro en brazos a la veterinaria más cercana. El doctor me explicó que de momento el perrito estaba muy acelerado por lo que era difícil diagnosticarlo en ése instante, aunque era preocupante su dificultad para respirar, le puso suero, un sedante y lo cubrió de cobijas para esperar a que bajara la adrenalina.
A las 10 de la noche me llamó para que fuera por él, la clínica está vacía de noche por lo que no podía quedarse ahí.
Lo llevé a casa. Traté de acomodarlo lo mejor posible. Mi sobrino le prestó su cobija favorita y nos pusimos de acuerdo para darle sus vueltas cada media hora… no durmió nada. Por más que lo arropamos, acomodamos y consentimos, no pegó el ojo.
Domingo, 10:00 am. De regreso a la veterinaria. Después de no dormir, evidentemente, estaba peor. Le bajó la temperatura y seguía respirando con dificultad. El doctor estaba operando así que lo recibió una asistente. Derivado de su evaluación inicial el veterinario nos hizo pasar al “quirófano” para decirnos que iba a tener que abrirlo para ver si había algo que pudiera hacer, aunque había muchas posibilidades de que entrara para enterarse de que no tenía remedio. Se me cayó el corazón al suelo.
Ahí estábamos, mi sobrino de 17 y yo enfrentando la posibilidad de la muerte del perrito, solos. Volvimos a casa a pensarlo. A comer algo. A comentarlo con mi hermano que fue el que lo trajo; con mi mamá que es la dueña oficial y con mi papá que es quién en realidad lo cuida. Ninguno estaba remotamente cerca. Hablamos por teléfono y decidimos que había que hacer todo lo posible, así que regresamos a la veterinaria. Dispuestos a esperar. Esperar a que lo operaran, a esperar que hubiera algo que el veterinario pudiera reparar, a esperar que sobreviviera.
Y de pronto, la esperanza se ilumina. En la preparación para operarlo, el veterinario descubre que muy probablemente se trate de una hernia en el diafragma. Es delicado, hasta peligroso. Nos recomienda un hospital donde pueden hacerle una cirugía para reacomodar los órganos y reparar el diafragma roto. No obstante, el hospital no está en servicio el domingo, hay que esperar al lunes.
Mientras tanto, nos recomienda que procuremos mantenerlo en posición vertical y le demos de comer un poquito cada hora para evitar que empeore, lo arropemos y procuremos que tome poca agua. Pero, sobretodo la posición. Así pasamos todo el domingo, día y noche, procurando al perrito. Esperando a que su dueña y su cuidador llegarán. Por fin anoche durmió un poco, ya estaba muy cansado, pobre.
Lunes, 14:00 hrs. Finalmente lo operaron. Su dificultad para respirar hace muy riesgosa la cirugía, sobretodo la anestesia. Pero su condición es de muerte así que no hay muchas opciones. A las 18:00 hrs. Nos avisaron que salió de quirófano. Habrá que esperar otras 24 horas para conocer la prognosis.
Llevamos gastados mi corazón e incontables lágrimas, dos noches de sueño, mías y de mi sobrino, el sufrimiento de mi pobre perrito que no puede ni moverse, más lo cuantificable que a la fecha casi llega a $10,000.00 MX. Éso es lo que me ha costado un pendejo viaje de $35.00.
Mientras tanto, de Uber, ni una palabra. He levantado el incidente en la aplicación y en la página tres veces y sólo he recibido el mensaje automático que dice que me contestarán “pronto” He escrito a @Uber_Mex en Twitter y nada. Del servicio que se jacta de “compensarte” si el conductor te mira feo no he recibido ni una sombra de respuesta.