El Observatorio del Teide, astrofísica en la cumbre
La astronomía le sale por los poros y siempre parece estar dispuesto a hablar de cualquier cosa relacionada con ella. El astrónomo del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Miquel Serra-Ricart, está estos días impartiendo un curso de verano a estudiantes adolescentes en el Observatorio del Teide, al que me sumo por un rato después de estar en la cima más alta de España.
Este conjunto de telescopios se encuentra en Izaña, a 18 kilómetros del teleférico que permite subir al Teide.

El grupo de estudiantes está esperando para que Miquel les explique un nuevo telescopio para ellos (el OGS), instrumentos de trabajo y para someterles a preguntas que les hacen estrujarse el cerebro. Un par de elegidos que lleve a cabo un buen trabajo de “fin de curso” podrá ir con él a Groenlandia, a la expedición que observará en agosto el fenómeno de las auroras boreales.
El silencio es casi total en el Observatorio del Teide. Únicamente se oye alguna que otra brizna de viento mientras Miquel explica por qué las instalaciones del IAC en Tenerife y La Palma, con el Observatorio de Roque de los Muchachos, son uno de los tres mejores lugares del mundo (junto a Hawai y norte de Chile) para estudiar el firmamento.
Los enclaves canarios, que permiten observar todo el hemisferio norte celeste y parte del sur, se encuentran cerca del ecuador, y al mismo tiempo lejos de las tormentas tropicales.
Además, gracias a que se hallan a 2.400 metros sobre el nivel del mar, están por encima de la inversión térmica de los vientos alisios. La atmósfera, insiste Miquel, es limpia, sin turbulencias, y apenas interrumpida por la lluvia.
Tampoco por la humedad que podrían desprender las plantas. Las escasas especies vegetales que pueblan este singular espacio han sido reintroducidas por el hombre. Ante las difíciles condiciones climatológicas, se guardan la humedad para ellas.
Es el caso de la retama, como cuenta Miquel, un arbusto capaz de retener en su tupido interior la nieve que cae en invierno y enfrentarse así a la escasez hídrica.

No muchas especies vegetales pueden sobrevivir aquí con diferencias térmicas de hasta 60 grados (+30º en verano y -30º en invierno) y la incidencia de los conejos, que al no tener una especie depredadora que ayude a su control acaban buscando alimento en las plantas del observatorio.
Una familia internacional de telescopios
En este lugar cercano al Teide se reparten nueve telescopios nocturnos, dos diurnos y otros cuatro proyectos e instrumentos, como el recién inaugurado Quijote, que lleva operando unos dos años y busca si en el Big Bang se produjeron ondas gravitacionales.

Aunque de propiedad de diferentes países, como Alemania, Italia o Bélgica, todos estos instrumentos están abiertos a la comunidad astrofísica internacional. El IAC se encarga del mantenimiento del entorno y de las instalaciones con un presupuesto de tan solo 150.000 euros (según los PGE 2015).
Miquel lamenta que ya no saben de dónde recortar, y que visitas como la que recibieron hace quince días, en la que el rey Felipe VI acudió a inaugurar los telescopios del proyecto Quijote, les vienen bien, puesto que reciben “partidas extra” para arreglar el pavimento, añadir carteles explicativos, etc.
A pesar de todos los obstáculos, la comunidad astrofísica española ha conseguido llegar lejos. A cambio de mantener el entorno, los científicos españoles cuentan con un 20% del tiempo de observación con los instrumentos que acoge el IAC.
La evolución de las galaxias; morfología y dinámica de la Vía Láctea; estrellas masivas azules o arqueoastronomía son algunos de los cerca de 40 proyectos de investigación y otros tantos de desarrollo tecnológico que está desarrollando el instituto canario.
Tras una hora de explicaciones y de ver la Óptica Terrestre de la Agencia Espacial Europea, el grupo de adolescentes se va a cenar y a prepararse para una observación nocturna. Tal vez alguno de ellos inspirado por Miquel o por alguna de estas actividades llegue a formar parte del futuro de la astronomía española.
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