Los que no tienen cuerpo no tocan la puerta
Lucía mira el techo sobre su cama. Es blanco, sin grietas ni manchas. Una línea de luz amarillenta se refleja en la parte que está más cerca de la ventana.
Cuando era pequeña tenía una constelación de estrellas verdes de las que alumbran en la oscuridad, una constelación con forma de unicornio que que ocupaba todo el techo de su cuarto. El sueño siempre llegaba cuando había contado la onceava estrella.
Un día en su adolescencia, el sueño no apareció. Lucía se distrajo contando las cincuenta estrellas de su constelación y no durmió. Al otro día decidió quitar todas las estrellas para no distraerse y poder dormir tranquila, pero dos noches después tuvo que pintar otra vez el techo porque las manchas tampoco la dejaban dormir.
El sueño, que visitaba a Lucía todas las noches a la misma hora, ahora llegaba tarde, se le iba el tiempo buscando otras ventanas que tuvieran techos más interesantes, techos a los que quedarse mirando para pasar la noche.
Lucía mira a la derecha porque siente que algo se cayó. El sueño corre a esconderse debajo de la cama y se lamente por entrar distraído.
