El bueno, el malo y el feo de Cartes

por Luis Bareiro @LuisBareiro #otravuelta



Cartes no es tan malo como lo pintan sus detractores ni es el fenómeno que dibujan sus partidarios. Al año y medio de gestión, podemos decir que el presidente está cumpliendo satisfactoriamente con lo que podíamos esperar de él y confirmando tristemente que no hará lo que de hecho temíamos que no hiciera.

Horacio Cartes es un empresario y está administrando el Estado como si fuera una empresa. Gobierna con un equipo de gerentes liderado por el omnipresente pero cuasi desconocido Juan Carlos López Moreira, un administrador joven que el Grupo Cartes le robó a la Coca Cola, y al que convirtió en su jugador estrella a la hora de hacer negocios.

Este esquema tiene muchos elementos positivos, pero también carece de cierto condimento que es esencial para que un simple gerenciamiento adquiera estatus de gobierno.

Pero empecemos con el lado bueno de la cosa. López Moreira obró el milagro de esquivar todas las presiones partidarias y las zalamerías con las que los viejos operadores esperaban engatusar a Cartes y terminó por obtener la venia del presidente para poner a gente de su absoluta confianza en los puestos claves del Estado, en las empresas públicas de mayor recaudación y en los ministerios del área de economía.

López Moreira armó un equipo de técnicos, la mayoría joven y bastante menos permeable a la corrupción (cuanto menos, por lo que se vio hasta ahora), y empezó con ellos el engorroso proceso de convertir al aparato público en una herramienta funcional para la gente y no para los partidos de gobierno de turno.

Hasta ahora esa reconversión interna se está comiendo todo su tiempo. Hay una batería de proyectos que a primera vista se ven por demás interesantes, pero cuya ejecución arrancará recién este año. Vale decir, es imposible saber si podrá aterrizarlos en la realidad y si rendirán los frutos esperados.

Algo es seguro. El hombre está operando con el respaldo absoluto de Cartes. La prueba más reciente fue el nombramiento del joven economista Santiago Peña como nuevo ministro de Hacienda, un afiliado del partido liberal cuya designación desató la furia de la vieja estructura partidaria colorada.

Esta faceta constituye hasta ahora la cara más vistosa del Cartes presidente. Es el Cartes bueno. El hombre está manteniendo cerrados los grifos del erario público, pese al clamor desesperado de las huestes republicanas que esperaban que el retorno al poder significara el regreso de la vieja repartija del Estado.

El problema, la cara fea del Gobierno, es que esa intención reformista termina siendo conservadora por culpa del propio presidente. Cartes hace público el listado del despilfarro salarial en el Estado, del reparto grosero del dinero de los contribuyentes en las interminables planillas de trabajadores; pero, solo adopta medidas tibias para combatir el problema de fondo.

No impulsa una evaluación del personal del Estado, no lidera un proyecto de creación de la carrera de la función pública, no encabeza las discusiones con el Congreso para evitar que los irresponsables parlamentarios sigan incrementando descaradamente los gastos rígidos con nuevos aumentos salariales.

Cartes no encarna el discurso de la reforma que esgrimen sus gerentes. No habla del tema, no convence sobre su necesidad, no gobierna para ello. Y sin un gobierno decidido, esas reformas serán lentas y parciales, si no directamente imposibles. Es el Cartes feo.

Y siguiendo con la misma línea, entramos al lado más oscuro de su gobierno, a lo que muchos temíamos que no fuera a hacer y hoy comprobamos que efectivamente no lo está haciendo.

Cartes es un empresario que nunca antes en su vida había tenido una actividad social sin fines de lucro, salvo como dirigente deportivo. La sensibilidad social no se compra ni aparece por generación espontánea. La preocupación por el otro, por los otros, no como una actitud caritativa sino como una forma de pensar en el país, no es una moda pasajera, no es una pose coyuntural, es la base sobre la que se construye la visión de un estadista.

Un estadista se hace con los años, no se improvisa. Y eso es lo que Cartes nunca podrá ser. No es que no quiera hacerlo, no puede.

Y solo un estadista puede entender que el problema más grave que afronta el Paraguay es la espantosa inequidad social, es esa angustiosa brecha que separa a los que tienen más, que son muy pocos, de la inmensa mayoría que tiene nada o casi nada.

Y solo un estadista entiende que para evitar que ese drama se traduzca en inseguridad, en una guerrilla trasnochada o en un cierre de rutas necesita de medidas extremas. Hay que tocar el sistema tributario, hay que poner límites fiscales al latifundio, hay que reordenar el presupuesto público.

Y Cartes no se quiere meter en ese terreno. Nunca dijo que lo fuera hacer y no lo hará.

Esa es la peor cara del Gobierno. Ese es el Cartes malo.