Mirá esa planta enredada en la reja de la plaza. Mirá como crece para arriba derechita como le enseña el fierro al que abraza. Mirá. ¿No te da una pena bárbara?

La hoja es la que no fue flor, es la que mira a los pétalos sigilosa esperando que caiga alguno y al menos la acaricie para sentir ese perfume que queda antes de tocar el piso y pudrirse.

La hoja es la que no fue flor. La que nadie quiere regalar ni oler ni mirar. La actriz de reparto. La que los chicos arrancan por el simple juego de romper la planta sin que mamá los vea, la que los grandes rompen cuando están esperando el bondi.

La hoja sabe que la flor dura poco, que pronto se marchita. Que cuando llegue el otoño por fin va a estar de protagonista. Va a ser esa alfombra húmeda que pinta de colores los domingos grises. Pero hoy se siente común, mediocre, sin perfume ni color ni viento que la deshoje, ni chicos que la saquen de los pilones de las esquinas a patadas ni nadie la pone en el medio del libro.

Ayer ese chico que dormía una siestita en el pasto arrancó a la colorinche y huyo. Dejando a la hoja sola con su sentimiento de mediocridad, con su inferioridad latiendo en las nervaduras. Solo ella y su lastima.

Mirá la hoja. Mirá como no podemos ver la belleza propia por mirar la ajena. Mirá como no vemos nunca que ya nos vamos a teñir de colores y ser creadores de nuestro propio paisaje. Mirá la hoja. En la planta. Enredada en la reja. Queriendo ser flor.

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