Rescate de la Esperanza en las Ruinas

Hay una imagen que se propagó en los medios, desde el pasado 17 de agosto, hace unos días atrás. En la que muchos pudimos ver a un niño de 5 años, luego de ser rescatado de las ruinas de un edificio en Alepo-Siria. Una imagen que nos conmovió a la mayoría, no por ser un caso único o particular; ya que por desgracia, tal como comentan las noticias del mundo, alrededor de 3.7 millones de niños sufren las consecuencias de la violencia, el miedo, el desamparo; en fin, niños que padecen nuestra miseria humana. Es una imagen que nos tocó en lo personal, al mostrarnos cara a cara, el rostro de la vulnerabilidad y la fragilidad humana, a través de la inocencia de sus gestos que respondían a las vivencias y heridas en su pequeño cuerpo.

Ese pequeño rostro, impregnado de vulnerabilidad ante la violencia extrema de nuestro mundo; sin mediar palabras con su silencio, nos permitió proyectar en su mirada y expresiones sin llanto, nuestros posibles sentimientos en semejantes condiciones. Nos muestra un semblante de desconcierto, desorientación, de estar perdido, aturdido, desolado, sin esperanza y seguramente mucho más por reflejar. Y cual aparente paradoja, su presencia protagónica tiene como telón de fondo y a la vez es consecuencia, de la actuación e intervención solidaria, firme, directa, estratégica y eficaz del equipo de rescatistas. Quienes gracias a su misión por el rescate del valor de la vida humana, levantaron de las ruinas la esperanza de desarrollar en el porvenir, las diversas posibilidades de este niño, de Omran, de su única y particular vida personal.

Nuestra realidad actual a nivel mundial, nos mantiene en diferentes niveles y formatos, asediados por una violencia organizada; producto de la existencia de unos valores personales en los que predominan los intereses particulares, en desmedro del tan desprestigiado e irrespetado “bien común”. Una realidad en la que el sentir en nuestras vidas cotidianas, es muy similar a la que nos reveló Omran. Con su imagen, pudimos percibir el eco de nuestra propia vulnerabilidad, en esos momentos, que hoy son más, en los que nos encontramos desorientados, impotentes, frustrados y desconcertados; sin saber qué hacer para cambiar esa realidad o cuidarnos ante el miedo, la fragilidad, la impotencia, la desolación ante tanta muerte, devastación e irrespeto por la vida misma. Es esa miseria humana como la maleza, que sigue creciendo en medio de nosotros y nos rodea, sin percatarnos lo suficiente del daño que nos está ocasionando, tanto hoy como en nuestro mañana.

El valor de esta imagen paradójica es que nos devela con su evidencia, el camino de salida del maligno asedio y del encuentro con el poder de la vida. Para ello, debemos igualmente percatarnos de la presencia del rescatista dentro de nosotros mismos. Encontrarnos con sus valores y virtudes humanas que sustentan su misión de servir a la vida para rescatarla de las ruinas de la adversidad, de la muerte y su devastación; además de entrenarnos como ellos lo hacen, en estrategias de equipo proactivas y eficaces que permitan lograr esta ardua y valiente misión en nuestros contextos cotidianos. El rescatista está embebido de los mejores y dignos valores para el bien de la humanidad, que le permiten trascender el temor de lo personal y lo convierten en un ser humano fuerte y valiente, amante y respetuoso seguidor del justo y recto camino hacia el despliegue del bienestar de toda vida. Su compromiso, solidaridad y lealtad ante el vulnerable, a quien está bajo su cuidado, lo asume de la manera más consciente y estratégica posible. Así finalmente actúa, concediéndonos al mundo nuevas posibilidades de vida, rescatadas del horror.

Somos al mismo tiempo rescatadores y vulnerables de nuestra humanidad. Somos Omran y al mismo tiempo los rescatistas. Así como no se puede ser padre o madre sin un hijo, y no se es hijo sin un padre o madre; igualmente, un rescatista no lo será sin la presencia de un ser vulnerable al que está íntimamente ligado para otorgarle los medios para vivir. Nos toca rescatarnos de nuestra propia miseria. Y si tan solo fuésemos capaces de reconocer esta dualidad intrínseca que nos conforma, podremos comenzar a despertar, animar y avivar ese lado nuestro que tiene como misión socorrer como equipo humano, a ese otro lado que no puede solo, que está limitado y que igualmente nos pertenece; pues ese otro vulnerable, somos nosotros mismos. Y luego con una entrega activa y entrenada al ejercicio de las cualidades de nuestra naturaleza rescatista, es que lograremos encontrar el camino que nos lleve a una verdad ineludible de toda existencia; la de que siempre hay esperanza de vida, así como posibilidades de desarrollar nuestra humanidad de toda ruina que nos asedie.

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