Los problemas con el alcohol

Tomar alcohol de más sólo ocasiona problemas en la vida de cualquiera. O terminás con fotos en Facebook donde el rimmel corrido, el pelo llovido, la remera manchada con fernet y los ojos fusilados, o terminás teniendo historias para contar en la web.

O las dos cosas.


Nadie podría discutirme que el glamour no tiene cabida cuando con más de 3 vodkas encima.

Pero repito, lo peor son las decisiones que tomamos cuando estamos con esos tres tragos en el organismo.

Que levante la mano quién no terminó lamentándose en el mismo milisegundo que se despertó la mañana siguiente de la borrachera y vio con quién terminó durmiendo gracias a la magia de Absolut!

Y que encima no te dejó reaccionar para escapar rápidamente antes que el otro se despierte e inventás una pésima excusa para hacerlo, como “me olvidé que tenía que cuidar a mi tío que está enfermo”.


No me hace falta buscar mucho en mis recuerdos para encontrar un ejemplo de lo que digo. Hace unos días con mis amigas estuvimos tomando vino blanco en mi casa y, cuando finalmente decidimos que era tiempo de salir, fuimos al Irish pub. Ahí sin dudas la cerveza fue la protagonista, aunque el vodka la peleó bastante. Y con todo ese grado alcohólico tuvimos una genial idea: ir a bailar.

ERROR.

TODOS se veían lindos.

Generalmente, la matemática y la lógica nos han enseñado que es absolutamente imposible que, de un grupo de 3, la totalidad de sus integrantes esté para el infarto.

Hay múltiples posibilidades, pero en el mejor de los casos uno es el inteligente y exitoso, el segundo el simpático y deportista, mientras que el tercero es el portador de los atributos estéticos.

Aunque es muy baja la posibilidad que exista este grupo perfecto de tres.

Bueno, con alguno de los dos primeros tipos me vine a dormir.

Pero si el alcohol es malomuymalo con nosotras, con ellos es implacable. Yo había tomado durante varias horas y en varios lugares. Él había intentado ponerse al día mientras charlábamos. Una muy mala decisión que yo hubiera notado si no hubiera estado en el estado en que estaba.

Aunque logró hacer un digno papel apenas cruzamos la puerta, dio dos pasos más hasta que la dignidad lo abandonó y terminó trastabillando hacia el baño para no abandonarlo nunca jamás.


Cuando me desperté gracias a la luz que me atacó los ojos en la mañana y mi estómago pateaba a mi hígado, la realidad me dio otra cachetada (creo que ya iban más de tres), cuando quise bañarme para tratar de empezar a borrar rastros de la noche anterior y encontré la puerta atorada con “algo”.


Al salir, quiso empezar a explicar lo que no debería nunca haber sido verbalizado, y le hice un favor cortando con un: “No hay problema lindo, otra vez será”.

Y el pobre se fue despacito, tocándose la cabeza y rogando que nadie tocara bocina.

Cerré la puerta y me prometí tomar menos… al menos no mezclar tanto esa noche.

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