Le pido perdón a toda la Cruz Verde

Desde el 4 de abril hubo días muy duros. Días de entrar en etapa de negación, de rehusarte a la posibilidad de que Venezuela deje de ser una República y se convierta en el extraño caso de un país que pasó, de la democracia más plena y consolidada del continente, a la dictadura más férrea del hemisferio. Lo más doloroso es que esto ocurrió porque la mayoría de sus ciudadanos votaron por ese proyecto. No hubo necesidad de realizar un solo disparo. El golpe de Estado fue “pacífico, electoral e institucional” desde 1999.

Ves a los estudiantes que protestan en las calles y a sus compañeros de las facultades de medicina o enfermería del país, quienes hacen de voluntarios de la Cruz Verde en medio de balas, perdigones, metras y bombas por salvar la vida de otros. Escuchas cómo dicen con entusiasmo que hay que seguir en las calles, que la protesta no se debe enfriar. Conoces la solidaridad, el amor y el altruismo, algo digno de la película más hermosa y heroica de Hollywood.

Algunos portan estampillas del Sagrado Corazón de Jesús en el pecho, rogando que Dios les permita seguir salvando vidas y no pasen a ser un número más en la lista de muertos, simplemente porque a la dictadura se le ocurrió dispararles, torturarlos o atropellarlos.

Muchos de quienes los trasladan a las protestas son personas clase media, o incluso alta, que no piensan en otra cosa sino en un país con oportunidades. No importa si les destruyen su carro, si les rompen los vidrios o si se los queman, están conscientes de los riesgos y, aún así, son capaces de asumirlos por el simple hecho de ayudar.

Piensas en el venezolano de a pie, en el que cree en la protesta y en el poder que tienen las masas para generar cambios. Piensas en aquellos que colaboran con los manifestantes suministrándoles comida, ropa, hidratación o incluso apoyo psicológico, porque todos tenemos una tarea que cumplir en esto.

A veces quisieras estar en alguno de los roles distintos al que te tocó: contar la historia. Investigar, descubrir a los corruptos, visibilizarlos, dejar registro para que sean recordados por sus abusos y facilitar su futuro encarcelamiento por violaciones a los Derechos Humanos.

Estás consciente de que a ningún corrupto le gusta ser investigado, y que hacerlo implica que te pueden mandar a matar en cualquier momento, que pueden atentar contra ti o contra tu familia. Porque una persona con dinero y poder es capaz de lo que sea por preservar lo que se robó.

Allí es cuando entra la parte más dolorosa. Investigas, revisas, indagas, contrastas y, cuando encuentras lo peor, das con nombres de “empresarios”, financistas o líderes opositores y chavistas, juntos, involucrados en los mismos negocios.

Lo haces una y otra vez, una y otra vez, hasta que llegas a la misma conclusión: estamos dentro de un cártel, una mafia completa que involucra a buena parte de las personas que manejan, directa o indirectamente, a los partidos políticos y a los medios de comunicación del país.

Negocios dudosos con el petróleo, la minería, el contrabando, la venta de armas, el financiamiento al terrorismo, el robo de dólares de Cadivi, importaciones falsas de alimentos, medicinas y un sinfín de delitos más. Cada grupo de poder en Venezuela tiene su cuota y la mayoría trabaja entre sí. Son amigos, se conocen o son socios de otros cárteles.

Luego los ves reunidos en restaurantes de Las Mercedes, los ves agendando entrevistas con la periodista más atractiva del medio para el que trabajas o prestándoles autos de lujo, avionetas o helicópteros para que se trasladen en sus giras por el país para “exponer los problemas de los venezolanos”.

Todo esto ocurre con un fin: utilizar a los periodistas y su alcance para acercarse a los poderosos y hacer negocios con ellos. En pocas palabras, enchufarse; o peor aún: aumentar su fortuna de la forma más fácil. Porque nunca se es lo suficientemente rico, ni lo suficientemente delgado.

Comienzan las propuestas sugerentes, el falso amiguismo. El “ese político es burda de pana porque se quedó hablando conmigo”. Los regalos, los “te voy a dar esta información solo a ti porque eres mi periodista de confianza”.

Los “empresarios” que invitan a eventos corporativos, ofrecen regalos, viajes a eventos internacionales y un sinfín de favores que tienen un solo propósito: CENSURARTE implícita o explícitamente.

Entonces comienzas a entender muchas cosas. El lobby para “encausar” a la opinión pública a que apoye la iniciativa de un partido político que es financiado por un empresario en específico o un político de “renombre”.

Entiendes por qué algunos políticos echan para atrás iniciativas irrenunciables. Entiendes por qué no avanzan en acciones que, por lógica, era lo que la gente en la calle te estaba pidiendo y lo que el deber te obligaba. En otras palabras, entiendes por qué algunos políticos dejan de obedecerle a la gente y se apegan a la agenda de sus financistas.

Entonces vuelves hacia los chamos de cascos verdes y te da vergüenza con ellos. Agachas la cabeza, te provoca darles un abrazo y pedirles perdón. Porque sabes que están arriesgando sus vidas por cambiar un país que se decide muchos escalones por encima de ellos. Y lo peor, tú estás en el medio.

Por eso, en estos días no he dejado de beber, de padecer de insomnio, de sufrir ataques de ansiedad, de a veces ignorar lo que ocurre o de tratar de hacer lo que pueda por controlar mis emociones. Porque no es fácil saber que la destrucción de Venezuela está en manos de un grupo de malandros por los que la gente votó para que secuestraran el país, mientras otros líderes opositores, egoístas y pusilánimes, contribuyen con su destrucción, porque es más importante los contratos y el financiamiento que puedas obtener del poder, que cambiar las cosas para siempre y tener un país donde cada uno de los venezolanos pueda construir su propia felicidad.