Miedo

Silverio Cabrera González tiene 94 años y es mi abuelo. Materno. Lo he visto al borde de la muerte en tres ocasiones. La primera no tenía suficiente consciencia de lo grave de la situación. Tenía ocho años y era egoísta. Lo único que me dolía es que en mi cumpleaños y en vacaciones de navidad y reyes mamá estuviera ausente. Lloraba abajo de mi cama para que ni mi hermano ni mi papá me preguntaran nada. Quería a mi mamá ahí. A mi abuelo igual, pero sólo para que mamá estuviera también. Las enfermedades crónicas son males que se meten a las casas como plagas de tristeza. Todo se ve doloroso y cruel. Arde cada palabra, cada gesto, cada suspiro, cada lágrima, no del enfermo sino de quienes lo cuidan. En este caso de mi madre. En ese entonces creía que bastaba con no querer sentir dolor para sonreír y dejar de llorar. No sabía que el malestar, el desgaste, la tristeza y la desesperación son bolas de nieve que una vez que dan el primer giro son muy difíciles de parar. Bronconeumonía con falla renal. Ese año los reyes me trajeron una moto a control remoto. No tenía marca, pero ahora sé que mi papá me la hizo. Aún funciona y él la ocupa para sus experimentos de programador. Un año después mi abuelo andaba por la vida como si nada. Mi mamá no volvió a ausentarse en ningún cumpleaños, hasta que ella y mi papá se enfermaron de algunas cosas delicadas. Piedras en la vesícula. Triglicéridos altos. Tenía 10 y 11 años respectivamente. Ya no me escondía abajo de una cama, sino que me llevaba a mi perro a algún parque y ahí me echaba a llorar. Mi abuelo y yo estrechamos nuestra relación cuando me dio una infección en las vías urinarias. Jugamos más. Hablamos más. Nos hicimos muy cercanos. Empecé a quererlo a él más que a mis propios padres. Me di cuenta de lo mucho que cuidó de mi hermano y de mí desde el primer día que se mudó con nosotros, cuando yo tenía 6 años y él acababa de perder su casa. Desde ese entonces me volví indispensable para él y él para mí. Mi hermano se fue de casa cuando yo tenía 14 años, pero él no lo resintió, no lo extrañaba, me decía. Yo sí lo extrañé mucho tiempo, pero aprendí a vivir sin él. Nosotros jugábamos baraja y mirábamos algunas caricaturas que me gustaban, veíamos los programas viejos que le gustaban, como el chavo del 8 y los Polivoces. En el 2013 yo tenía 17 años y él 89. Él perdió un hijo y yo a un tío al que adoraba. Los dos nos quedamos tiesos en la funeraria dos días, sin comer, sin hablar y sólo nos mirábamos para llorar. Luego vino el infarto. Y ahí, supe lo que era el miedo y el dolor. Pero él no murió. Después de un año de cuidados intensivos volvió a hacerse independiente. Yo me fui, como lo había hecho mi hermano y lo dejé. El día que me mudé él no quiso irme a dejar a la terminal, yo recuerdo haber llorado todos los 230 kilómetros que me separaban de mi casa de toda la vida, pero sobre todo de mi abuelo y de la seguridad que su presencia me daba. No había día que no llegara y él estuviera ahí, sentado o arreglando el jardín. Luego él volvió a tener un infarto un año después de que me mudara. Esa vez realmente fue grave. Tuve tanto miedo que pasé casi un mes sin dormir. Lloraba a diario y me sentí desmembrada. Él se moría a diario, frente a mis ojos. Nadie daba qué le pasaba. Estuvo 3 meses en esa agonía, de los cuáles sólo un mes lo viví junto a él. Me acostaba en el suelo, junto a su cama y esperaba a que aullara y repitiera palabras inconexas, entonces le ayudaba a orinar, lo acostaba y todo se volvía a repetir. Mi mamá, mi papá, mi hermano y yo envejecimos como diez años. Yo bajé 7 kilos. Mi mamá 10.

Ya pasaron dos años de aquello. Él no ha recuperado su autonomía. Tiene 94 años. Realmente no creo que la vaya a recuperar. Yo vengo todos los fines de semana a estar con él, porque no hay nadie que lo cuide. Cada vez tiene más miedo. Cada vez me recuerda menos. Cada vez me ama menos. Cada vez tiene más miedo y me trata mal. Me grita. Se enoja conmigo. Pienso en que mi madre vive eso a diario y que yo estoy lejos y que él no sabe cómo decirme que soy una estúpida a 230 kilómetros de distancia y que me extraña y que desearía que nunca me hubiera ido. Todos sus hermanos están muertos. Todos sus amigos están muertos. Su memoria lo abandona y él se siente encerrado en una casa en la que siempre se creerá un extraño. No recuerda ya mi nombre. Pero a veces, como destellos, encuentro en su plática, a mi abuelo, a mi Silverio, a sus recuerdos precisos, a sus consejos sabios, a sus palabrotas grotezcas, a su acento costeño. Entonces pasa. Vuelve a olvidar. Y a mí sólo me quedan el frío y el miedo a la soledad.