Bitácora de la viajera

“A comer y a rascar, todo es empezar”. Así me dijo la Hermana Inés de Jesús, Carmelita Descalza marplatense, mientras me pasaba una bandeja bien surtida a través del cajoncito del locutorio del Convento de San José del Carmen, en Sevilla. Y yo agrego: “Y lo mismo a relatar”.

Hace un mes y medio atrás, motivada por el estancamiento profesional en el que me encontraba -no puedo esperar a que alguien me de una oportunidad si no me la doy yo-, tomé la loca decisión de comprar un pasaje a España para intentar hacer Teresa, el unipersonal que Mariano Moro escribió para mí. Era, podría decirse, un salto de fe: no tenía ninguna posibilidad cierta de hacerlo allá. Escribí a mis amigas Carmelitas argentinas contándoles la noticia. Eran mi única posibilidad de establecer contacto, pero si no daban frutos las gestiones, no me importaba. Ya había trazado un plan B: calzarme el hábito que generosamente nos cedieron las monjas de Luján con el que hago la obra, y cual testigo de Jehová golpear la puerta de los conventos carmelitas que pudiera al anuncio de “Sabrán disculpar la osadía, pero el mundo es de los audaces. Tengo algo para ofrecer.”

No fue necesario aplicarlo, afortunadamente. Leticia del Buen Pastor, del Carmelo de Lisieux y sobre todo, la Hermana Analuisa, de Mar del Plata, se erigieron en peculiares y diligentes representantes mías. Así fue como logré llevar la obra a Ávila (donde Santa Teresa nació), Alba de Tormes (donde murió) y a Sevilla. Y fue así como comenzó un viaje lleno de singularidades.

La primera de ellas fue el lugar donde empezó la minigira: la Universidad de la Mística, en Ávila. Me encanta ese nombre. Fundada por el Padre Maximiliano Herráiz (sobre quien me explayaré a gusto más adelante), hoy está dirigida por el Padre Francisco Javier Sancho, esta persona encantadora posando en la foto con Juan, su loro que vive en el jardín tropical cubierto -uno de los cuatro increíbles jardines con que cuenta el también llamado CITeS- y que me dio la bienvenida con unos silbiditos de lo más porteños. El loro. El Padre Francisco Javier me saludó con dos besos.

Un hall de distribución en el primer subsuelo
Detalle del jardín tropical zen donde vive Juan el loro

El edificio es muy vanguardista y habla por sí solo del espíritu de la institución. Arquitectónicamente bellísimo, tiene forma de estrella irregular de puntas redondeadas y está lleno de simbolismos relacionados con el camino espiritual de Santa Teresa y su amigo San Juan de la Cruz. 110 habitaciones para albergar gente de todo el mundo que asiste a los congresos y talleres que allí se dictan, dos comedores y cafetería, varias capillas, gimnasio, y un detalle que me llamó la atención: tiene también una sala de meditación. Cuando me metí, tuve la misma sensación que al entrar en una tekkia (espacio de ejercicios y oración) sufi. Más tarde supe que promueven el intercambio con líderes espirituales de otras vertientes, a punto tal que hace algunos años hicieron un encuentro con un Maestro de la orden sufi Nakshbandi.

La función en el Aula Magna fue muy movilizante. El público estaba conformado por espectadores de los lugares más diversos. Españoles por supuesto, pero había también grupos franceses, alemanes, estadounidenses, portugueses, brasileros e indios. Supe esto porque muchísimos de los que se acercaban a felicitar muy conmovidos, no hablaban una palabra de castellano.

En un momento, recién comenzada la obra, noté para mi sorpresa que algunas personas se reían por lo bajo. No había nada particularmente gracioso, de hecho era un pasaje en el cual la Santa se retuerce en el piso bajo el peso de su enfermedad. En la cena se develó el misterio: una señora exclamó (pónganle el acento españolísimo) “Ay! La pobrecita se ha caído!”

Al día siguiente salí a recorrer la ciudad amurallada junto a mi anfitrión, el extraordinario Padre Maximiliano. En Ávila se refieren a Teresa como La Santa. Pareciera que los abulenses no dieran el visto bueno a ninguna otra. La Santa. La primera y la última, alfa y omega de la santidad.

