Dientes apretados
¿Doce años con los dientes presionados son muchos años? No sé, díganme ustedes. Tal vez doce años sean pocos, pero no conozco a nadie que haya durado tanto.
Todo empezó con un bulto. No mío, hablo del bulto de otro, un bulto en papá. Cuando digo bulto, no me refiero a una pieza de equipaje, ni a algo estorbando el camino del living a la habitación. Papá tenía un bulto, un señor bulto, uno del tamaño del puño de un bebé. Y lo peor. Lo tenía en la espalda, en la zona alta del omóplato derecho, bueno, si se puede llamar omóplato a la grasa que le cubre los omóplatos. No me malinterprete, lector, yo quiero a mi padre, mucho, tal vez un poco menos desde que pasó lo que pasó, pero así y todo lo quiero muchísimo. Pero papá tenía un bulto. Tenía un bulto y se quejaba.
Cuando recién había aparecido, no era más que un granito molesto, uno sin pústula, uno que hay que dejar ser. Papá es de esos tipos que no van al médico hasta que realmente se están muriendo, así que resolvió seguir quejándose hasta que el bulto se volvió casi un hermano siamés no desarrollado. Con el tiempo empezamos a ponerle nombre porque estaba presente en todas las conversaciones. Mi preferido era el que papá repetía todo el tiempo: “el coso de ahí”.
Si lo presionaba con un dedo, el coso de ahí dolía. Si lo palmeaba en la espalda al saludarlo, el coso dolía. Durante las noches, no podía acostarse tumbado de espaldas porque las lágrimas y los gemidos no dejaban dormir al resto. Bueno, ese resto era yo.
No recuerdo las veces que no pedí, sino rogué que fuese al médico. Habíamos visto la tele, habíamos mirado documentales de hombres y mujeres con espinillas tan grandes que necesitaban cirugía. Drenarse las partes. Habíamos escuchado casos sobre bultos que se hacían tumores y tumores que se hacían cánceres. Pero, papá es papá y en ese momento también era papá: nada podía sucederle. No a él.
Lo días pasaban entre dolores, incomodidades y el clásico “andá a lo de Pena”. Pena era el apellido del médico de cabecera de la familia. Ridículo, ¿no? Casi tan ridículo como no hacerle una visita. Y ahí nomás, el timbre. Y con el timbre, Pato.
Bien. Para entender lo que sigue, tenemos que hablar de Pato. En otro relato conté cómo nos habíamos conocido, pero puede que no hayas leído mi otro relato. Él apareció en el campito donde jugábamos a la pelota muchísimos años atrás. Apareció con el torso desnudo, la bicicleta sin cadena y empapado de aceite. Creo que no existe mejor manera de conocer a una persona. Y cuando uno conoce a un ser, así es imposible no terminar creando una amistad. Pato era eso. Pato es eso, de los amigos que podés no ver por años, pero cuando los planetas se alinean y nos juntan, podemos continuar la última conversación que tuvimos como si no existiese el tiempo. Efectivamente, hacía tiempo que no veía a Pato. Lo último que sabía era que había cambiado de carrera y estudiaba instrumentación quirúrgica. Y Pato tocó el timbre. Pato. Pato es de los buenos, de esas personas buenas que llegan a hacer cosas malas por hacer cosas buenas.
Pato hizo lo que hizo siempre, la tradición de toda la vida. Me chocó el puño, entró, le besó la panza a mi papá y después preguntó cómo estábamos. Papá también hizo lo de siempre, se quejó. Se quejó y le contó de la espalda, de los omóplatos, de la grasa y del bulto. Y no, no hay nada más atractivo para un estudiante de medicina que la enfermedad, que la deformidad ajena, que el desafío de salvar una vida, incluso cuando esta no esté en riesgo. Papá siempre dijo que no todos los héroes llevan capa. Más tarde ese día, papá diría que Pato era una especie de héroe. Uno que alcanzaba bisturíes y gasas. Uno que podía distinguir un granito en la espalda de un quiste sebáceo. Eso fue lo que dijo Pato. Quiste sebáceo. Le preguntó a papá si quería operarse y papá dijo que “ni en pedo”. No dijo “no”, dijo “ni en pedo”. Y Pato quiso ayudar.
