¿Por qué los exámenes tradicionales de traducción no sirven?

La manera en que traducimos mejora con la práctica. La experiencia, la exposición reiterada a textos que necesitan pasar de una lengua a la otra y la habilidad para aprender de los errores y no volver a repetirlos hacen que seamos mejores traductores. Por eso, no creo que se pueda estudiar «traducción». Se pueden estudiar teorías sobre la traducción, gramáticas, historias de la literatura, pero no se puede estudiar traducción. Todos los conocimientos adquiridos son herramientas para traducir mejor, herramientas que se utilizan en el momento en que estamos traduciendo.

Como no se puede estudiar traducción, no se pueden tomar exámenes de traducción.

Aunque se puede considerar la situación de examen tradicional como obsoleta, insuficiente y causante de segregación intelectual, es útil en muchos sentidos. Si el examen ayuda a pensar lo que estudiamos, permite elaborar en palabras propias lo que entendimos y no se limita a pedirnos que calquemos con exactitud lo que dicen los libros es una instancia donde se aprende y donde el docente puede evaluar nuestro desempeño. Esta eficacia que demuestran los exámenes para determinadas áreas del saber, no se aplica al campo de la traducción por diferentes motivos.

  • Factor suerte: el tiempo de un examen es limitado. Y en ese tiempo hay que activar todos los léxicos mentales que tengamos porque el diccionario en papel no es suficiente para encontrar la palabra precisa. A veces tenemos suerte y aparece el término que necesitamos. Pero a veces no. Justo en el momento del examen no se nos ocurre o no encontramos esa expresión que habíamos escuchado una vez y que creemos que quedaría bien. Al docente no le importa que no hayas tenido suerte. Lo único que le interesan son las «respuestas» que entregaste y si esas respuestas no son apropiadas, la nota de tu examen va a ser poco feliz.
  • Limitación de los recursos: todos los traductores trabajamos con Internet. Bueno, no todos. Algunos se jactan de que su trabajo es «artesanal» y que por eso no recurren a la tecnología que funciona con electricidad. Otros consideran que su léxico mental es lo suficientemente grande como para consultar Internet, espacio que juzgan como impreciso y desaforado. Respeto estas actitudes, pero no las entiendo. Si no existiera Internet, a lo mejor no me hubiera metido en una carrera de Traducción. Me parece un recurso fundamental para buscar diccionarios, consultar foros, leer páginas escritas en otras lenguas, entrar a la otra cultura sin moverme de mi casa. La prohibición de usar Internet en los exámenes que toman algunas instituciones de educación formal atenta contra la calidad de las traducciones porque limita las opciones lingüísticas a elegir.
  • Reposo: en un examen, dure lo que dure, el tiempo siempre es escaso. Todos los traductores somos obsesivos y revisamos mil veces nuestra traducción hasta considerar que hicimos algo bueno (o al menos no tan malo dadas las circunstancias). Como el tiempo es reducido, la traducción no puede reposar. No podemos dejarla sobre el banco, ir a tomar un café y mirarla de nuevo. En tan poco tiempo no podemos olvidar las palabras que usamos para después corregirlas con sagacidad. Toda traducción tiene que descansar, aunque sea unos 45 minutos, para que al mirarla de nuevo los errores salten a la vista y se puedan eliminar.
  • Longitud excesiva: el docente arma el examen en su casa. Antes de sentarse a prepararlo seguro que ya había separado algunos textos que le interesaba darles a los alumnos para que tradujeran. Piensa las consignas, las organiza, las mezcla. Pone algunos ejercicios de traducción inversa y otros que apelan a la creatividad. Pero cuando termina de armar el examen, no lo resuelve. Por supuesto que ya sabe las respuestas, el hecho de resolverlo sería como un experimento para calcular el tiempo que lleva hacer el examen de principio a fin. Entonces, eso que le parece un perfecto retoño del conocimiento es en realidad un monstruo enorme. El monstruo enorme se presenta, en el aula, como un examen de varias páginas, con múltiples ejercicios y justificaciones interminables. Nadie logra resolver un examen así de manera óptima.
  • Preguntas inoportunas: al momento de traducir influyen mucho los conocimientos previos o aquellos adquiridos más allá de la clase. Los alumnos que estudien otra carrera, que lean mucho, que tengan más calle o curiosidad, van a traducir mejor que los que creen que la única transmisión válida está en la facultad. Estos conocimientos extra son deseables, pero el docente no puede pretender tomarlos en un examen sino los enseñó en clase. Mucho menos puede sumarles puntos extra a los que pusieron esa información que no era conocida por todos. Lo que se tome en un examen tiene que haber sido charlado y acordado de antemano, con la información para estudiar disponible a todo el alumnado.

En lugar de los exámenes tradicionales de traducción, propongo que los alumnos entreguen traducciones a modo de trabajo práctico. El docente da las consignas en clase y se dispone una fecha de entrega. En el lapso de tiempo contenido entre el día que se obtuvo la consigna y el día que hay que llevar el trabajo resuelto, los alumnos pueden ir a clase de consulta, investigar en Internet, hablar con especialistas o juntarse con otros compañeros a intercambiar opiniones. Si se quiere evitar que los alumnos se copien, se les pueden otorgar consignas distintas.

Los trabajos prácticos de traducción eliminan los aspectos negativos que están presentes en un examen tradicional. Son una buena forma de evaluar las habilidades de los alumnos y además son más cercanos a la esfera laboral, donde los traductores pueden usar Internet y trabajar desde su casa. Sería bueno que los encargados de la educación formal dejen de lado sus deseos sádicos de hacer sufrir a los alumnos y, en cambio, aspiren a formar mejores profesionales.

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Originally published at haciendocosasconpalabrasblog.wordpress.com on January 14, 2014.