Las calles de una ciudad nos hablan de sus habitantes aunque, muchas veces, le resulta más fácil a un fuereño escuchar lo que dicen pues sus habitantes, acostumbrados ya a su entorno, han dejado de prestarles atención y también empiezan a asumir como naturales cosas que no lo son.
Esto es lo que ocurre con los puentes peatonales. Ignoro cuándo se levantó en Cuernavaca el primero de éstos pero intuyó que no han pasado ni siquiera setenta años. No obstante, ya estamos tan acostumbrados que no vemos lo inútiles, feos, inseguros e injustos que son.
Los puentes peatonales son un monumento a la cultura del automóvil. Un vestigio del urbanismo del siglo pasado que puso en el centro de la vida urbana al auto en lugar de a los seres humanos. Se popularizaron para evitarle a los conductores reducir la velocidad aun cuando complican enormemente los trayectos peatonales, crean espacios peligrosos y afean la ciudad. Sin embargo, nos los vendieron como una forma de proteger al transeúnte.
Aunque en la mayor parte del mundo ya no existen, en Cuernavaca hay quienes quieren levantar más. Y es aquí cuando la ciudad habla. ¿Cómo es que pedimos puentes peatonales en las calles? Las razones son varias y tristes:
1. Somos una sociedad clasista que acepta que quien tiene más dinero merece mayores privilegios. Bajo el disfraz de un beneficio para los peatones, los puentes en realidad refuerzan los privilegios del automóvil sobre el espacio público. Mientras que a los peatones se les impone un pesado esfuerzo físico y una pérdida de tiempo, a los automovilistas se les permite circular libremente, sin necesidad de ceder el paso o de tener alguna consideración o de interactuar con quienes no poseen un auto.
2. No nos preocupamos por el medio ambiente y por la calidad de vida. En vez de disminuir la contaminación, el tráfico, el ruido y la fealdad, seguimos con políticas que los incrementan. Los puentes peatonales son un castigo al que sometemos a quien no utilizan el coche y, además, son escaparates para toda clase de mantas que cada vez saturan más nuestra ciudad.
3. Por último, toleramos los puentes peatonales porque somos una sociedad antidemocrática donde una minoría, la de los automovilistas, puede imponer condiciones injustas a la mayoría, los peatones.
Hace unas semanas el periodista Rogelio Ortega publicó en las páginas de este diario que algunos integrantes del Ayuntamiento pretenden autorizar a la empresa Comercializadora Rowe SA de CV la construcción de nuevos puentes peatonales a cambio de que en éstos se pueda colocar publicidad.
Como regidora me tocó tratar el mismo tema en el Cabildo. Esa vez, como hoy, me opuse a la construcción de nuevos puentes y propuse que se construyeran pasos peatonales adecuados. Hoy no solo mantengo mi negativa, sino que creo que deberían de eliminarse todos los puentes que existen en la ciudad y sustituirse por pasos peatonales.
Además, reto a los integrantes del cabildo a que me muestren un puente peatonal en alguna de las calles que recorrieron durante sus viajes por España y Suecia.
Una ciudad humana es aquella que piensa antes que nada en los débiles en lugar de privilegiar al fuerte. Es la que propicia la convivencia entre los vecinos que caminan y pasean, que piensa en todos en vez de en unos cuantos. Los puentes peatonales son resabios de un tiempo pasado, cuando la participación ciudadano era punto menos que una utopía. Y, por lo mismo, deben desaparecer.
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