Réplica de la celda de Teresa. En ese cubito del rincón, arrodillada en el piso, escribió 6 libros e infinidad de cartas. Escribía de corrido, sin corregir ni tachar. Eso sí: su único acto de divismo consistía en usar solamente un tipo de pluma y de papel.

Fuimos al Museo de Santa Teresa de Jesús, emplazado en la cripta de la iglesia y convento que lleva su nombre y que supo ser además su casa natal. En la entrada había un empleado que no conocía a Maximiliano (cosa rara: Herráiz es una completa celebridad). Nos presentó para que nos permitiera pasar sin pagar afirmando: “Somos Carmelitas.” Y a mí me dio como un orgullito su uso del plural.

Hélo aquí: el cuarto donde nació Teresa, en el seno de una familia muy acomodada como se ve, y muy amorosa. Años más tarde dejaba todo eso atrás y se escapaba de su casa para meterse a monja.

Para conocer el cuarto donde nació, había que salir del museo a la calle y meterse en la iglesia. Allí, al costado del altar, estaba el acceso. El Padre iba a buscar el auto mientras yo entraba, y habiéndome dado las instrucciones para llegar me advirtió: “Puede que te detengan. Tú te aguantas y sigues igual.” Y ese primer permiso para romper las reglas empieza a pintar su genio y figura.

La parada siguiente fue Alba de Tormes. Maximiliano se había comprometido personalmente antes de mi llegada a llevarme hasta allá.

El Padre Maximiliano Herráiz

Su fama lo precede, como en esta crónica. Ya desde Argentina varias de mis amigas Carmelitas me lo pintaron como la persona que más sabe y comprende a Teresa. No por nada las monjas lo reclaman tratando de tener momentos de reflexión a solas con él, y eso fue lo primero que sucedió en Alba: la Madre Priora protestó amablemente que hacía mucho no las visitaba, y ahí nomás le pidió audiencia.

Esta vez hacía la obra en el Convento Madres Carmelitas Descalzas, sólo para las Hermanas.

Esto es un torno. Está en la entrada pública de todos los conventos carmelitas, y a través de él las Hermanas reciben a los recién llegados. Haciéndolo girar como se ve en la foto, se pueden intercambiar objetos o insumos.

Durante la función fue difícil para mí decodificar lo que les estaba pasando al verla. Me dije a mí misma que no estaba haciendo esto para agradar a nadie, y me dispuse a entregarme como siempre al devenir de la obra, estando presente en cada palabra y gesto. Cuando terminé se produjo un silencio muy prolongado. Pero muy. Fueron varios minutos. Yo no me atrevía a romperlo, pero me levanté por fin y dije: “Agradezco este silencio. Es infinitamente mejor que el aplauso.” Y ahí nomás empezaron a aplaudir. Dudaban acerca de si había terminado o no, y yo interpretando vaya uno a saber qué. Nos reímos bastante. Entonces nos pusimos a conversar animadamente, hasta que una de ellas me preguntó cuánto tiempo hacía que me había consagrado en la Orden. En fin, prueba superada.

Detrás de la florida reja, a la izquierda de los angelitos, el corazón. A la derecha, el brazo. Morbo rococó.

Al día siguiente fuimos al museo. Polémico. Hay facsímiles de los manuscritos de Teresa, objetos de su uso personal, varios retratos de ella y de benefactores de su obra, está la habitación donde murió, y las reliquias. Las reliquias son, en este caso, nada menos que su brazo y su corazón. No quiero grangearme ninguna enemistad, pero esta clase de prácticas de la iglesia un poco me hacen acordar a “Piece of me”, la canción de Britney Spears. Qué más quieren? No era suficiente con vida y obra? Parece que no. Siempre se puede un poquito más. Dale, che, copate, un trocito de algo; un cacho de ese cuerpo terrestre del que tanto Ella renegaba y esperaba trascender pronto. No era importante, muchachos. No entendieron nada. Vayan y léanla otra vez, hagan el favor.

El ala nueva del museo exhibe centenares de regalos de todo el mundo que han ido enviando a lo largo de los siglos. Sobresale la colección de moda eclesiástica de la foto. Pero lo que más capturó mi atención fue una herramienta de 1880 parecida a una rueca de madera, con un mensaje tallado: “Yo me llamo Servicial, y no Borrico”. Varios pasajes de las charlas que mantuvimos con Maximiliano tuvieron todo que ver con esa frase.

