Por una educación Legal incluyente


Llega el profesor hombre al salón y no hace falta que diga todo lo que ha hecho en su carrera profesional, tampoco en qué trabaja, la gente ya lo sabe al ser entre otros criterios uno de los más importantes a la hora de meter clase con un profesor. Este hombre acostumbra a deslumbrar a sus alumnos con sus trajes, las llaves de su carro, incluso sus conquistas. Luego de empezar la clase, no hace falta que exija respeto de sus estudiantes, se lo gana por el solo hecho de ser “un doctor”.

Ahora bien, pareciera que ese respeto está más relacionado con una idolatría hacia ese profesor que tiene todo el saber mientras que como estudiantes nos encontramos completamente vacíos y debemos a él los conocimientos que de allí en adelante obtengamos. Sin embargo, esta dificultad no se presenta de hace unos pocos años, es la respuesta de un modelo de enseñanza de la abogacía que se ha perpetuado a través del tiempo y del cual ellos también estuvieron en el lugar en el que en este momento están sus estudiantes. Este modelo de educación en la abogacía se caracteriza por ubicar al profesor en un pedestal del cual no se ponen en duda sus enseñanzas, un modelo que imposibilita un espacio de construcción del saber por una simple trasmisión de conocimientos.

Nosotros los estudiantes hemos interiorizado este modelo en muchas de nuestras actitudes que terminan volviéndose naturales, la forma en como estudiamos para los parciales memorizándonos definiciones al pie de la letra como las dicta el profesor, la forma en como vemos y pensamos el mundo, la manera en que preguntamos en clase y en la que nos vemos proyectados en ellos.

Es por esta razón que este artículo busca mostrar como un modelo de enseñanza no contribuye a la construcción del interés colectivo y que contrario esto, refleja la sociedad que en sí misma deseamos cambiar. A demás de que excluye otros instrumentos para la construcción de conocimiento que permitirían hacer del espacio universitario y del derecho una carrera que vincula a la sociedad en todas las esferas y que permite tener la libertad de debatir, de proveer al estudiante y al profesor un devenir del aprendizaje en el cual las clases no son las mismas para el profesor a las del anterior semestre, años pasados, etc. Es una clase distinta y tiene dicha característica en razón de que cada estudiante aporta de manera distinta a la construcción de la asignatura y por tanto, no podrá encontrar clase igual. Puede que el profesor tenga mucho por lo cual ser admirado pero finalmente es un profesor que debe estar a la mano del estudiante más no como una imagen y proyecto inalcanzable. Ese carácter de profesor no se atribuye por sí mismo por el solo hecho de llamarse como tal, ese carácter se atribuye gracias a la construcción e intervención que como estudiantes hagan sobre él. Es por esto, que si estamos en un modelo educativo que mantiene al estudiante de forma pasiva difícilmente las clases respondan a un interés público, más bien irían aislándose cada vez más de la realidad que desborda nuestro país.

La importancia de un método de enseñanza para la educación legal nos pone en el corazón del derecho y es como apelar a que las necesidades de la sociedad no sólo sean solucionadas sino también discutidas y construidas en las aulas de clase donde se forja un estudiante no sólo con respecto al profesor sino así mismo. No con ello debemos partir del hecho de que exista una homogeneidad de los criterios y que no haya libertad alguna de pensarse la sociedad, es precisamente esa diversidad de conocimiento la que permite nutrir el proceso de aprendizaje que tengamos como abogados, que aprendamos a jugar con los argumentos y salirnos un poco de la burbuja en la que creemos que todo gira alrededor nuestro. Pensémonos diferentes los lugares que hemos asumido que deben permanecer iguales para siempre y más bien construyamos entre todos, en las clases, en los debates, en las charlas, el amor por el conocimiento que implica también cuestionarlo y no simplemente limitarnos a imitarlo.

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