Ritsona, la lucha por conseguir la normalidad

Han pasado tres días desde que llegamos al campo de refugiados de Ritsona (Grecia), y aunque aún no soy capaz de tener una idea general de todo lo que aquí sucede, veo cómo las horas pasan lentas y rápidas a la vez.

Por un lado, los cerca de 700 habitantes de Ritsona llevan una vida que se reparte entre actividades cotidianas y en gran parte aburrimiento, porque no se llenan todas las horas con las pocas actividades que llevan a cabo, como construir muebles, jugar a fútbol, algunas clases de inglés...

Ritsona está a una hora y media de Atenas, en una carretera secundaria de la prefectura de Evia, entre vides y bodegas. Más de 130 tiendas se levantan en medio de un pinar, en lo que fue una zona militar. El campo depende del gobierno griego, lo gestiona el ejército del aire y cuenta con la colaboración estable de cuatro ONG Cruz Roja, Lighthouse, I am you y Echo100+, y varias organizaciones más pequeñas y voluntarios independientes.

En la zona aún quedan algunos edificios. Uno hace la función de almacén y zona de reparto de la ropa, en otro sin puertas ni ventanas residen algunas familias, y junto a los baños hay otras cuatro paredes en las que se erigirá una cocina.

En el campo no hay apenas electricidad, es decir, solo los edificios principales, las tiendas comunitarias y dos tiendas de familias cuentan con enchufes. Hay algún proyecto de llevar energía limpia en marcha, pero es imposible saber cuándo será una realidad.

Tampoco hay agua corriente, aunque un camión cisterna recarga los depósitos a diario. Hay muchos baños prefabricados y solo tres duchas para todos.

Poco a poco vamos conociendo a los residentes. No es como en Lesbos, la isla a la que fui de voluntaria en navidad y que ha estado recibiendo a la mayoría de refugiados desde Turquía. Allí los que llegaban se iban a los dos o tres días.

Los habitantes de Ritsona, sirios, afganos e iraquíes, van a estar aquí una larga temporada, sobre todo por la lentitud del sistema de petición de asilo y de reunificación familiar. La inmensa mayoría, por no decir casi todos, no ha podido dar ni un paso a nivel administrativo.

A pesar de esta situación frustrante y absurda, los residentes hacen todo lo que pueden para estar lo mejor posible. En las tiendas han creado suelos con mantas para no dormir sobre la gravilla. Muchos se fabrican camas, mesas y sillas, con palés.

También han improvisado cocinas con ladrillos y parrillas para hacer pequeños fuegos, e incluso un chef sirio ha levantado un horno de arcilla. El gobierno griego provee a los campos de un catering tres veces al día, pero la comida es escasa y repetitiva (mucha pasta y arroz). Están deseosos de preparar platos con hortalizas frescas y de sus países de origen.

Para poder hacer eso se va tirando con donaciones de los muchos voluntarios y organizaciones que acuden a Ritsona.

Al principio ver todo esto choca mucho. No tiene sentido esta situación, pero me asombra y admira la entereza con que estas personas afrontan esta cruda realidad y lo cariñosos, amables y hospitalarios que son en todo momento. Esto no tendría que estar pasando. Que paren ya las guerras. Que se abran las fronteras.

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