El amor es servicio. Pero el servicio bien entendido es fruto del conocimiento, no de la sumisión.

Herráiz reniega de la religión. Como a las leyes o los gestos comprobados del amor (los besos que nos damos, por ejemplo) la considera una convención y en tanto tal, una limitación desafortunadamente todavía necesaria para la mayoría de los humanos. Un conjunto de prácticas automáticas. Pero el Amor no sabe de convenciones ni de leyes ni de automatismos. Sabe de presencia atenta y de necesidades reales, entre otras cosas. El Amor sabe. El resto son cosas sin importancia.

Mi amigo me hizo notar algo en lo cual nunca había reparado. En francés, el verbo conocer es connaître. Podríamos separarlo en co y naître (nacer): nacer con. La única forma de saber es junto a otro. Somos en red, me decía Maximiliano. El conocimiento real se deriva de nuestra propia confrontación y colaboración conciente con esa red humana que nos refleja como individuos. Nótese el adjetivo “conciente”.

Hay un concepto muy teresiano, que está presente en toda su vida y obra: la determinada determinación. Liberarse del propio ego, de nuestros impulsos más reptiles, voraces y competitivos, pero también de la presión exterior, de la servidumbre. Todo en este mundo tiende a uniformarnos y adormecernos. Y tenemos una compulsión tan desesperada por agradar y ser aceptados por los demás, que nos traicionamos todo el tiempo. Perdemos nuestra singularidad, opacamos nuestros talentos y nuestra posibilidad de conectar con una fuente vital más profunda, perceptiva, empática. Queriendo ciegamente pertenecer a la red, lo que hacemos es alejarnos de ella y de su poder ilimitado, para someternos a su dimensión más baja. Santa Teresa de Jesús es Maestra en esas lides. Una rebelde conciente, promotora de la Causa más elevada: el Amor.

Así engolosinada me encontraba en las reflexiones compartidas con mi amigo recién estrenado, pero tal como él mismo también me decía, “la comida no alimenta por el gusto, sino porque tiene vitaminas y proteínas lo que comes. Alimenta el Amor y no el gusto, que no añade nada a la verdad del Amor como tampoco su falta le quita nada” Todo esto para dejar atrás momentos tan valiosos y continuar relatando el devenir de mi viaje, que iba a ponerse un poco más medieval.

El locutorio. A través del cajoncito de abajo me pasaba Inés de Jesús la bandeja suculenta.

Porque esa fue la sensación que tuve al llegar al convento de San José del Carmen, en Sevilla. El lugar fue fundado por Teresa en 1575 y, a diferencia de Alba de Tormes, las áreas de locutorio (el lugar de reunión de las Hermanas con la gente que viene de visita, única parte además en el convento a la que los de afuera podemos entrar) no fueron reformadas.

Llaverito

Justo ese día, Inés de Jesús, mi anfitriona, cumplía nada menos que 35 años de su llegada allí, de manera que la obra fue una feliz celebración. La haría nada menos que en el altar de la iglesia. A través del torno me pasaron el llaverito de la entrada pública: primera sorpresa. La puerta en cuestión tenía, como es de esperar, dimensiones acorde a las de la llave que la abría, la más grandecita de la foto.

http://www.youtube.com/watch?v=MfmpL9ZAvZI

No fue fácil la apertura, había que accionar a la vez la llave y un pestillo con la otra mano. Nótense en el video ilustrativo la dificultad y sobre todo, el sonido delicioso de metal y madera trabajando juntos. Después de un pequeño forcejeo cuerpo a cuerpo con la puerta, me esperaba otra sorpresa. Escenario listo y esplendoroso, y en esa quietud propia de las iglesias, el sonido angelical de las hermanas cantando desde un recinto enrejado al costado del altar, donde escapaban de la vista. En ese momento sin tiempo volví a percibir la dimensión sagrada del teatro y de mi tarea. Soy la oficiante de un ritual, el canal a través del cual algo se manifiesta y es comunicado.

En la sacristía a la derecha, preparado también estaba mi hábito recién planchado por Inés de Jesús. Me emocioné. Pensé en el largo camino que me había llevado hasta ese día y lugar con esas personas, que no era precisamente el que me separaba de Argentina.

