Tepito desde sus mujeres*

Hablar de Tepito nunca será suficiente y completo. Siempre valdrá más y de mejor forma la descripción y la narración propia de su comunidad, la visión de las personas que habitan, hacen uso, padecen y gozan el barrio.

Como espacio social de símbolos y ancestrales raíces, Tepito es una referencia obligada para quien se dice “experto” en la Ciudad de México y, por ello, cada año con una perspectiva renovada, se hacen reuniones para hablar de él, aunque insisto, yo prefiero escuchar las voces espontáneas de sus habitantes.

En esta ocasión, quiero referirme a Tepito como un espacio social construido a través de la participación comunitaria de las mujeres. En este sentido, al decir “construir el barrio” no me refiero solo a la parte física, material, como lo es la edificación de viviendas, la calle, los servicios e infraestructura social. Me refiero sobre todo, a la apropiación del espacio público a través de lo que cotidianamente hacemos las mujeres para subsistir en la Ciudad de México, la gran quimera que nos devora y se alimenta de nosotras.

Empezaré desde las diferencias entre hombres y mujeres en la ocupación del espacio público en toda ciudad. Sin importar si se trata del Kalighat en Calcuta, India; del Raval en Barcelona, España; del West End de Londres en Reino Unido; de la Pequeña Italia en Nueva York, Estados Unidos: Hombres y mujeres vivimos de manera distinta en el barrio por las siguientes circunstancias de desigualdad social.

Las mujeres ocupamos más tiempo de trabajo que los hombres, lo duplicamos y lo triplicamos, y en consecuencia, queda menos tiempo para nosotras. Desempeñamos tareas en el ámbito informal del trabajo doméstico, que es invisible y que no recibe un salario, ni se considera productivo, ni se registra como contribución al ingreso familiar. Además, agregamos a este trabajo invisible el que genera ingresos en el comercio, en la prestación de servicios y en el desarrollo de conocimiento académico y científico ganando hasta 22% menos que los hombres por hacer el mismo tipo de trabajo con el mismo nivel profesional. Por último, dedicamos gran parte de nuestro tiempo al cuidado de otros, principalmente niños, adultos mayores y personas con discapacidad, lo cual es un trabajo arduo en lo emocional y en lo físico y que tampoco se registra como productivo. Cada semana nuestro tiempo laboral implica un 68% de nuestra vida, mientras que para los hombres es de un 24%. El tiempo libre para nosotras es el recurso más escaso en las grandes ciudades y ello implica no invertirlo en salud, recreación, esparcimiento y descanso.

Al ocupar la calle para desarrollar todas las tareas que son el doble de las que realizan los hombres, nosotras enfrentamos mayores riesgos de ser víctimas de algún tipo de violencia.

Sabemos, por ejemplo, que 8 de cada 10 mujeres en todas las ciudades del mundo serán agredidas de manera física, verbal o sexual en el transporte público y en la calle en las próximas 24 horas. 6 de cada 10 mujeres que ingresan al mercado de trabajo en todo el planeta, sufrirán alguna modalidad de acoso laboral en los próximos tres meses y estas agresiones serán determinantes para abandonar el trabajo formal. Un 65% de los casos de agresiones físicas, verbales y psicológicas en la escuela son hacia mujeres de entre 12 y 25 años y esto traerá consecuencias en su decisión de seguir estudiando o no, con lo cual, la brecha de desigualdad se hace más amplia.

El estigma cultural que prevalece sobre las mujeres que salen a la calle a divertirse, a socializar con amigos y amigas, a practicar algún deporte, a organizar una asamblea, a ir más allá de la vida familiar tradicional que se considera como “correcta” y “normal”, también influye en la forma en la que tomamos decisiones que propician la desigualdad. Si participamos activamente en estas actividades, el costo es la confrontación con la propia familia y pareja. Si nos ausentamos de ellas, nos volvemos invisibles.

Considerar que el ámbito doméstico es el único espacio posible para la realización personal limita las posibilidades de autonomía y autosuficiencia de las mujeres, y trascender estas barreras culturales y estigmas es un proceso que algunos autores han llamado empoderamiento. Luego entonces, el empoderamiento nada tiene que ver con una competencia entre las identidades de género.

Podemos deducir de manera colectiva en este foro, que en el caso del barrio de Tepito, las condiciones de desigualdad también influyen en la forma en cómo sus mujeres desarrollan su vida cotidiana. En una visión histórica, podríamos partir desde la reconstrucción de la vivienda a partir de los sismos de 1985, año en que la participación de las mujeres se hizo más visible ya que fueron ellas quienes gestionaron los principales servicios que quedaron colapsados el 19 de septiembre de aquel año: el agua, el alumbrado público, el abastecimiento de gas y los servicios educativos.

