El amor en los tiempos de Žižek

Una discoteca donde ponen clásicos de reguetón (un clásico es cualquier canción del género que tenga más de siete años). Una barra, un balcón para fumar y una línea de sillas donde no hay nadie sentado pero hay en cada una, de la barra al balcón, un bolso, dos chaquetas, un morral, una botella vacía, un saco y un celular conectado a un cargador de Hello Kitty que está a punto de caer.

No hay código de vestimenta, pero dos de cada tres personas que se bajan del ascensor van de negro, las otras tienen variaciones, con más o menos brillantes, de otros colores.

Una esquina del balcón. ¿Fuego? Si, un encendedor amarillo, un cigarrillo mentolado y otro rojo.

Treinta y ocho clásicos de reguetón después. ¿Tú casa o la mía? La mía.

Un bolso y una chaqueta menos.

Un taxi.

Un tercer piso, paredes blancas, piso de madera, ventanas cerradas sin cortinas, una reproducción del beso de Klimt hecha con latas y tapas de gaseosa.

Ella saca de un cajón un vibrador, él, de su chaqueta una vagina portátil. Los encienden, los ponen en la cama uno dentro del otro y se sientan a fumar.

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