Feminismos “buenos” y feminismos “malos”

¿Existen “buenas” y “malas” feministas? Es una pregunta frecuente, sobre todo cuando es sencillo diseminar opiniones a través de los medios digitales, y por la rapidez que estos permiten. Esta pregunta en particular me interesa a partir de un comentario en Twitter que hizo la presentadora de radio Julia Hartley-Brewer sobre la foto en la revista Vanity Fair de Emma Watson, actriz, modelo y embajadora de buena voluntad para el tema de igualdad de género por la ONU.

Julia Hartley-Brewer critica a Emma Watson por posar mostrando parcialmente los senos y la califica de hipócrita, por ir “en contra” de su discurso sobre la igualdad, al estar ella misma “hiper-sexualizándose”. En primer lugar, en la foto Watson muestra lo que cualquiera en este tiempo muestra en un vestido con un bajo escote y en la censura recurrente de los pezones femeninos. En segundo lugar, Watson ha tenido un extremo cuidado en combinar su profesión de actriz, interpretando roles moderadamente desafiantes al modelo típico de las mujeres en Hollywood; ha cuidado también el lenguaje y las formas para hablar sobre los problemas concretos de desigualdad como la pobreza y la violencia hacia las mujeres. No parece estar dentro del estereotipo, ni de Hollywood, ni del feminismo que han construido sus opositores (y opositoras; recordemos que hay mujeres con una arraigada misoginia). Estos estereotipos están formados de adjetivos que intencionalmente tratan de restarle contenido a los discursos importantes dentro de la lucha por hacer visibles las brechas de género: “Es feminista porque es fea.” “Es guapa; es un vacío de ideas.” “Muestra los senos, entonces es hipócrita su discurso por la igualdad.”

Si hay que hablar de un “buen feminismo”, no será por la profesión de la persona que lo defiende públicamente, sino por la calidad argumentativa de sus principios sustentados en las teorías del género como explicación a muchos problemas de pobreza, marginación, violencia, discriminación y falta de democracia. El “buen feminismo” cuenta con la evidencia suficiente para demostrar, por ejemplo, que la brecha salarial entre hombres y mujeres contribuye al empobrecimiento en las grandes ciudades y a la restricción de los derechos como la educación. En este sentido, el feminismo siempre es bueno, y como movimiento social (diverso históricamente) siempre se ha encargado de explicar con mayor amplitud el mundo. Vale más la pena dentro de estas discusiones mediáticas distinguirlo de lo que no es feminismo.

El “no feminismo”, simplemente utilizará el tema de las mujeres para simplificar el concepto de empoderamiento y mostrarlo como un enfrentamiento contra los hombres. El “no feminismo” lo encontraremos en los discursos de los políticos que reparten recursos públicos exclusivamente a las mujeres contribuyendo a su condición de subordinación y dependencia. El “no feminismo” está en las etiquetas “madre soltera”, “luchona”, “reina del hogar” o en la idealización de la “cualidad de las mujeres de ocuparse de varias jornadas y roles en un día”, cuando es un síntoma de la inequidades económicas y culturales en la gestión del tiempo y en el cuidado de otras personas. El “no feminismo” también desvía las discusiones fundamentales de la desigualdad entre hombres y mujeres y la democracia sustantiva hacia una falsa polémica sobre mostrar o no los senos en la portada de una revista.

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