Otra mirada al primer encuentro

Como equipo y particularmente para cada uno de nosotros, el primer encuentro que tuvimos con el Señor de los Milagros fue una experiencia develadora, pese a no ser muy devotos, pudimos sentir la algarabía de los fieles en sus plegarias y el gozo en sus oraciones.

Simplemente nos limitamos a observar a la multitud. Nos percatarnos del fervor que emanaba de las mujeres descalzas quienes cumplían su propia penitencia hasta el olor del incienso de las humaredas que cargaban las nazarenas, llenando la atmósfera de un tenue color gris de religiosidad pura.

Personas de todo tipo se concentraban para acompañar al santo pese al incandescente sol que brillaba en todo lo alto, haciendo aún más intensa la caminata. Niños, jóvenes, mujeres, hombres, y sobre todo, ancianos, quienes hacían parecer que los años no pasan cuando se trata de adorar a quien más uno cree.

El motivo estaba claro para nosotros, ir e investigar pero no podíamos ignorar la grata compañía con la que nos topamos.

Personalmente sentí que me involucraba dentro de una hermandad que gustosamente me recibiría, y esa cálida sensación de pertenecer a un grupo sin conocer a sus integrantes, aunque sea por un momento, es satisfactoria.

Octubre es morado como la túnica de los fieles del Señor de los Milagros. Octubre es alegría y tradición.

Nazarenas esparciendo incienso
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