Sinécdoque

Todos escondidos. Así estábamos ayer en la fiesta de lanzamiento de la temporada en Mar del Plata organizada por Espacio Clarín. Fuimos convocados a las 18 en el Club El Progreso. Nada menos. El mismísimo sitio en una de cuyas mesas velaron a Leandro N. Alem, luego de dispararse en la sien dentro de su carruaje camino al club.

Apenas llegando ya en la vereda nos encontramos con un elenco que llegaba también: El Mago de Oz. Una Dorothy rubia, bonita, delgadísima, muy joven, inexplicable e innecesariamente muy operada, con una falda cortísima, zapatillas rojas con algunas lentejuelas, medias bucaneras color petróleo con perlitas aquí y allá y el contorno de un corazón lumínico en la panza, sobre la blusita blanca. Llegaba en un auto antiguo, acompañada del León y el Espantapájaros que no sé cómo podían soportar tan sonrientes el calor del peluche y la camisa de franela. Más adelante, ya adentro, conecté un breve momento con el León, el que buscaba Coraje: revolvió un bolsito y me regaló un chupetín de paleta. El que no vino fue el Hombre de Hojalata. No vino el que buscaba un Corazón.

Qué vulgar es el ego. El lugar estaba atestado de gente que se movía mucho para cruzarse con la mayor cantidad posible de personas y trataba de llamar la atención al unísono, pero entonces la cosa se ponía complicada porque si todos queremos ser vistos y ninguno está mirando, tenemos un problema. Muchas cirugías, muchas siliconas y sonrisas forzadas, un señor grandote que mostraba con orgullo su traje de Matices, atuendos estrafalarios en damas y caballeros, caballeros exhibiendo jóvenes señoritas muy retocadas. Una fiesta del ambiente artístico con poquísimos artistas. Sentada en la entrada del salón, Marikena Monti. No la conocía, y fui directo a saludarla diciéndole “La única diosa del lugar”. Hablamos unas pocas palabras lindas y continuamos con Juan corriéndonos al interior.

Más adelante, en un pequeño refugio que supo detectar la sabiduría perceptiva de su cuerpo, donde estaba a salvo de los empujones pero también era fácilmente visible, estaba Maximiliano Guerra, en modo Jurado de Talento Argentino ON. Una buena máscara para la ocasión. Me lo presentaron y le dije: “Algún día quisiera bailar una chacarera con vos.” Me respondió sin sonreír pero con cortesía “Cuando quieras”. Voy a tenerla preparada en mi Spotify. Ya sé cuál, incluso. Fortuna, Fama y Poder, de Peteco Carabajal. Escúchenla aquí, por favor, mientras leen lo poco que queda. Levanta hasta a los muertos.

El calor era intenso, el bullicio también, pero lo más intenso era esa energía de floreo. La cola del pavo real ocupa demasiado espacio cuando está abierta. Esto era como si todos tuviéramos calzado un tocado de Marí Marí en un corsódromo de 2 metros por 1. Me sentía avasallada. Sopesaba el daño que me hace la vulgaridad.

Permanecimos diez minutos como mucho, nos perdimos figurar en la foto colectiva y fuimos a refugiarnos al Novotel, justo a la vuelta del Progreso. Qué patria acogedora la de los hoteles grandecitos. Uno podría estar en cualquier lugar del mundo dentro de uno de ellos, así que son buenos para escapar un poco de lo que sea que uno quiera escapar por un momento estando en la ciudad donde uno vive. La foto es en el patio.
Y como siempre Juan Acosta, mi amigo fiel, catalizando negatividades: “Mi Maestro decía que siempre estamos jugando personajes. Lo peligroso es cuando volvemos a casa y nos creemos el rol.”

Frente a uno mismo, no pueden haber máscaras. Entonces yo ahora, aquí, en soledad, me quito las mías, como para ejercitar el coraje que nos faltaba con el León. Yo escuchaba a mi amigo decir eso y me aliviaba ponerle un nombre a mi malestar. Entendía que yo también había jugado un rol, sin proponérmelo. A pura reactividad. Y me lo había creído. Yo jugaba el rol del distanciamiento de lo que consideraba la chusma. Tilinga de mí? Seguro. “Qué daño me hace la vulgaridad…!” Cómo no. Si yo también me vuelvo vulgar cuando noto que nadie me mira ni repara en mí. No es el colmo de la vulgaridad acaso el pensamiento de “Esta Vulgarcita no me llega ni a los talones y sin embargo la están mirando”? O algo como “Soy divina, inteligente, sensible, bonita, soy una Verdadera Artista y nadie parece notarlo”? Y voy un poco más allá aún: no es igualmente cuestionable considerarme “el colmo de la vulgaridad”? No es otro personaje que viene a suplantar a aquél? Al final es cierto. Mi vulgaridad me hace daño. Necesito refinarme.

Qué útil y poderosa fuerza de tracción la del Ego. Mi Ego es mi maestro, si sé escucharlo y observarlo. Y cuando a conciencia le doy el espacio justo para que juegue su rol, puede llevarme a lugares interesantes e insospechados. Lo reafirmo una vez más: linda metáfora la del Club El Progreso.

Sinécdoque: la parte por el todo o el todo por la parte.

El Mundo es el espejo de mi micromundo y mi micromundo es el espejo del Mundo. Me alegra cuando logro observar con desapego mi reflejo.