Desde ese momento, me volví una especie de fantasma. Más que fantasma, una especie de ángel. Ahí, siempre a un costado, observándolo todo. No iba a intervenir. Ya se había vuelto técnico. Secreto profesional. Yo era un ángel y los ángeles no hablan de más, no escuchan de más, solo dejan que lo que empezó a moverse se siga moviendo. Y desde mi lugar de ángel vi cómo papá se levantaba la remera, cómo Pato se lavaba las manos con jabón, cómo la panza de papá se balanceaba y quedaba colgando cuando se inclinó sobre la mesada. Vi cómo Pato sonreía y formaba una pinza con los dedos, cómo Papá pedía que le trataran la espalda como si fuese propia. Ángel. Los ángeles tienen cuerpo, los ángeles sienten. Los ángeles, por sobre todas las cosas, están ahí.
Papá inclinado apretando los dientes. Pato arrodillado sobre una silla presionando los lados del bulto de papá. El bulto de papá saliéndose de los límites del cuerpo y volviendo la piel blanca. La sangre de la espalda de papá sobre la piel debajo del bulto, bajo los pulgares presionando como garras. Dientes. Los dientes de papá presionados unos contra otros por el dolor. Dientes. Los dientes de Pato presionados unos contra otros por el esfuerzo. Para cosas distintas tenemos señas parecidas. El ángel en mí sonrió. Los ángeles no deben sonreír. Los ángeles no deberían acercarse a las operaciones caseras de bultos. Quiste Sebáceo. Dientes. Mis dientes presionados.
Dicen que en el momento de la muerte, vemos todo en cámara lenta. Les cuento que no es cien por ciento cierto. También pasa cuando nuestro cerebro cree que está frente a una amenaza. Papá gritó. Pato dejó caer un lamento. Gracias al cielo, al ángel en mí, a lo que sea, yo no abrí la boca. Gritos, dientes apretados y el bulto, como una sevillana automática, disparando toda su carga de grasa, pus, y cosas en línea recta directo a los ojos curiosos. Creo que todo pasa por algo. Los ángeles no deberían estar presentes en las cirugías hechas en las cocinas. Tampoco deberían usar lentes. Pero a veces hasta los ángeles rompen las reglas.
Cámara lenta. Todo en cámara lenta, pero si hay algo que recuerdo mejor que la secuencia de imágenes, fue el olor. El olor a drenaje. Partes drenadas. El perfume de los interiores de papá. El olor. Ese olor. El olor de los productos defectuosos del cuerpo. Ese olor sobre la cara, los lentes, gracias a Dios por los lentes; la nariz y los labios. Gracias a Dios por la boca cerrada.
El grito de papá ahora era un quejido leve y una respiración entrecortada. Pato sonreía como si hubiese ganado una copa del mundo. El día que exista la Copa del Mundo Mundial en Operaciones de Quistes Sebáceos en Cocinas Ajenas, calculo que volverá a sonreír así. Dientes. Una sonrisa demasiado prolongada no es más que dientes. Pato era nada más que dientes. Papá no era más que dientes. Yo no era más que dientes presionados. Para cosas distintas tenemos señas parecidas.
Dejé de hablar. Al menos por ese día. No entendía bien qué había pasado hasta que vi en el espejo del baño los pedazos de mi padre chorreándome rostro abajo.
En la cocina, papá y Pato iban por la segunda parte de la cirugía. Mi cara. Mi cara por dos, sobre el espejo y el espejo sobre mí, devolviéndome la mirada. Multiplicando las arcadas por ese líquido espeso y amarillo sobre la piel. Claro, vomité. Vomité dos veces, pero cuando lo que salía de mi garganta calló, nació un nuevo grito en la otra habitación. Otro grito y un aplauso y un “uhhhh”.
Salí del baño y vi sangre en las paredes. Pus en las paredes. Pato saltaba. Papá buscaba un pedazo de tela y lavandina. Papá. El torso desnudo de papá. La bolsa de piel colgando donde antes había una pelota de golf. La panza de papá balanceándose. Pato saltando. Otra arcada. No vomité porque ya estaba en mi habitación. No había nada más que agregar. Yo sabía con el estigma ajeno con el que debía cargar. Sabía lo que venía. Papá iba a estar bien, yo no tanto de cara al futuro.
Un asado, una reunión, un cumpleaños. Era la historia que nos unía. La historia que nos desunía. Doce años. Doce años, la misma historia. La única historia.
Doce años y no vivo en el mismo lugar ni tengo la misma vida. Doce años y el timbre, esta vez el del teléfono que por mala fortuna no está en silencio. Doce años y papá me dice que el bulto volvió. No me malinterprete, lector, yo quiero a mi padre, mucho, tal vez un poco menos desde que pasó lo que pasó, pero así y todo lo quiero muchísimo. Pero papá tiene un bulto, una vez más tiene un bulto.
Un bulto, doce años después y doce años después, los mismos dientes apretados cortan el teléfono sin contestar. Los ángeles no deberían cortar el teléfono, pero a veces lo hacen.