412 edificaciones dañadas por el sismo -principalmente en las colonias del centro de la capital-, de las cuales 13 fueron rescatadas a través de la colaboración con la UAM de Azcapotzalco en la colonia Morelos, son una muestra de la participación femenina en la autoconstrucción participativa de vivienda. Quienes intervinieron de manera más contundente en ella durante 1985 fueron las mujeres, porque fueron ellas quienes detectaron qué se necesitaba en los espacios de las 500 nuevas viviendas por construir, hacia dónde caminaba la regeneración urbana y qué oportunidades para las nuevas generaciones se podían crear a través de proyectos participativos.

En algunos casos menos afortunados para la participación social de las mujeres en el proceso de reconstrucción de vivienda después de los sismos del 85, se presentó el cambio de las antiguas vecindades a viviendas unifamiliares diseñadas desde un escritorio y esto repercutió en las dinámicas de integración y disolución de las familias. Los patios de vecindades permitían una vida comunitaria en donde era más fácil enterarse de los problemas de violencia doméstica hacia mujeres y niñas y formar redes espontáneas de apoyo hacia ellas, desaparecieron. Dentro de los espacios de viviendas acotadas a los 60 y 65 metros cuadrados de la llamada “vivienda popular”, nacieron nuevos problemas de hacinamiento, aislamiento, violencia y confrontación familiar por la incertidumbre patrimonial.

Estos problemas repercutieron en los jóvenes y niños que deseaban realizar una vida más allá de estos espacios reducidos, pero sin oportunidades fuera de ellos, razón por la cual han tenido que integrarse en la mayoría de las ocasiones a la delincuencia organizada. Hoy un hombre que ha estado aquí toda su vida dijo algo muy significativo: hay en Tepito tres generaciones perdidas en la delincuencia.

Sin embargo hay, por otra parte, espacios ganados para la convivencia comunitaria fuera de las viviendas como un logro de la sociedad organizada, principalmente de las mujeres que han asumido la responsabilidad de encabezar las familias y de brindar a sus hijos un mejor porvenir.

Es así como la fisonomía positiva del barrio desde 1985 ha estado en manos de las mujeres principalmente, aún bajo las condiciones de desigualdad que son, como he mencionado, estructurales y a nivel mundial.

El reto de las mujeres en el llamado “barrio bravo” está inmerso en el contexto de violencia estructural y generalizada en todas las regiones del mundo, en donde sigue predominando la discriminación, el trato estigmatizado de las mujeres, los estereotipos de género, los ingresos desiguales con respecto a los hombres y tiene que ver con aprovechar la capacidad de lucha y liderazgo de las mujeres de esta parte de la Ciudad de México para exigir los medios reales y tangibles para acceder a los derechos fundamentales: la salud sexual y reproductiva para prevenir embarazos no deseados, el abuso sexual y la violencia en el noviazgo. El derecho a la vivienda digna, con servicios de proximidad, infraestructura eficiente, operación adecuada a las necesidades de recolección de basura, alumbrado público y abastecimiento de agua. El derecho al trabajo para ejercer el comercio, brindar servicios con certidumbre de que se puede acceder a una mejor calidad de vida. El derecho a la movilidad, segura, accesible, eficiente; es decir, que se puede transitar libremente por la calle y acceder al transporte público sin ser acosada ni violentada ya que ello permite realizar otros derechos como el de la educación, la recreación, la asociación con fines de participación ciudadana.

El rescate de los espacios urbanos que corren a cargo de las mujeres en procesos de empoderamiento, tiene una mayor influencia e impacto en la seguridad humana porque parte de una visión que persigue llevar una vida libre de amenazas hacia los derechos de las personas, en general, no solo de los miembros de una familia.

La seguridad desde este enfoque de igualdad de género no se limita entonces a un tema de intervención de la policía; la seguridad adquiere una dimensión social y humanística, se vuelve una creación cultural que permite una convivencia pacífica. Desde esta perspectiva, la presencia de la policía en el barrio no es una solución a la violencia.

Esta convivencia pacífica es lo que Antanas Mockus, ex- Alcalde de Bogotá, llamó habitabilidad, es decir, una sociedad en donde la cohesión social comunitaria y los sentimientos de cooperación hacen posible la reducción de la delincuencia.

Cuando recibí la invitación para participar en este foro, inmediatamente pensé en cómo es y ha sido la participación de las mujeres en el mejoramiento de Tepito; en cómo se ha dado desde los sismos de 1985 y creo que, en lo esencial, no difiere de muchas aspiraciones que las mujeres de otras barrios hemos tenido para superar los contextos de violencia y pobreza material y pobreza de valores de colaboración; tampoco es muy diferente la forma en que se tiene que negociar y a veces confrontar nuestra visión con la de las autoridades locales y su forma distante de la realidad para abordar los problemas de seguridad y acceso a servicios de calidad que nos permita a nosotras tener el recurso del tiempo a nuestro favor.

