Traducción literaria: ¡qué linda que sos!

Para los traductores que queremos entrar al mundo de la traducción literaria, el panorama es bastante desolador. Se dice que es un lugar bastante hermético, donde las editoriales siempre contratan a los mismos y les pagan sumas tristísimas. Además, en el afán de exportar libros a otros países de habla hispana, las traducciones se realizan en «castellano neutro», un invento que uniforma todas las obras literarias y les quita su riqueza lingüística.

Algunos colegas destacados propusieron una ley para cambiar el estado actual de la traducción literaria en Argentina. A lo mejor en unos años la remuneración apropiada, la propiedad intelectual de la traducción, los contratos fehacientes y un porcentaje sobre las ventas del libro traducido dejan de ser deseos y se transforman en realidad.

No puedo esperar. Quiero traducir para editoriales, pero quiero hacerlo bien. Quiero cobrar lo que corresponde por un trabajo que requiere mucho tiempo, concentración, investigación, olfato, pericia, relectura. Y también quiero utilizar mi lengua madre, que es el castellano rioplatense. Aunque existen editoriales del país que utilizan esta variedad, no sé si en algún momento van a ser mayoría. Las otras solamente quieren vender mucho y por eso necesitan exportar.

Por suerte, construí un lugar para descargar mis pulsiones de traducción literaria al castellano rioplatense: acá. En haciendo cosas con palabras voy a publicar experimentos de traducción. Van a ser fragmentos de novelas, cuentos cortos, ensayos narrativos.

En Argentina, una obra es de dominio público setenta años después de la muerte de su autor. Como no quiero meterme en los terrenos pantanosos de la propiedad intelectual, voy a traducir textos escritos por personas que fallecieron hace 71 años (sumo un año por las dudas). Algunos los voy a sacar de Project Gutemberg, otros de mi biblioteca de papel. Si traduzco a autores nuevos que encuentro en Internet o por ahí, va a ser después de haber conseguido su autorización.

Para traducir «bien», la práctica es fundamental. Por este motivo creo que las traducciones van a mejorar a medida que la experiencia aumente. Pero también hay ciertas particularidades de la traducción literaria que hay que tener en cuenta siempre, así sea el primer trabajo que hagamos o el 543. Ordenadas de manera arbitraria, propongo algunas reflexiones y estrategias importantes a la hora de transportar un texto de ficción de una lengua a otra.

