Cocada

COCADA[1]

De preferencia, si puede, acompañe la lectura del texto con la siguiente canción de fondo, que resalto era su favorita: https://www.youtube.com/watch?v=XIEKBncrHO0

Nuestro viaje juntos empezó hace poco más de cuatro años, y hasta el momento no he logrado descifrar si fue Cocada la que llegó a mi vida, o si fui yo el que llegó a la vida de ella. Seguramente, y para mi fortuna, fue lo primero.

Cocada llegó a mi vida justo un par de meses después de que mi papá falleciera, y la amiga que me la regaló, me dijo que la gatita también había perdido a su mamá recientemente, así que nos vendría bien hacernos compañía el uno al otro.

Mi chica, desde que nació, fue la gatita más introvertida del mundo. Lo primero que hizo cuando vino a mi casa fue esconderse detrás de un mueble que está ubicado en la sala. Estuvo ahí casi dos días, y solamente salía a comer y a tomar agua cuando nadie la veía, para luego volver a su guarida en busca de refugio. Poco a poco, y con mucha paciencia, me fui ganando su confianza y espero que también su amor.

Ese fue nuestro comienzo y de ahí en adelante, todo lo demás es historia. Una historia llena de soledades compartidas, miradas cómplices, encuentros anhelados, ronroneos terapéuticos y juegos que, por lo general, siempre terminaron en arañazos.

Su partida repentina, más que un vacío en esta casa, deja un vacío en mi pecho que, sin problema alguno, le puede hacer competencia al más profundo de los océanos. Nada nunca, después de su incursión en mi vida y después de su partida, volverá a ser lo mismo. Ni las tardes de lluvia, ni el rocío de las flores, ni la brisa del mar, ni el canto de los pájaros en el árbol del vecino, ni los dulces de coco, ni las noches en vela ni, mucho menos, sus huellas ausentes en todos los rincones por los que se paseaba con esa gracia única y omnipresente que la caracterizaba.

El vínculo que existe entre un ser humano y su mascota, lejos de minimizar el espíritu, lo enaltece; porque ningún amor es tan puro e incondicional como el que una mascota le puede llegar a profesar a su humano. Un amor que está libre de prejuicios, que no juzga, que no intenta cambiar, un amor que, como los ríos, sólo sabe fluir en una sola vía y, por ende, no espera nada a cambio.

Hoy escribo estas líneas mientras lucho por acostumbrarme a ya no verla enfrente de mí intentando atrapar algún mosquito, cazar alguna lagartija, o simplemente esperándome en la entrada de la casa cuando oía mis pasos acercándose a la puerta, luego de regresar de un largo viaje, que era para mí la mayor de las recompensas.

Cocada, como toda buena felina, nunca fue la más expresiva, pero la lección más grande que me dejó fue que en los gestos más pequeños es donde se oculta el amor más sincero, y es por esa razón, que un pedazo de mi alma se queda hoy en este texto y otro, quizá un poco más grande, se fue junto con ella el día en que partió. Y si existiera la más mínima posibilidad de elegir en una vida posterior a ésta, alguna otra mascota, la elegiría a ella una y mil veces por encima del resto.

Hasta siempre, mi entrañable Dulce de Coco. Ojalá a mi lado hayas sido la mitad de lo feliz que yo fui al lado tuyo. Y gracias, muchas gracias por todo. El mundo siempre echará de menos tus ronroneos.

[1] Dulce de coco y azúcar, con forma redonda y aplanada, que por su dureza se asemeja a un turrón.

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