Él estaba muerto por ella

Belén
Belén
Sep 1, 2018 · 4 min read

Él estaba muerto por ella; era demasiado tangible al entorno. Si estábamos compartiendo una cena, él se encargaba de que a su copa nunca le faltara vino y de que su plato esté caliente. Ella tenía risa fácil ¿o acaso era su encanto? Él buscaba hacerla reír, llamar o mantener su atención a cualquier costo. Celosa o ciegamente, todavía no lo sabemos. Si salíamos a olvidarnos del mundo o nos escapábamos a un bar de mala muerte, ella se posaba en el centro de la pista y meneaba sus caderas al compás de la música, disfrutaba de la atención sin género, sonreía con satisfacción al saberse foco de la situación. Él, embobado ante su presencia la observaba desde lejos sin recaer en nada más. Ni siquiera en el grupo femenino que lo esperaba más allá con los brazos abiertos. Algunos dicen que la custodia. Yo creo que se condice más como una custodia contemplativa. Ella era altiva y maliciosa; gozaba de tener el control. No era pretensiosa ni decía mucho. A ella no le importaba nada, era consciente de lo que generaba y guardaba cierta perversidad al seguir hasta el final, decía, por simple curiosidad. A veces sentía agobio de su reputación y más de una vez alegó ser menos que él. La tenían en un pedestal cuando a ella siempre le había gustado el pavimento. Era apática al contexto y se aburría de sus presas más rápido que los depredadores por lo que no se consideraba uno. Sostenía que, si debían mantener su atención, no servía. Ellos merecían a alguien mejor.

Él estaba muerto por ella

Él estaba muerto por ella. Entró con la llave y sin permiso a las tres y media de la madrugada pasadas. Había aprovechado el finde largo, sabiendo que el edificio iba a estar casi despoblado y los parientes más alejados que el frío.

Sabía las acciones típicas de su sábado por la noche y por eso no se molestó en no hacer ruido cuando subió por las escaleras para evitar la cámara del ascensor. Entró por la entrada de servicio para esquivar la principal. Cuando se empezó a acercar al piso, pudo escuchar la música y el coro de fondo. En ningún momento se le cruzó por la cabeza abordar plan y volver a su casa, al contrario. La cercanía le producía más deseo de llegar a la víctima, gozaba desde no tan lejos su ingenuidad. No la veía, pero sabía que estaba bailando, se movía al ritmo de Queen. Porque ella escuchaba Queen los sábados, decía que era su forma de rebelarse a la rutina que la consumía.

Gozaba de saber que en sus movimientos había desprevención e ignorancia. Pero lo que más disfrutaba era la suerte de poder depredador que emergía de la situación. Entonces entró al dpto y confirmó todo lo que su cabeza imaginaba. Sintió placer ante el susto e inhibición y éxtasis al bloquear el escape. El miedo lo atravesaba sin efecto en todo su ser y los gritos eran música para sus oídos enfermos. Solo la casa fue testigo de la muerte. La muerte de ella y de él. Ella se murió antes que él, pero lo mató después. Se murió cuando sus fétidas palmas la tomaron a la fuerza, cuando su grito fue acallado, se apagó cuando perdió el control de su vida y a cambio le fue arrebatada. Igualmente, se murió antes de que sus latidos callaran, se murió en cada lágrima que cayó y ensució el piso que anteriormente había sido testigo de su existencia y ahora era testigo de su muerte. Murió llena de terror, se sumergió en las más recónditas de sus pesadillas nunca dormidas. Él terminó la escena levándose del suelo, limpiándose las pantorrillas manchadas con sangre fresca y ajena. Se acercó sin prisa a la mesa del living en la que descansaba una copa de vino Malbec de la chica muerta y la tomó de un sorbo. Todo ocurrió ante la atenta mirada del gato negro de la casa que se encontraba por encima de la misma mesa; moviendo su larga y fina cola con movimientos pausantes y acusadores como sus ojos. Levantó su brazo en un intento por acariciar al felino y éste le respondió con sus garras, provocando un largo corte en su dedo extendido que terminó haciendo juego con los que le había provocado la victima anterior como defensa. Antes de irse fue a la cocina y sacó de la alacena una latita de atún, la abrió y la sirvió en un plato hondo, volviendo al living donde la escena macabra se desarrollaba. Volvió a cruzar mirada con el gato que no se había movido. Le acercó lo que traía en la mano y se sentó en la silla para observarlo comerlo todo. Alzó la mano de nuevo y acarició su lomo ahora sin recibir agresión sino ronroneos que se traspasaban a su mano como cargas de placer.

Salió del dpto cerrando la puerta, y dejando solo un ruido seco detrás; abandonó el edificio tarareando All dead, All dead.

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