Sin embargo, me atrevo a afirmar que aunque los problemas de la violencia de género tienen un origen común, hay una identidad dentro del barrio de Tepito para las formas en las que las mujeres confrontan tanto la violencia doméstica, como la que se presenta en el espacio público.

A veces asimilan las formas en las que los hombres resuelven los conflictos para sobrevivir (al llegar acierto nivel de competencia por cualquier tipo de recurso, se adquieren algunas conductas discriminatorias como las que ejercen los hombres).

En otros casos, las mujeres asumen la vida en el barrio como lo único que vale la pena defender ante las escasas oportunidades que hay fuera de él. Hay una entrega y pertenencia única al barrio porque sigue procurando recursos que fuera de él no se encuentran. No se encuentran porque si se denuncia, se solicita, se exige un derecho, no hay respuesta de alguna autoridad. Entonces el barrio se vuelve endógeno, se alimenta así mismo de la justicia bajo su particular concepto, lo cual representa un riesgo.

El riesgo al que me refiero y del que se puede blindar Tepito a través de una mayor participación de las mujeres en condiciones de igualdad, es el riesgo de la aceptación de la violencia como algo normal, el de la discriminación hacia las mujeres como algo aceptable, el del encubrimiento a las violaciones de los derechos de las niñas y los niños. Esta aceptación de la violencia como algo normal que se está filtrando en todo el país, se refleja en los números que arrojó la Encuesta Nacional de Vivienda elaborada por la empresa Parametría en el año 2013 en donde se nos revela que un 71% de la población en México piensa que las agresiones sexuales y la explotación sexual afecta más a las mujeres por una condición natural, un 49% de las mujeres en nuestro país no sabe qué es el feminicidio, el 68% de los hombres señala que el feminicidio se debe a venganza y a los celos, y el 38% cree que este ocurre por provocación de la mujer.

Creo que a través de las intervenciones de la sociedad civil organizada se está propiciando un cambio cultural que incluye la participación femenina de manera más activa para hacer visible las formas más sutiles de violencia, que son la génesis de las formas más graves como el feminicidio. Por ello, dentro de una agenda para el desarrollo integral comunitario, la perspectiva de género debe estar presente en todos los temas como un eje transversal de acción.

Esta agenda con perspectiva de género, estaría encaminada principalmente a las siguientes acciones:

  • Potenciar el cambio cultural para una vida libre de discriminación.
  • Desarrollar modelos de prevención de la violencia de género en la calle y en los espacios públicos, ya que esta ha trascendido del ámbito doméstico.
  • Elaborar planes y políticas con las autoridades, no ceder ni un solo espacio que pertenece a la sociedad civil organizada para evitar que se tomen decisiones que inciden en el barrio sin contar con la opinión de las mujeres.
  • Promover la representación proporcional entre hombres y mujeres en las organizaciones civiles y en los espacios formales de participación política.
  • Desarrollar medios de denuncia y prevención de la violencia hacia las mujeres entre la comunidad como un asunto prioritario y no solo emergente, es decir, no sólo movilizarse cuando ya ocurrió un feminicidio, una violación, un abuso; es necesaria la organización para prevenir.
  • Diseñar la calle junto con las autoridades locales. Las plazas, los mercados, los corredores comerciales deben estar proyectados con perspectiva de género, considerando que las mujeres realizan dobles y triples jornadas de trabajo que deben acortarse. Que padecen mayores riesgos al caminar, que cuidan a otros, que cargan bultos, bolsos y utensilios que dificultan sus trayectos.
  • Facilitar los liderazgos femeninos en el barrio. No estigmatizar a las mujeres que deciden sobresalir.
  • Organizar la vida cultural, recreativa y política en horarios y con medios accesibles conforme a las necesidades de las mujeres.
  • Por último, quisiera referirme al tema del acoso callejero. Este es un tema que debe ser abordado en Tepito y en cualquier barrio de la ciudad. El acoso en la calle hacia las mujeres y niñas es la primera manifestación de violencia y discriminación hacia las mujeres, es el punto en donde se puede poner un límite a tiempo a otras formas de violencia que llegan a su nivel más alto en los crímenes de odio hacia las mujeres. Es el punto desde el cual se puede cambiar a tiempo el estereotipo que considera a las mujeres como objetos. Por eso, toda acción que se realice para la prevención del acoso callejero es el inicio de otra forma de convivencia entre hombres y mujeres.

Finalmente, creo que es necesario recordar la reflexión de Jean Jacobs, autora de “Muerte y Vida de las Grandes Ciudades” sobre la inclusión de toda persona al desarrollo de las urbes de dimensión humana: «Las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todo el mundo, sólo porque, y sólo cuando, se crean para todo el mundo».

* Ponencia escrita para el Foro de Asociaciones Civiles del Barrio de Tepito llevado a cabo en el Centro Comunitario Cuauhtémoc, colonia Morelos.

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