10 reflexiones y estrategias sobre la práctica de la traducción literaria

  • Contenido + forma: en literatura, no solo importa lo que se dice sino cómo se lo dice. Al traducir, es esencial respetar la forma que el autor eligió para expresarse, porque como traductores no podemos tomarnos la atribución de cambiarla. Si estamos leyendo una oración donde la sucesión tema/rema (la información conocida y la incorporación nueva de información) no nos convence, no podemos torcerla como nos parezca. Si hay una ambigüedad, no hay que eliminarla para facilitarle el trabajo al lector. Las decisiones que el autor tomó cuando escribió su texto son suyas y por más que no respondan a nuestra cosmovisión, ellas nos gobiernan. Toda posible modificación debido a diferencias en las lenguas fuente y meta o como forma de resolver algún otro inconveniente lingüístico, debe estar fundamentada y explicada.
  • Lectura instrumental: cuando leemos por placer, no prestamos atención a los detalles. Nos dejamos llevar por la narración, las intervenciones de los personajes, los movimientos provocados por las acciones. En cambio, al leer por trabajo, aquellos aspectos de la obra que puedan generar dificultades tienen que revelarse en la lectura minuciosa. Ya sea la sintaxis, la puntuación o la traducción de alguna metáfora, tenemos que tener la mente bien afilada para poder captar situaciones que vamos a tener que resolver al trasladar el texto a otra lengua.
  • Palabras: cada palabra tiene ecos, despierta asociaciones, connotaciones, sensaciones específicas. Como traductores, tenemos que reproducir el mismo efecto que producían las palabras en su lengua original. Para elegir el término o expresión adecuada, es necesario recurrir a Internet o a una biblioteca para consultar diccionarios, enciclopedias, libros de referencia. Los foros, las consultas a colegas y hasta un viaje al lugar geográfico donde transcurre la obra que estamos traduciendo están a nuestro alcance para proveernos ayuda. No hay que quedarse en la comodidad, en el «no encontré nada» ni tampoco confiar solamente en los datos que están en nuestra cabeza. Hay que aprovechar todos los medios disponibles.
  • Conocimientos enciclopédicos: antes de comenzar a trabajar, el profesional de la traducción tiene que conocer la vida del autor, el espíritu de la época en la que escribió y algunos otros textos de su producción intelectual. Estos datos no son superficiales, sino que brindan la posibilidad de entender aspectos de la obra que, si nos limitamos a la obra sola, son indescifrables. Conviene ir de lo general a lo particular: primero leer sobre el autor y la obra en alguna enciclopedia sencilla (que a veces se equivoca) como Wikipedia; después, leer la obra a traducir y finalmente, acceder a algunos análisis de la obra que debemos traducir y a otras producciones del mismo autor. A lo mejor el tiempo no permite realizar tantas averiguaciones, pero cuánto más se sepa acerca de la obra, mejor será la traducción.
  • Fluidez: respetar la forma de la obra es fundamental, pero a veces hay que modificar un poco la sintaxis para que la traducción «respire» de la manera adecuada. Para lograr la fluidez, el traductor debe conocer en profundidad la lengua meta, porque así sabrá evitar los calcos y la utilización de una sintaxis que no sea propia del castellano (digo castellano porque es mi lengua madre, pero esta afirmación se adapta a absolutamente todas las lenguas del mundo).
  • Patronímicos y topónimos: considero que los patronímicos (nombres de los personajes) deben conservarse en su lengua original, a no ser que resulten impronunciables en castellano. Todavía no me decido acerca de qué postura tomar en relación con los caracterónimos: nombres propios simbólicos que resaltan algún aspecto de la personalidad del personaje. Por un lado pienso que habría que traducirlos porque la persona que accede a nuestro trabajo lo hace porque no comprende la lengua original en la que una obra fue escrita. Pero por otro lado, me parece que por cuestiones culturales y geográficas hay que mantenerlos. Por ejemplo, en la serie Lost, todos los personajes tienen caracterónimos: el apellido del líder es Shephard (muy parecido a shepherd: pastor), el de la «mujer salvaje» es Rousseau, el del hombre escocés es Hume y así sucesivamente. Si bien muchos tienen apellidos que están ligados a personas famosas, sheperd en inglés es un sustantivo común, pero no me parecería correcto que el personaje se llame Juan Pastor (=Jack Shepard) porque es un estadounidense blanco, de clase media alta, que tiene un nombre acorde al grupo social donde nació. En cuanto a los topónimos (nombres de lugares geográficos) considero que hay que utilizar la traducción «tradicionalmente» aceptada (New York = Nueva York). Si esta traducción aceptada no existiera, transferiría el nombre original. Algunas instituciones de carácter prescriptivo proponen ciertas soluciones que, sin considerarlas como la única respuesta posible, pueden resultar útiles.