Estaba también esta vidriera con reliquias más amables de Teresa, incluido el original del famosísimo retrato pintado en 1576 justo en ese convento por Fray Juan de la Miseria, pintor amateur no muy talentoso, por encargo del Padre Jerónimo Gracián, de unos 30 años, de quien ella se enamoró perdidamente cuando contaba unos 60 carnavales. Parece que cuando le mostraron el cuadro terminado, Teresa exclamó: “Dios te lo perdone, Fray Juan, que ya que me pintaste, me has pintado vieja, fea y legañosa!”

Actué. Mis espectadoras se emocionaban, se reían en complicidad con los momentos de zozobra o debilidad de la Santa, tenían una presencia tan activa o más incluso que la mía. Nos abrazamos fuerte al terminar. Conversamos un buen rato, y mencioné en un momento que soy casada. Más tarde, luego de la cena y ya despidiéndome de las últimas, se acercó a mí una de ellas -japonesa, por si a este relato le hiciera falta mayor exotismo-, y me confesó: ‘Cuando dijiste que eras casada, me desilusioné; pensé que tal vez te gustaría consagrarte con nosotras…” y yo morí de amor. Me regalaron un rosario nuevo para reemplazar al de mi vestuario, que se había roto. Entre las monjas de Luján que me regalaron el hábito, las de Lisieux que me explicaron el simbolismo de sus partes y me regalaron la cruz oculta bajo el escapulario que lo completa, y ahora las de Sevilla, creo poder afirmar que tengo las mejores y más peculiares vestuaristas.

Y así concluyó esta minigira improvisada de apenas cuatro días en la tierra que vio nacer y morir a mi Santa, pero todavía me quedaban reflexiones.

Pensaba en el sentido actual de ser monja “de clausura”. Originalmente, la idea de Santa Teresa de Jesús al formar comunidades de mujeres recluidas fue ni más ni menos que protegerlas de la violencia de los hombres, evitar que fueran sólo máquinas de parir y saciar varones, a la vez que ofrecerles un espacio en el que pudieran desarrollarse tanto intelectual como espiritualmente. El mote de “clausura” es un invento masculino, me esclareció Maximiliano. La reclusión era una oportunidad de supervivencia física, psíquica y espiritual: un acto de rebeldía y libertad.

Asumiendo que hoy las mujeres estamos mejor que en la época de la Inquisición -aunque sigamos padeciendo igual que los varones salvajemente adoctrinados las consecuencias de aquella campaña atroz contra nuestro género-, resulta bastante natural cuestionar la necesidad de apartarse de un mundo que aparentemente florece de posibilidades y cosas lindas para disfrutar. Pero habíamos quedado en que sin conocimiento no hay Amor. Corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por la marea poderosa del prejuicio.

He tenido el enorme privilegio de poder conversar con algunas de estas mujeres que tomaron la decisión de profesar en el Carmelo Descalzo. Y no viven en un raviol, eh? No son ingenuas. No escapan a las pasiones y miserias que todos vivimos. No las niegan ni las condenan. Las observan, las comprenden y las subliman. Las transforman en la plataforma de despegue hacia una realidad más conciente y amorosa. La pequeña comunidad en la que habitan funciona como una lente de aumento, o como un laboratorio: es la muestra que el bioquímico deposita en la placa de Petri para la observación de su comportamiento. La principal diferencia es la intención en el proceso; ellas buscan Evolución Conciente. Esta comunidad sobre la cual trabajan es una muestra de la Red Humana que somos, y ellas generan Evolución confrontándose y colaborando concientemente con su minired. Hace falta muchísimo coraje y rebeldía para renunciar a las dudosas oportunidades y placeres que ofrece el mundo, dejar atrás gente querida -que aún probablemente reniega de la elección- y entregarse por completo a lo esencial: el Trabajo Interior.

En esos conventos no hay mujeres clausuradas. Hay mujeres libres irradiando Evolución.

Y con humildad teresiana lo digo (esa que celebra el brillo singular de los propios talentos en servicio a la Humanidad), me llena de alegría que ellas, mis Hermanas, reconozcan en mí, de este lado de la reja, a una mujer libremente entregada al Trabajo del Amor.

Gracias.