
Carretera, costa y jejenes
4 amigos, una playa y un sumario de conversaciones
Una luz pálida y neblinosa se asomaba por la ventana. Ya son más de las 5, pensé mientras batallaba con las lagañas. “Levántate, David” dijo mi hermano tras la puerta de mi cuarto. Gracias a Dios, la noche anterior dejé el morral listo, sino el zafarrancho de mi hermano -a las 5.40 de la mañana- hubiese sido legendario. A las 6:00 a. m. salimos de casa para reunirnos con otro hermano y una amiga, para luego re-encontrarme con los acordes del vasto reino de Poseidón.
Según el itinerario, nos encontraríamos con Ana K. a las 7:00 a. m. La llamamos a esa hora y recibimos una frase venezolanísima por excelencia: “ya voy llegando” y seguro se estaba levantando de sus sueños de afrodita, porque llegó 45 minutos después. Nos montamos en su auto y marcamos la milla hacía Higuerote.
De ida, la danza, los símbolos tribales, los recuerdos de la infancia y recientes anécdotas fueron los temas de conversación que acompañaron los kilómetros que nos separaban del mar. Llegamos a Higuerote, cruzamos y una carretra limpia y sin baches nos guió a Chirimena, buscando el aire salado de playa Corrales, no sin antes desayunarnos cuatro empanadas (por mi parte) de la zona, ahí no son pichirres con el relleno, apenas muerdes la masa, te sale al encuentro el pollo desmechaito, el atún guisadito o la carne molida bien aliñadita.
Estacionamos. Bajamos la cava. Y a un solo trote, bajamos por un caminito empedrado hasta un letrerito que rezaba Bienvenidos a playa Corrales, detrás del cartel mis pies se toparon con el suave tacto de una alfombra de cesped como las que forran los campos de golf, solo que ésta forraba la arena de playa. Curioso, pensé. La naturaleza y sus caprichos.
Buscamos el toldito que sería nuestra choza por ese día, nos acomodamos y ¡chupulún! pa‘ el mar. La marea estaba fuerte, tan alto era el oleaje que se corrió la voz y en pocas horas los muchachitos de la costa, sacaron sus tablas y cabalgaban sobre las crestas de las olas.
Después de ese primer chapuzón, me senté en la butaca playera y dormí arrullado por el murmullo del océano. Al despertar (ni sé cuánto dormí) sacudí el calor con una Smirnof Red Tea (fin de la publicidad). Las horas se nos fueron en el hábito más antiguo y complaciente del hombre: la conversa.
El sol caía detrás de las, ya tranquilizadas, aguas azures. Nos tomamos una foto para el recuerdo y el Facebook. Lucimos los hinchados rocetones productos de los jejenes de Miranda que son más encarnizados que los de Vargas*. Recogimos nuestros corotos, levantamos anclas y nos fuimos.
De vuelta, hablamos sobre Game of Thrones, The Big Bang Theory y los tradicionales cuentos venezolanos de espantos y aparecidos.
Si llegaste a este punto del texto, te preguntarás porqué echo este cuento. Simple: ¡para vivir más y mejor!
Caracas es una ciudad menstrual, a veces está de buenas y otras no. Y quizá, necesitamos distanciarnos de ella, por muy breve que sea, para refrescar nuestro cuerpo y mente. Una pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que visitaste la costa con tú familia? Recuerda que el trabajo extra durante los fines de semana, no te va a re-embolsar el tiempo perdido.
Por mi parte, tenía mucho tiempo sin salir con mi hermano mayor y la pasé de maravilla. Nos hacía falta. Tuve la oportunidad de detener el tiempo y reafirmé la alegría de la vida, la gozadera del venezolano y consolidé el amor por los míos.
¡Escápense! vayan al mar y hagan como yo, que floté, respiré, hundí mis dudas y melancolías… al menos por ahora. Ojalá la sensación de la arena entre los dedos fuese para siempre.