  • Reposo: es necesario que dejemos descansar la traducción. Esto implica dejarla de lado al menos un día, para después examinarla con otros ojos. El nuevo encuentro con lo que hicimos nos ayuda a identificar errores que no consideramos como tales en el momento mismo en el que estábamos traduciendo. Además, releer, sobre todo en voz alta, nos indica si el ritmo es apropiado, si las palabras fluyen o suenan entrecortadas, si cometimos algún error de sentido. El paso del tiempo hace que olvidemos el original, por lo tanto al volver a mirar nuestra traducción vamos a percibirla como si fuera un texto autónomo escrito en castellano. En ese momento las correcciones van a ser inclementes.
  • Notas al pie: cuando leo un libro no quiero que el mundo cultural esté suavizado. Quiero sumergirme en esa cultura, saber los nombres «verdaderos» de las comidas, de los bares donde los personajes se reúnen, de las fiestas que celebran. Por eso me gusta que el traductor no modifique la obra para explicar o neutralizar una referencia cultural que pueda ser inédita para el lector, pero sí quiero que me explique aquello que puedo no saber mediante el uso de notas al pie. Aunque algunos consideran que las notas al pie entorpecen la lectura, creo que su uso moderado es indispensable en el caso de obras que fueron construidas dentro de una sociedad muy diferente a la de la lengua meta. Como traductora también estoy a favor de utilizar este recurso para no inmiscuirme en el texto original.
  • Decisiones: la traducción es más arte que ciencia, motivo por el cual no hay soluciones absolutas. En algunas ocasiones, incluso, es probable que muchos de los puntos expresados en este decálogo no puedan aplicarse o sean inoperantes. Tener un marco teórico o un punto de partida o una serie de creencias sobre la traducción antes de empezar a trabajar es importante para saber qué le haríamos y qué no a un texto. No obstante, en la práctica aparecen variables inesperadas. Ante la emergencia de una palabra o fragmento que genera dudas, el traductor debe tomar decisiones. Esas decisiones suelen ser difíciles porque no solucionan los problemas de manera integral: siempre se pierde algo. Los traductores quedan insatisfechos y su trabajo, sujeto al escrutinio público. La mirada crítica del otro a veces desconoce lo complicado que es traducir, lo arduo qué es tener que dejar metáforas o ambigüedades afuera, la cantidad de factores que confluyen para que una traducción sea buena. Todos tenemos que tomar estas decisiones, pero quienes traducen para editoriales están más expuestos porque mucha gente tiene acceso al resultado de su trabajo.
  • Castellano rioplatense: la discusión acerca de a qué dialecto del llamado «español» se traduce no va a terminar nunca. Están los que sostienen que hay que traducir a una lingua franca, un castellano neutro que pueda ser comprendido en todos los países de habla hispana por su aparente pureza y la ausencia de modismos regionales. Otros sostienen que cada traducción tiene que realizarse en la variedad dialectal de los lectores. De este modo, quien lee siente que la obra está en su misma sintonía lingüística, que no le pasó por encima la aplanadora normalizadora y le acható la personalidad, que es un alivio leer insultos o términos sexuales propios y no «polla» o «gilipollas» o los más pacatos tolerados por el castellano neutro. Este es un tema muy complicado y que genera muchas discusiones entre los traductores. Si bien estoy a favor de las traducciones realizadas al castellano rioplatense, algunos amigos-colegas tienen posiciones distintas que me dejan pensando. Una amiga dice que si está leyendo una obra estadounidense traducida al castellano rioplatense, no puede creer que esos personajes estén, por ejemplo, en California: ella los sitúa mentalmente en Buenos Aires o Rosario. No concibe que dos personas en California se traten de «vos». No estoy de acuerdo: esas dos personas siguen estando en California, sé que «en realidad» hablan inglés, pertenecen a una cultura distinta a la mía pero yo accedo a esa cultura mediante una lengua que sí me pertenece. En otro momento voy a escribir específicamente sobre el uso del castellano rioplatense en la traducción, porque quiero informarme más acerca de este tema tan obsesionante.

La traducción literaria es una práctica difícil. Requiere de muchos conocimientos lingüísticos y culturales, de paciencia, de sagacidad, de humildad, de actitud crítica, de respeto. Por lo general, la paga por esta tarea no es apropiada y el tiempo para realizarla es escaso. Sin embargo, muchos traductores no la cambiarían por nada. No sé si nos gusta por amor a la literatura, porque es más divertida que traducir un manual o porque brinda una sensación de libertad acompañada de responsabilidad que es peligrosa pero fascinante. No sé por qué, pero a pesar de su complejidad, la traducción literaria es irresistible.

Like this:

Like Loading…

Related


Originally published at haciendocosasconpalabrasblog.wordpress.com on December 4, 2013.