Jardinera de Almas
Ray Bradbury, en su mítica obra Fahrenheit 451, dejó escrito que: “Cuando uno muere, debe dejar algo tras él. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos que se ha hecho uno mismo. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de manera que tu alma tenga algún sitio adonde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol o esa flor que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas mientras cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo y lo conviertas en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped podría no haber estado allí, pero el jardinero siempre permanecerá en ese lugar”.
Suelo regresar a la cita anterior casi siempre que mi alma atraviesa por un periodo de duelo profundo, con la esperanza de encontrar algo nuevo cada vez que lo hago. Esta ocasión no fue distinta, y regresé a ella porque hace exactamente cuarenta días, una prima muy querida para mí y para toda mi familia, partió de este plano material para convertirse en luz, dejándonos desconsolados a todos los que en algún momento tuvimos la dicha y el privilegio de disfrutar de toda esa magia que sólo ella era capaz de regalar en cada gesto.
Concuerdo con Bradbury cuando dice que uno tras su muerte, debe dejar algo. Solamente agregaría que ese “algo” no necesariamente debe tratarse de una cosa material. Y para sustentar dicho argumento pongo el ejemplo de mi prima, que se pasó la vida entera sembrando flores en los corazones y en las sonrisas de quienes tuvimos el honor de cruzarnos en su camino.
En un mundo en donde la desesperanza y la frustración están a la orden del día, personas como mi prima representan un oasis para quienes la mayor parte del tiempo nos sentimos náufragos en las dunas de un desierto que no tiene ni principio ni fin.
Toda partida inesperada requiere de un tiempo mayor al prudencial para ser asimilada, pero una vez esto sucede, sólo queda dar gracias a la vida por habernos regalado la oportunidad de coincidir en tiempo y en espacio con seres tan extraordinarios como lo fue ella.
Este pequeñísimo texto jamás le hará justicia al enorme ser humano que ella fue en vida, sin embargo, espero que desde el lugar en el que se encuentre en este momento, además de estar viendo a su amado Barcelona regocijarse contra sus rivales dentro del terreno de juego (menos contra el Madrid, por supuesto), se tome un momento para leer estas líneas, cuyo único propósito es que tenga presente que desde este lado de la pantalla, siempre se le va a recordar con todo el respeto, la admiración y el amor del mundo.
Feliz descanso eterno, adorada. Tocaste mi alma de tal manera, que la tuya siempre encontrará en la mía un sitio adonde ir cada vez que así le plazca.

María Eugenia Calderón Toledo / 1965 — 2018
