¿Y AHORA QUÉ?

Eh, chavales, venirse para acá, os tengo que decir algo. Sí, el rarito que estaba viendo la temporada nueva de Attack on Titan también, no te cortes. Va, ¿estáis todos? ¿Sí? Cojonudo. Escuchad con atención:

Estamos jodidos.

No, nos os vayáis todavía, dejad descansar a vuestras exhaustas manos hábiles un rato y hacedme caso. Estamos jodidos. Tú, yo y aquel. Todos. Todos los que seamos menores de, digamos, veintiún años y sigamos viviendo en este Titanic del Siglo XXI llamado país de pandereta o España o algo así. Sabéis que os incumbe, así que dejad youtube un rato, que los vídeos de gamers y gatitos van a seguir ahí dentro de quince minutos.

¿Ya? Vale.

A lo que iba, así en tono distendido, ¿qué edad tienes? ¿Dieciséis, diecisiete, dieciocho tacos? Más o menos, ¿no? Bueno, al menos estás en el nicho de edad que he comentado antes, ¿no? ¿No? ¿Y qué coño haces leyendo esto? Aire de aquí, abuelo. Vete a cambiarte el catéter, que huele fuerte ya por ahí.

Bien, ahora que estamos tan solo los interesados quería preguntaros una cosilla… ¿Que tenéis pensado hacer? Jajajajaja, nah, en serio, fuera de coña, ¿qué hacemos?

Por si no me entendéis, me refiero a qué vamos a hacer de aquí a unos años, cuando nuestros progenitores se hayan quedado sin pasta y sin ganas de aguantar nuestras necesidades ingentes de alimentos y nuestras potas a las cuatro de la mañana en el váter que ellos han pagado con su sudor y esfuerzo. ¿Qué vamos a hacer cuando nos demos cuenta de que ya no nos caben los pies en la cama de esa habitación que ha sido nuestro sanctasanctórum desde que tenemos uso de razón? ¿Qué haremos cuando un día despertemos y nos demos cuenta de que no tenemos nada claro, que simplemente vamos dando tumbos hacia adelante en el timeline de nuestra vida con la única certeza de que estamos jodidos?

Pongámonos en situación (en la mía, ya que estamos, y así doy de comer al ego un rato). Tenemos diecisiete años. Estamos en ese maldito verano que se encuentra entre primero y segundo de bachillerato, algo así como los minutos previos a desembarcar en Normandía. Sabemos que en cuanto pongamos un pie en esa maldita playa, los malos nos van a coser a balazos, pero ya no hay marcha atrás. Solo nos queda rezar y correr con los dientes apretados, esperando que los tiros (A.K.A. suspensos) le caigan al gilipuertas que llevamos al lado en vez de a nosotros.

Sí, eso está bien, pero, ¿y después?

Asumámoslo, en parte nosotros tenemos la culpa de nuestra situación. No sabemos qué mierdas se metió nuestra madre durante su embarazo, pero el caso es que la mierda del niño salió autista (perdón, artista). Compone canciones, escribe cosas más o menos serias, juguetea con los proyectos audiovisuales e interpreta a otras personas subido a un escenario o delante de una cámara. Nosotros elegimos hacer esas cosas debido a circunstancias externas más o menos importantes, pero fuimos nosotros quienes elegimos. Fuimos nosotros quienes rellenamos la puñetera matrícula del instituto de artes escénicas en el que hemos pasado el último curso, a costa del cual nos hemos inflado a follar, beber y consumir algo que olía a culo de magrebí. Nos lo hemos pasado bien, hemos escapado relativamente enteros y hemos aprendido alguna cosilla suelta (Pocas, la verdad), pero, ¿ahora qué?

¿Nos presentaremos a los temidos exámenes de selectividad? ¿Cuidaremos nuestras notas para entrar en alguna carrera con poco porvenir? (Mmm, queridísimo periodismo, me vas a dar más hambre que la música, lo veo) ¿O sudaremos de esto y nos iremos de cabeza a un grado medio o superior de ebanistería o de alguna otra cosa similar que implique no tener que leer más de lo estrictamente imprescindible? O mejor, ¿Pasaremos de todo esto y nos ganaremos la vida por las bravas, paseando una mochila llena de “cosas que los niños no deben comprar” por nuestro barrio?

Planteo todas estas preguntas porque sé que muchos os hayáis en una situación similar. Quizás en vez de a Tarantino admiréis a Edison, o quizás en lugar de rimar palabras os dediquéis a traducir a Herodoto o a Séneca, pero todos sabéis de lo que hablo. No sabemos qué va a ser de nosotros en estos años venideros, o en el mejor de los casos, nos hacemos una idea bastante desagradable. No tenemos nada claro. Cada vez se exige una mayor preparación para acceder a recompensas cada vez peores, o incluso a cambio de nada en absoluto. ¿A cuántos hermanos, primos o colegas mayores conocéis que están en el paro o currando de repartidor de pizzas con su diploma de magisterio debajo del brazo? Puede que incluso vosotros mismos os halléis en esta deplorable situación, y la cosa no tiene pinta de ir a cambiar por sí misma.

Sé que hay gente que piensa que el problema está en que, directamente, somos unos vagos. Seguramente si estudiase una ingeniería aeronáutica conseguiría un empleo incluso antes de acabar la carrera. Bien, seguramente eso sea cierto, pero quizás yo no quiera hacer eso porque no me veo capacitado, porque no despierta en mi ningún tipo de interés o porque no me da la gana. Hace no mucho, hablando de broma con un amigo, le dije que él iba a desquiciarse este año en su bachillerato de ciencias mientras que yo iba a estar relativamente relajado en artes. Su respuesta fue algo como “Bueno, yo me estoy labrando un futuro”. Quise escupirle lo capullo que era, pero reflexioné unos instantes y mi colega tenía toda la razón del mundo. Él está desgañitándose por un futuro, un futuro que imagino que a él le hace feliz, y espero que de verdad lo consiga. Yo estoy labrando mi futuro de una forma distinta, no sé si mejor o peor, pero desde luego, bastante más insegura. Y en mi instituto hay gente que está por no estar en la calle, pero también hay personas que tienen motivaciones y que estudian un número demencial de horas al día para conseguir unas buenas calificaciones. Además, tengo amigos en ciencias que, a pesar de todo su esfuerzo y sus horas de estudio, tampoco saben qué hacer con su vida y desconfían de que sus futuras carreras vayan a darles de comer, así que el problema no está en que yo sea un vago que “lo único que hace” es invertir unas dos o tres horas al día en escribir para mejorar en ello.

Por si alguien se lo pregunta, no, esto no es el discurso incendiario de un antisistema que os va a pedir que empuñéis vuestros cuchillos de cocina y salgáis a tomar el congreso. Tampoco soy el perroflauta pesado y cansino de turno en defensa de las artes y la cultura que grita a los cuatro vientos que sus ideas son más válidas que las de un estudiante de medicina de tercer año. Solo es la reflexión un tanto caótica de alguien que no sabe qué va a ser de su vida de aquí a un tiempo. Alguien que siente una mezcla de enfado, pena, rebeldía, miedo e incertidumbre. No quiero tirar mi vida a la basura, pero quiero poder comer al menos una vez al día sin tener que depender de mis progenitores. Y la cosa está difícil.

Sé que sois muchos los que os hayáis en esta situación, sí, pero creo que ni siquiera entre todos hemos encontrado una respuesta a todas estas preguntas.

Chavales, estamos jodidos.